Juan José Millás: «En la madurez regresan el misterio y la confusión que tuvimos de niños»

El escritor Juan José Millás en Madrid/E. Naranjo / EFE
El escritor Juan José Millás en Madrid / E. Naranjo / EFE

El escritor presenta 'La vida a ratos', una novela con forma de diario en la que aborda la incertidumbre y la cotidianidad de la vejez

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Durante casi cuatro años, un hombre enfrenta su vejez, y los drásticos cambios del mundo, con un diario a mano. El hombre es un escritor, con mujer, hijos y nietos, que tiene depresión y está en terapia, dicta cursos de escritura creativa, gusta de pasear por el parque y publica novelas. Se llama Juan José Millás e intenta exorcizar por medio de la escritura sus fantasmas, afectados por los ansiolíticos que toma y la cotidianidad familiar. Durante largas estancias por la calle, o acodado en un bar con un gin tónic, escruta a la gente que le rodea. Prestar atención a los desconocidos le permite filosofar. Sin embargo, se trata de una representación, como la que un mapa puede hacer de una ciudad, explica el autor, nacido en 1946. En 'La vida a ratos' el Millás de ficción redacta un dietario durante casi cuatro años, y termina al mismo tiempo que anuncia que ha concluido la obra 'Que nadie duerma', que presentó el Millás real el año pasado. «Yo fui escribiendo realmente un diario sincero y honesto con sencillez, en paralelo al resto de libros durante varios años. Siempre con el fin de que fuera una novela. En 'La vida a ratos' el mayor trabajo fue la articulación, quité muchísimo, busqué intensidad. Fue una escritura gozosa».

-¿Qué es la vejez?

-Es un proceso al que te vas acostumbrando, sin tener la percepción de subir o bajar escaleras, y tiene algo curioso: el envejecimiento no es lineal. En algunos aspectos estás mejor que años antes. Se dan dos pasos adelante y uno atrás. Aunque al final te mueres. Al principio tuve la fantasía de escribir un diario de la vejez, algo improbable porque la vejez es como ver crecer la hierba. Despacio y a traición. No llega de golpe.

-¿Dota de una nueva visión el reconocimiento de la madurez propia?

-Cada edad te da una percepción del mundo. No es igual a los siete que a los catorce. O a los veinte que a los treinta. La percepción de la realidad va modificándose a medida que creces. En la vejez tu relación con lo exterior sufre modificaciones. Algunas, es curioso, te hacen regresar a etapas pasadas. Decía Cheever que en la madurez hay misterio y confusión. Como en la niñez y la adolescencia. Así que en la madurez regresan ese misterio y confusión que tuvimos de niños. De ahí que abuelos y nietos tengan complicidad. En un pasaje de la novela, una niña le dice a su padre, al salir del colegio, que lo sabe todo. Me pregunto si ésa es la edad en que uno lo sabe todo. En que es capaz de comprenderlo todo, cuando tenemos percepciones que luego se pierden. Los niños muy perceptivos, muy sensibles, dan miedo a los adultos.

-De fondo hay un personaje que enfrenta un mundo que se transforma y deja de ser el suyo, un lugar que ya no comprende aunque lo intenta.

-Hago alusión al mundo que es el mío, puesto que vivo en él. Pero en el que se ha producido un gran cambio de paradigma, como no hay otro en la historia. No hay referencias con las que compararlo. El mundo viejo no acaba de irse ni el nuevo de nacer. Trato de entender cómo se pueden articular esos dos mundos que tienen tan poco que ver entre sí. Formo parte de ese cambio pero veo los problemas de convivencia entre ambos mundos. Es un momento de incertidumbre existencial.

La paradoja humana

-La narración aborda los miedos, la depresión, la amistad, la creación literaria, el suicidio. ¿Cuál es el gran tema de esta novela? 

-La existencia. La novela contiene los conflictos que conlleva el hecho de existir. La existencia de los seres humanos es paradójica. Desde la contradicción inaugural -que es que todo el que nace, muere-, hasta los conceptos geográficos que están connotados moralmente, como arriba / abajo o izquierda / derecha, somos seres divididos. Tenemos un cuerpo y una mente, que no siempre desean lo mismo y con frecuencia sus necesidades son también contradictorias. Los seres humanos solemos amar lo que nos hace daño. En la novela están las paradojas del ser humano, que es trágico y patético y maravilloso.

-¿Por qué un diario?

-Es una fórmula que siempre me gustó. Uno de los grandes libros que he leído es 'La tentación del fracaso', de Julio Ramón Ribeyro, donde cuenta una vida cotidiana, pero apasionante. O el 'Cuaderno gris' de Josep Plà. La idea de vehicular los temas y los personajes a través de un diario siempre me atrajo.

-Le permite jugar con pequeñas historias, cuentos, aforismos dentro de un gran marco, al tiempo que se puede leer fragmentada. 

-O como varias novelas, según la temática de los capítulos. Se pudo incluir un índice que indicara los que tienen que ver con las clases, con la psiquiatra o con el parque. Es un artefacto con hilos narrativos que podrían parecer paralelos pero que se van entremezclando.

-Cada pieza suele terminar con cierta ironía, con un giro de humor, a pesar de la gravedad del asunto que trata.

-Mucha gente que la ha leído, como en otras de mis obras, me dice que se ha reído. Yo me sorprendo, y cuando era joven hasta me disgustaba. Yo no busco el humor, pero surge como un efecto secundario indeseado de los recursos con los que me acerco. Una ironía que crea la suficiente distancia para que aparezca el pensamiento paradójico. A la gente le hace gracia que el ser humano sea tan contradictorio.

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