Las cascadas embellecen los espacios naturales de Castilla y León

El Pozo de los Humos, desde la localidad salmantina de Pereña. / David Arranz / ICAL

Cientos de cascadas afloran estos días en espacios naturales de Castilla y León, a causa de las precipitaciones continuas, y convierten el paisaje en belleza única

JUAN LÓPEZ/ICAL

Asomarse al precipicio en el Pozo de los Humos, cruzar por debajo del Airón, observar la interminable caída del Nervión, sentir cómo el agua acaricia la roca en el Chorro Grande de Guadarrama o quedarse absorto, sin parar de mirar, en Orbaneja del Castillo y Pedrosa de Tobalina… Todo ello, y solo es una parte, puede ocurrir en Castilla y León, principalmente tras un episodio de lluvias como el actual. Un disfrute más. La Comunidad y sus espacios naturales representan eso. Un paisaje único desde un extremo a otro, un paraíso continuo. Y las cascadas y saltos de agua forman parte de la emoción, de la paz, del sentimiento, como si quisieran llamar la atención durante unos días… Una metáfora de la vida: desde donde el agua mansa camina con tranquilidad y, de repente, un ‘acelerón’ provoca cambios extremos para intentar adaptarse a la nueva situación, en este caso, un cauce diferente que, más adelante, provocará más cambios.

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No existe una cifra de cascadas en la Comunidad. Sería impensable. Algunas incluso no están ni catalogadas. «Lo importante en Castilla y León es la frecuencia de las mismas, porque algunas tienen una funcionalidad de solo un día o dos. Gente que ha pasado y ha visto una surgencia y al día siguiente va un amigo y no lo ve», desliza la profesora titular de Geografía Física de la Universidad de Valladolid (UVa), Teresa Ortega, quien subraya que se trata de un «elemento paisajístico de primer orden», de los «más hermosos que se producen en la naturaleza». «Raro es el espacio natural que no cuente con cascadas o saltos de agua«, incide.

«Son una pasada porque mezclan la serenidad, arriba y abajo, con el agua despeñándose. Eso es la vida», matiza César Ferrero, coautor del libro ‘Cascadas y saltos de agua naturales en Castilla y León’. «En estos lugares tan abruptos normalmente la huella humana está lejos y la biodiversidad está más desarrollada. Eso motiva que los parajes son más idílicos, en un entorno integral», destaca.

Sería difícil decidir cuáles son aquellas que esconden más belleza, las más atractivas para el visitante, las que más ofrecen o, incluso, las menos peligrosas. Pero todas tienen un denominador común: transmiten emociones y sentimientos, paz, agua dentro de un cauce al ralentí que, en un momento puntual, detrás de importantes precipitaciones, echa a correr para entregarse hacia la roca que la espera metros abajo. Por ello, la Agencia Ical ha realizado una selección de estos elementos únicos de la naturaleza, una representación de una Comunidad. Todas ellas se ubican en la periferia, por razones lógicas montañosas, y solo Valladolid llora la ausencia de una cascada.

Teresa Ortega aclara la división existente: «En las cascadas confluyen caudales y desniveles bruscos. Cuando el agua salta por encima de tres metros y una pendiente de 30 grados se considera salto de agua; si el desnivel es de varias decenas y el caudal se intensifica, se prefiere hablar de cascada; y cuando son centenares de metros, con volúmenes de caudal importantes, son cataratas». Habitualmente, en la parte alta son bastante estrechas o alargadas y luego cambian a morfología más escalonada. De hecho, una misma cascada puede mostrar varias formas y ello puede motivar sus distintas nomenclaturas: chorro, chorrón, colas, resbaladeros, toboganes…

Existen dos grupos en la Comunidad. Ortega las define entre las que se forman en pequeños arroyos, zonas de cabecera y de montaña, provocados por fallas, que se dan en la Cordillera Cantábrica, Segundera, Sanabria, Arribes del Duero, Sistema Central e Ibérico; y las que destacan en la zona nororiental de Castilla y León, en Burgos, «surgencias de relieve plegado, cadenas, pliegues de cobertera», que predominan en la comarca de Las Loras y en la sierra cretácica exterior del Sistema Ibérico.

