La superficie de cultivo de legumbres de calidad en Castilla y León crece el 63% en cinco años

Muestra de legumbres en una feria de Medina del Campo. /F. JIMÉNEZ
Muestra de legumbres en una feria de Medina del Campo. / F. JIMÉNEZ

La región suma siete figuras que amparan a 701 términos y una media de 872 productores

Silvia G. Rojo
SILVIA G. ROJOCiudad Rodrigo

Las legumbres de calidad han tomado impulso y las siete indicaciones geográficas protegidas (IGP) y marcas de garantía (MG) que las amparan han visto aumentar, de manera general, su superficie un 63% durante los últimos cinco años. En términos absolutos, se ha pasado de 5.616 hectáreas en 2014 a las 9.148 con las que se cerró 2018, 3.532 más, según datos de la Consejería de Agricultura y Ganadería y de las marcas de calidad. Las indicaciones son las de la Lenteja de la Armuña, Lenteja de Tierra de Campos, Alubia de la Bañeza-León, Judías de El Barco de Ávila, Garbanzo de Fuentesaúco y las marcas de garantía del Garbanzo de Pedrosillo y el Judión de La Granja. Todos esos marchamos suman 701 términos municipales de la provincias de Salamanca, León, Zamora, Valladolid, Palencia, Ávila y Segovia y aglutinan a un total de 872 productores.

Las propias marcas, poniendo en valor este producto de calidad, han contribuido a que se apueste por el cultivo, pero también la rotación favorece la alternancia de cereales y leguminosas porque permite la reducción del uso de fertilizantes gracias a que fijan nitrógeno atmosférico. Entre las exigencias del denominado 'pago verde' de la Política Agrícola Común (PAC) está la diversificación de cultivos, por lo tanto, se convierte en otro motivo para tenerlas en cuenta.

El productor salmantino Juan Francisco Recio viene a avalar todas esas teorías y ofrece algunos detalles sobre el cultivo de lentejas y garbanzos en su zona, Villares de la Reina. «Es un cultivo muy rústico al que lo que más le ataca son los hongos». Diferencia entre el suelo que requiere la lenteja y el garbanzo y en el primer caso «se necesita un suelo más exigente, arcilloso y sano; mientras que el garbanzo es más tolerante».

En su caso, son 30 las hectáreas que cultiva de cada uno de esos productos y la idea es continuar: «Primero porque entra en la rotación; segundo porque se ahorran muchas labores y tercero por la rentabilidad. Con las marcas de calidad siempre tienes un valor añadido».

Los productores piden el apoyo de los cocineros

Apolinar Castellanos, presidente de la IGP Alubia de La Bañeza, coincide con otros compañeros en que a día de hoy «los mercados todavía no valoran el sello de calidad, se compra dependiendo de la tonalidad y las más baratas», algo que repercute de manera directa en el agricultor, que no ve la recompensa esperada en el precio y «no tiene que hacer papeleos para obtener el mismo beneficio». Para sembrar bajo esta indicación se debe hacer «con semilla que haya sido analizada, registrada y visualizada por un técnico del Consejo Regulador».

En su opinión, «las legumbres tienen futuro, pero nos hace falta que los cocineros las den más a degustar; nosotros debemos producir calidad y los cocineros apostar por ella».

Dentro de este tipo de legumbres hay producciones que todavía son mucho más limitadas como las de las Judías del Barco de Ávila, que de sus 40 hectáreas han salido el último ejercicio unos 50.000 kilos. Escaso es igualmente el cultivo del Judión de la Granja, del que 20 productores cultivan ocho hectáreas que no van más allá de los 5.000 kilos cada campaña.

Jesús Gómez, presidente de la Asociación Tutor del Judión, reconoce que cuando arrancó la marca «casi no había gente que se dedicara al cultivo y el producto llegaba de Sudamérica o Polonia». Gómez defiende que desde que se comenzó «se ha crecido todos los años, es un producto de huerta que requiere una serie de trabajos, hay poco y hay que protegerlo».

