Manzanas traigo

Manzanas traigo
Gabriel de la Iglesia
GABRIEL DE LA IGLESIABurgos

No es habitual -o al menos no lo era hasta hace poco- que todos los partidos de la oposición se pongan de acuerdo para reprobar a un alcalde; y mucho menos que consigan sacar adelante esa reprobación. Sin embargo, eso es exactamente lo que sucedió el pasado viernes en el Ayuntamiento de Burgos. ¿Y? Pues nada. Y es que, a efectos prácticos, una reprobación no sirve para nada, más allá de dejar constancia en acta pública que no estás conforme con la actuación del adversario político, algo que, por otra parte, supone un auténtico mantra en las cosas de la política.

Sin embargo, y a pesar de no conllevar consecuencias prácticas, a nadie le gusta que censuren su actuación. Y a Javier Lacalle tampoco. Eso sí, hay dos formas de gestionar esta situación. Una pasa por aguantar estoicamente el chaparrón de críticas que arrecian desde la bancada de la oposición e intentar rebatirlas y la otra pasa por intentar evitar que dicho chaparrón llegue siquiera a producirse.

Esa segunda opción fue la estrategia elegida por Lacalle, que se escudó en un formalismo sustentado con pinzas por un informe del secretario municipal para no incluir la propuesta de reprobación en el orden del día del Pleno. Incluso, en la misma sesión plenaria, el equipo de Gobierno intentó engordar el orden del día -lo consiguió a medias- y alargar al máximo el debate para intentar relativizar el eco de la reprobación. Así al menos lo entendieron muchos de los presentes en el Salón de Plenos. Pero la jugada no le salió bien. Al final, la lógica democrática se impuso y la oposición mayoritaria del Ayuntamiento de Burgos debatió y aprobó la reprobación, añadiendo como argumento la propia maniobra de Lacalle por intentar evitar el debate.

Lo que no deja de ser curioso de todo este asunto es que toda la carga política, la polémica avivada durante los días previos y todas las críticas se aglutinaron en apenas 20 minutos de debate -los que cubren las sesiones plenarias de Burgos saben que eso es un suspiro-.

Y lo peor de todo es que ni siquiera fue un debate, sino más bien dos monólogos enfrentados. Por un lado, el de la oposición, muy crítica con el uso partidista de los recursos públicos, la toma de decisiones unilaterales y el reiterado incumplimiento de los acuerdos plenarios. Y por el otro, el de Lacalle, que devolvió las críticas pidiendo a la oposición que no perdiera el tiempo «con este tipo de tonterías». Vamos, un «¿dónde vas? Manzanas traigo» en toda regla. Las cosas de la política.

Curioso es también el hecho de que los tres grupos que no consiguieron ponerse de acuerdo para promover una moción de censura contra Lacalle a mitad de legislatura hayan cerrado filas para reprobarle a tres meses de la cita con las urnas.

De hecho, en una cosa sí tiene razón el primer edil, aunque sea a medias. Y es que, está claro que la cercanía de las elecciones ha puesto nerviosos a muchos. Lo que no se atreve a admitir es que al PP también. Solo así se explica todo el ruido que están montando unos y otros, focalizado, en muchas ocasiones, en asuntos que poco o nada tienen que ver con el día a día de los burgaleses.