En pleno Parque Nacional

El recorrido podría empezar por las primeras de ellas. Quizás, en el Chorro Grande, en pleno Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Allí, las aguas que proceden del puerto del Reventón rozan suavemente la roca para caer, como un tobogán, hacia el río Cambrones. El camino hacia la provincia de Soria llevaría al ‘investigador’ de cascadas a un punto cercano a la capital del Duero, en la caída que forma el río Golmayo poco después de nacer, con 20 metros de desnivel, más la escalera posterior. Como señala César Ferrero en su libro, su peculiaridad «relata que no siempre estuvo allí, sino que es resultado de unas exploraciones acometidas entre 1936 y 1937 para usar el agua del manantial para abastecer a la ciudad soriana, proyecto abandonado a causa de la Guerra Civil». La cascada es, por tanto, artificial, aunque su entorno poco parezca indicar tal capricho. El nombre del manadero se refiere al gran escalón sobre el que se asienta: la toba, que es un conjunto de depósitos calizos de agua que va en aumento y forma incluso plataformas. El pueblo vecino se ha inspirado en ello, Fuentetoba.

Cascada El Chorro Grande en La Ganja (Segovia).
Cascada El Chorro Grande en La Ganja (Segovia). / Eduardo Margareto / ICAL

De Ávila a las Arribes

La melancolía guía hacia el sur, hacia el río Arbillas, en Arenas de San Pedro (Ávila), para continuar hacia las Arribes salmantinas, donde la parada es obligada en el Pozo de Los Humos, que recibe su agua rodeado de terrazas de olivos, favorecidos por el benigno clima y la piedra caliza. Allí se alza el paraje que da lugar al Pozo de los Humos, integrado en el cauce del río Uces. 50 metros forman una cascada espectacular en el que el agua esculpe la tierra, con formas moldeadas durante siglos. A pesar del espléndido paisaje, lo habitual es ver correr un fino hilo de agua. Pero las fuertes lluvias del mes de marzo han dado paso al crecimiento del caudal, que permite una estampa casi amazónica que estos días atrae a cientos de visitantes que recorren la senda desde los pueblos de Masueco y Pereña de la Ribera.

La orilla de Pereña de la Ribera permite una vista general de este enclave que para Miguel de Unamuno, salmantino de adopción, quien fuera rector de la Universidad, se convirtió en otro espacio literario, como lo fue su amada Fuerteventura durante su destierro o la belleza de París. Asombrado por este agreste paraje, el escritor vasco escribió en su obra 'Por tierras de Portugal y España': «Es una de las hermosas caídas de agua, ésta que puede verse entre aquellos adustos tajos. Divídese la cascada mayor en dos cuerpos, debido al saliente de la roca, y va a perderse en un remanso de donde surge el vapor de agua pulverizada por el golpe, que le ha valido al paraje el nombre de los Humos... ¡Los siglos de siglos que habrá necesitado el agua para excavar tales tajos y reducir semejantes cascadas».

Teresa Ortega señala que es una de las «más bonitas», en la que el agua cae en una especie de poceta en la parte baja, algo muy habitual. También sucede en el cercano Pozo Airón, donde el agua crea esa nebulosidad alrededor que da su nombre tan específico. «El agua, aunque lo parezca, no baja a mucha velocidad, porque a medida que desciende se ve frenada por la resistencia del aire. Y si el viento es fuerte cuando no lleva mucha agua, deja de fluir y se crea una especia de humo, con agua muy difusa y volátil, por lo que algunas llevan el topónimo de ‘Fumus’, como en León o en Salamanca», explica.

Cascada del río Arbillas en Arenas de San Pedro (Ávila).
Cascada del río Arbillas en Arenas de San Pedro (Ávila). / Ricardo Muñoz / ICA

El camino vira al norte, siguiente el sentido contrario del Duero por sus arribes. En ese encajonamiento que brinda el río padre se hallan Las Pilas, de Almaraz de Duero, y su hermana, aguas abajo, de Abelón de Sayago, que guardan cierta similitud en sus formas al aportar sus aguas al propio Duero. No muy lejos de allí se encuentran las aguas rebeldes de Sotillo de Sanabria, que a César Ferrero le recuerdan a Escocia. Lo forman las aportaciones del arroyo Cabriteño y la laguna de Sotillo, en el Parque Natural del Lago de Sanabria. Teresa Ortega apunta que las cascadas son elementos «muy dinámicos, en constante evolución», y que las mayor parte en Castilla y León corresponde al Holoceno, en la última glaciación, lo que las aleja de las cataratas de otras partes del mundo.

El agua que baja de la Cantábrica

Un salto al Bierzo evidencia muchas cascadas entre la Sierra de la Cabrera y los Ancares. Es necesario detenerse en el salto del Gualtón, la que dicen la más alta de la comarca, en Carracedo de Compludo. De difícil acceso en época de nieve, atraer al visitante su color azulado en el momento de la caída de un agua que se convierte en un ligero humo...

