Kintsugi, un arte japonés para reparar por dentro y por fuera

La escritora francesa Céline Santini. /R. C.
La escritora francesa Céline Santini. / R. C.

La escritora francesa Céline Santini explica en su nuevo libro esta filosofía oriental vinculada a la resilencia personal

Álvaro Soto
ÁLVARO SOTOMadrid

Cuando uno rompe un objeto, tiene varias opciones: puede tirarlo a la basura y olvidarse de él o puede arreglarlo tratando de que no se noten los desperfectos. Pero los japoneses tienen una tercera solución, arreglar las roturas con oro puro. Lo roto se hace más bello, más fuerte y más valioso. Esta técnica, que tiene un nombre, kintsugi, que se traduce como 'juntura de oro', se puede extrapolar a la actitud con la que cada persona afronta los problemas del día a día. La escritora francesa Céline Santini lo ha hecho en el libro 'Kintsugi. El arte de la resilencia', publicado por Cúpula.

«El kintsugi es un arte japonés creativo que tiene su origen en el siglo XV, pero va mucho más allá de lo físico. Es un símbolo de reparación y resilencia personal«, explica Santini, que se acercó a esta filosofía tras un doloroso divorcio. »Me pareció una metáfora muy buena, las piezas de un puzle que tienen que ser puestas en orden«, continúa. Con las particularidades del pensamiento oriental, el proceso del kintsugi corresponde a las etapas del duelo: recoger las piezas rotas, colocarlas y pegarlas, esta vez, con oro, «para que resplandezcan». «Como en cualquier arreglo, debemos tener paciencia cuando estamos recomponiendo nuestra vida», agrega.

Los orientales, constata la autora, «no tienen la misma visión de la muerte o del sufrimiento que nosotros». «Ellos tienen una espiritualidad que es ambiental. Es cierto que en España se mantiene cierta espiritualidad que en otros lugares se han perdido, pero en Japón sigue existiendo, hay espíritus en el ambiente y uno se siente acompañado. Cómo vas a tener miedo de la muerte en estas condiciones. El arte está en la concentración, en la conciencia, como sucede con las artes marciales. Eso impregna toda la vida. Cuando se hace kintsugi, estamos muy concentrados, no se piensa en nada más«, sostiene Santini, profesora de marketing, 'coach' y autora de 20 libros sobre desarrollo personal.

Y la conclusión del kintsugi es que el objeto «es más bonito después de romperse que antes». «Con nosotros ocurre lo mismo. Si tuviéramos una vida en la que no sucede nada, todo sería más cómodo, pero nosotros seríamos menos fuertes. Todos sufrimos en la vida, es algo personal, pero lo hemos pasado todo. Una vez que hemos atravesado el sufrimiento, aprendemos muchas cosas», cuenta Santini, que contrapone dureza a fortaleza. «La dureza no es un sentimiento positivo. La fortaleza, sí».

«El riesgo es que, ante las cosas dolorosas, tratemos de huir de ellas o de esconderlas. Pero cuando lo hacemos así, el dolor siempre regresa. Tenemos que mirar a la cara al miedo, porque del otro lado no hay nada«, afirma la escritora, que relata otra experiencia personal que la marcó. »Yo encontré el cuerpo de mi madre, que se suicidó. Siempre me venía esa imagen a la cabeza. Cuando lo afronté de verdad, entré en esa imagen y le hice frente al miedo, pude finalmente superarlo«, asevera. »Es dejar de meter la cabeza debajo la tierra, como los avestruces«, concluye.