«Fernando VII tiene muchas similitudes con Franco»

'Fernando VII en un campamento', por Francisco de Goya./R.C.
'Fernando VII en un campamento', por Francisco de Goya. / R.C.

El profesor Emilio La Parra disecciona a uno de los peores monarcas de la historia de España en la biografía 'Un rey deseado y detestado'

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

En una supuesta clasificación de personajes nefastos en la historia de España, Fernando VII ocuparía un lugar muy destacado. Golpista, autoritario, represor de las libertades, pocas veces tantas esperanzas puestas en un rey quedaron ahogadas por la realidad. «No me atrevería a decir que fue el peor monarca de la historia de España, pero desde luego, sí el peor desde el siglo XVIII hasta la actualidad», explica el profesor Emilio La Parra, autor de la biografía 'Fernando VII. Un rey deseado y detestado' (Tusquets), con la que ganó el XXX Premio Comillas, un excepcional retrato de un personaje «tan polifacético y complejo» que, a juicio del autor, merecía incluso «un estudio psicológico».

Durante la Guerra de la Independencia (1808-1814), Fernando VII se ganó el sobrenombre de 'El Deseado': el pueblo español rechazaba la invasión francesa y el intento de cambio de dinastía que Napoleón anhelaba en la cabeza de su hermano, José I, al que colocó en el trono. Aquellos años son un periodo lleno de paradojas: en primer lugar, José I, 'Pepe Botella', odiado por los españoles, «era un monarca muy capaz, con buenas intenciones y con la ilusión de introducir cambios que contribuyeran al progreso del país», todo lo contrario que Fernando VII.

Aunque en realidad, durante la guerra, Fernando VII, exiliado en Francia (el país invasor) y viviendo en el castillo de Valençay, no aspiraba a liberar España, sino a que Napoleón le concediera «un estatus de príncipe y recursos económicos para llevar una buena vida». «Mi mayor deseo es ser hijo adoptivo de S. M. el emperador nuestro soberano», le escribió Fernando VII a Napoleón. Solamente a partir de 1813, cuando el francés comenzó a perder la guerra en España, Fernando VII mostró su intención de regresar.

Y 'El Deseado' lo hizo en 1814, después de una campaña propagandística de la que se aprovechó durante mucho tiempo. «Los españoles tenían una imagen muy positiva de él», remarca La Parra. Pero la realidad se pareció muy poco a los anhelos. «Fue el rey que inaugura el procedimiento del golpe de Estado en España, primero, en 1808, contra su padre, Carlos IV, y después, en 1814, contra la Constitución. Es un monarca que se niega a dialogar con aquellos que no se someten incondicionalmente a él y es un hombre que practica una represión continuada», resume el profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Alicante, que también ha publicado las biografías 'Manuel Godoy. La aventura del poder' y 'El regente Gabriel Ciscar'.

«Su legado es tétrico y ha repercutido sobre el siglo XX español e incluso sobre la actualidad. Fernando VII tiene muchas similitudes con Franco: instaura la creencia de que España sólo se puede gobernar con mano dura e inaugura la idea de que quien no admite la autoridad es 'malo', es un 'mal español', algo que se mantiene hasta nuestros días con la idea de 'malos españoles' o 'malos catalanes'», explica La Parra.

Cambio de intereses

En cualquier caso, Fernando VII era un hombre «acomodaticio de acuerdo a los intereses». «Si la situación le convenía, se adaptaba», cuenta el autor. De ahí quizá el famoso juramento 'Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional', con el que en marzo de 1820 admitía a regañadientes la Constitución de 1812, contra la que, sin embargo, no dejó de conspirar hasta instaurar de nuevo un poder casi absoluto (sólo la tutela francesa frenó sus impulsos) a partir de 1823, el periodo llamado 'Década ominosa'. «En aquella época da cancha a los afrancesados, a los que había apartado antes, e introdujo algunas de sus reformas. Él, realmente, rechazaba a los liberales», argumenta el historiador.

Más allá de su terrible actuación política, Fernando VII era una persona «campechana, simpática y próxima al pueblo en sus aficiones», dice La Parra; «también fue muy tierno con sus cuatro esposas, a las que trató con cariño. Y era sensible y minucioso en los detalles». «Pero todos esos rasgos quedan oscurecidos por la parte negativa: desconfiaba de todos y era tremendamente cruel».

En opinión del autor, no cabe achacarle a Fernando VII la responsabilidad de las guerras carlistas, «cuya culpa debería recaer en su hermano Carlos María Isidro y en los sectores absolutistas que soñaban con una política de signo teocrático». Pero sí está en el debe del rey «unos procedimientos, unos vicios y una manera de entender la política desde el enfrentamiento entre 'buenos' y 'malos' que elimina cualquier oportunidad de diálogo y que incluso llega hasta hoy», concluye La Parra.

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