El encanto de Torrestío, el último pueblo de Babia antes de atravesar la frontera a Asturias, esconde una sorpresa. La Cascada de la Foz, en el río Valverde. Un lugar idílico que ya la organización de la Vuelta a España ya ha descubierto, para situar allí el final de alguna de sus etapas, en el Alto de La Farrapona. Finalmente, en el sentido de las agujas del reloj, Covalagua, en Palencia, una cascada en plena Montaña Palentina donde el espectáculo del nacimiento del río Ibia se muestra en todo su esplendor. El agua rezuma, rebosa, suena, huele a naturaleza… Hay que estar muy atentos, porque dentro de unos días su funcionamiento se detendrá.

La peculiaridad de Burgos

La forma de distribución, según detalla Teresa Ortega a Ical, guarda una relación «muy intrínseca con su origen». Por ello, expresa que en la delimitación de la Comunidad éste es de carácter estructural, cuestiones tectónicas (saltos de falla o movimientos) o contacto de materiales de diversa dureza. En cambio, en Burgos son de origen kárstico, en el que las calizas actúan de «esponjas» durante las precipitaciones, con una red subterránea que cuando se satura escupe el agua al exterior.

Cascada de Orbaneja del Castillo (Burgos).
Cascada de Orbaneja del Castillo (Burgos). / Eduardo Margareto / ICAL

En este sentido, resalta la Cueva del Agua de Orbaneja del Castillo, que luego crea en el descenso una cascada en forma de ‘toba’. «El carbonato cálcico va disuelto en el agua, pero al salir al exterior y cambiar las condiciones ambientales, se produce la difusión del CO2 y queda confeccionado el ‘soluto’, formando una roca nueva, que es la ‘toba’, es decir, la caliza precipitada», expone la especialista. De ahí proceden nombres como el Valle de Tobalina y cascadas del Rudrón y el Ebro, como por ejemplo Tubilla del Agua.

La pintoresca Orbaneja del Castillo es la preferida de César Ferrero, una «mezcla» del cañón y un pueblo «idílico» que la convierte en la «más completa». De Orbaneja a la belleza sin par del río Jerea, en Pedrosa de Tobalina, la cascada más ancha, con apenas un desnivel de 12 metros, pero que se extiende en torno a cien metros de longitud. «Dependiendo de la cantidad de agua, la cortina que genera suele cambiar y la hace más bella», ensalza.

Otros dos saltos de agua muy próximos, y que son ejemplos de la tipología kárstica del noroeste de Burgos, son los de Peñaladros y San Miguel, creados por el mismo río, y del mismo nombre, el del patrono de la Infantería. Ambas complementan la hermosura del Valle de Angulo. En el fondo, un paisaje, un cuadro de salón preciosista que ya gustaría para muchas salas de arte. Se dice que estas cascadas no son muy famosas porque muy cerca está el imponente y vertiginoso Salto del Nervión, que hace de delimitación entre Burgos y Álava. Por este motivo, la meta del viaje es esta frontera, que supone un aterrizaje de más de 200 metros y que algunos especialistas estiman en 300.

Salto del Nervión (Burgos) .
Salto del Nervión (Burgos) . / David Arranz / ICAL

El Nervión nace en Castilla y León para morir en Bilbao y, ya en la Edad Media, era límite natural entre el Señorío de Vizcaya y los condados de Castilla. «Aunque es una generalidad de las cascadas, en este caso es muy fácil que tienda a desaparecer con frecuencia, o que la cantidad de agua sea tan ínfima que se pulverice antes de tocar la roca caliza. Es espectacular, por la caída pegada a la roca y otras veces despegada; y al final, formando un graderío junto a los crestones de caliza, creando un increíble escarpe rocoso», la define Teresa Ortega.

Turismo respetuoso

El hecho de que las cascadas estén principalmente en espacios protegidos a veces genera que gran parte de la población se desplace en momentos puntuales. «Es totalmente legítimo», aclara la profesora Ortega, quien demanda «cierta precaución por la peligrosidad y por el posible deterioro ambiental de estos lugares».

«En Castilla y León somos unos privilegiados, porque las cascadas son muy frecuentes», resume. Y lo justifica en que en otras partes del país, de la mitad sur, también las hay, pero como precipita menos pues surgen de forma poco habitual. Así sucede zonas de Castilla-La Mancha y Andalucía.

Por último, recuerda que los saltos de agua, tradicionalmente, se han utilizado como producción de energías renovables, con molinos, antiguos batanes e incluso alguna central hidroeléctrica. Al respecto, la profesora Ortega recuerda la que hay en el barrio de Tobera, en Frías (Burgos).

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