En cuanto a la producciones, «varían mucho de un año para otro porque la climatología es crucial, pero en el caso de la Lenteja de la Armuña y el Garbanzo de Fuentesaúco los datos de la última cosecha son nunca vistos, algo excepcional», afirma Nicolás Armenteros, que habla en nombre de la agrupación Legumbres de Calidad que conforman la Lenteja de la Armuña, el Garbanzo de Fuentesaúco y el de Pedrosillo, y las Judías de El Barco de Ávila. Su afirmación toma mayor sentido si se elige como referencia 2017, un año con producciones «muy bajas» y en las que en el caso de lenteja no se superaron los 150 kilogramos por hectárea en algunos casos. Eso tampoco es lo normal. Todas las figuras de calidad sumaron 12.255.000 kilogramos en 2018.

La situación ha sido muy similar para la Lenteja de Tierra de Campos, que ha pasado de los 1,5 millones de kilogramos recolectados en 2017 a los 8 millones de 2018 procedentes de 5.200 hectáreas. Esto quiere decir que la hectárea se ha ido a más de 1.500 kilogramos cuando «la media de una año normal es de unos 900 kilogramos», matiza Javier Alonso, director técnico de esta IGP.

En el caso de esta indicación, entre los años 2006 y 2010, tras la obtención del marchamo de calidad, se empezó a crecer en hectáreas de una manera considerable «pero los dos últimos años estamos estabilizados». Además, supuso un «revulsivo» para estas producciones que se instaurara una ayuda directa, por lo que Javier Alonso espera que la Política Agrícola Común (PAC) de 2020 «no solo la mantenga sino que la aumente».

Esta indicación geográfica es la que más ha visto aumentar su superficie en los últimos cinco años, en concreto, en 2.858 hectáreas.

España es un país deficitario en la producción de legumbres, «importamos el 60% de lo que consumimos y las importaciones suelen ser más baratas», recuerda Alonso.

Ese otro mercado de precios más bajos y generalmente, de menor calidad, hace que el valor de las legumbres amparadas en una figura de calidad «no sean excesivamente competitivos».

Para consumo nacional

Aprecia, igualmente, un «desconocimiento» del consumidor a la hora de identificar ese producto que, en su opinión, no solo destaca por su calidad sino también por cuestiones medioambientales. «Las legumbres no necesitan abonos nitrogenados y cuando comemos lentejas de la zona donde se producen no se está gastando energía en su producción porque las que se importan de Estados Unidos puede que tengan el mismo precio pero el coste ecológico es mayor». El objetivo de la indicación es alcanzar las 10.000 hectáreas «a muy largo plazo».

Independientemente de lo limitado de las producciones, Nicolás Armenteros justifica que el 99% de lo cultivado se queda en España, «no tenemos precios competitivos y fuera no se aprecia tanto como aquí, estamos hablando de un producto de calidad».El techo «es mucho más alto de lo que nos puede parecer, hay gente y consumidores suficientes para que haya más producción», pero coincide con su compañero en el desconocimiento, «somos pequeñas denominaciones y nuestra promoción es limitada, como nuestra producción».

Otro problema al que se enfrentan es al de la venta tradicional a granel, «se hace uso de nuestro nombre y nada tienen que ver esas legumbres con las nuestras que siempre se venden envasadas e identificadas». La apuesta de este profesional sería por dar forma a alguna iniciativa que aglutinara a las siete figuras de calidad «y a algunas otras que pudieran incorporarse porque tienen mucha calidad». Su percepción es que a todos esos productores «nos iría mejor, incrementaríamos volúmenes en un sector, el de las legumbres especiales, que no está desarrollado».

En cuanto al precio de venta, la lenteja o el garbanzo avalado por un marchamo «puede estar entre un 30 y un 50% por encima del precio internacional al tratarse de otro tipo de producciones», informa Nicolás Armenteros. En el caso de la Lenteja de Tierra de Campos el precio internacional sirve de referencia, aunque el productor cierra contratos a varios años. Los dos últimos años se ha pagado el kilogramos a 0,60 euros.

En una comunidad tan extensa como la castellana y leonesa y tratándose de producciones tan específicas, aparece una excepción a las elevadas producciones en la Alubia de La Bañeza-León. «Este año teníamos muchas hectáreas sembradas pero las lluvias de junio obligaron a volver a resembrar el 50% de la superficie, lo que hizo que algunos agricultores ya no lo hicieran».

La cifra final de hectáreas ha rondado las 300, con unos 600.000 kilogramos de producción, cuando lo habitual es que se cultiven sobre 580 hectáreas con producciones medias de entre 2.500 kilos por hectárea.