Martín Garzo: «'Caperucita' es maravilloso, decir que es un cuento tóxico es aberrante»

Gustavo Martín Garzo./Efe
Gustavo Martín Garzo. / Efe

«El arte es una religión sin doctrina y sin iglesia», dice el escritor, que casa creación y emoción en su nueva novela

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Sin cerrar las puertas de la fantasía, Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948) opta por un registro más realista en 'La rama que no existe' (Destino). Novela de «arte y emociones», explora nuestra necesidad de la «religión sin doctrina» que es el arte, segun el ganador de premios como Nadal (1999) y el Nacional de las Letras (1994)

¿Deja el terreno de lo mágico?

No hay un cambio tan radical. Tengo novelas que entran de pleno en lo fantástico y lo maravilloso, pero las demás tienen un contexto realista. Abordo una historia actual con coordenadas muy definidas y reconocibles, situada en una zona de Cantabria que frecuento. Eso me permite darle verosimilitud, que es un reto. Hay una apertura a ese lado de la vida que escapa un poco a la razón, que es una casa demasiado pequeña en la que no cabe la vida entera. Todo lo que no es razonable, que está más allá de lo que podemos explicar y entender, es también parte esencial de la vida: el mundo de los sueños, los deseos, de lo que callamos y no sabemos nombrar.

Explora la conexión del arte con las emociones

Sí. A través de un pintor maduro, que tuvo éxito pero que de pronto, sin saber bien por qué, deja de pintar. Se cansa. Todo pierde sentido para él. Algo que pasa a menudo entre creadores cuya tarea solitaria deja de tener sentido y se preguntan si merece la pena persistir. La novela se pregunta qué hace un escritor viviendo con criaturas imaginarias, con los seres que pueblan sus libros. Si esa vida con seres que no existen es real o malgastada.

Se cuestiona para qué sirve el arte

Esa es la clave. El arte surge, un poco, del miedo a que la vida deje de decirnos algo. Siempre esperamos que nos diga cosas interesantes, plenas de sentido, que nos conmuevan y emocionen. Pero en muchos momentos sientes que la vida no te dice nada. Ahí aparece la depresión. Dejas de tener deseos porque todo te parece vacío. Pierdes las ganas de hablar con el mundo y con los demás. Para que eso no suceda necesitamos inventarnos disparates, cuentos y leyendas, las historias un poco enloquecidas que nos gusta escuchar. Una defensa contra ese temor y la voluntad de dar sentido a las cosas. De ahí surge el arte. El pintor recuperará el ánimo al enamorarse de una mujer. Se funden el amor y las ganas de crear. El amor es como una de las bellas artes. Tiene que ver con nuestros deseos y sueños, con nuestro anhelo de transformar la vida en algo que merezca la pena.

¿El arte es una religión?

Es una religión sin doctrina y sin iglesia. Todas las religiones satisfacen la necesidad del creyente de conectar con cosas que no existen, con figuras fantasmales, fantásticas y míticas: los dioses, los ángeles, las sirenas... seres que no pertenecen al mundo real, pero que necesitamos convocar. La pregunta es por qué necesitamos el arte como un puente hacia ese otro lado. Por qué necesitamos canciones, poemas, películas, novelas y cuentos. Qué hay en ese mundo para que sintamos la necesidad de contactar con algo que la razón dice que no existe, que es irreal.

Ahora dicen que hay cuentos tóxicos para los críos, como 'Caperucita' o 'La bella durmiente'

No son tóxicos. Todo lo contrario. Se deben contar a todos los niños. Pobres los críos a los que privemos de estas portentosas historias, las más hermosas que se ha contado nunca. Habrá cuentos tóxicos, pero no lo son los que han retirado en Cataluña. Los cuentos de hadas son maravillosos. No hay un solo niño en todo el mundo que no se quede boquiabierto con 'Caperucita', deseando saber cómo termina. Aunque lo conozca, te pedirá que se lo cuentes una y mil veces para gozar escuchándolo de nuevo.

«El arte nos completa, nos permite reconocernos y marca el camino al territorio del corazón»

¿Por qué los niños adoran esos cuentos?

Porque les hablan de las cosas que sienten. Los psicoanalistas nos enseñan que los cuentos infantiles son una representación de todos los conflictos del alma infantil. Como decía Chesterton, quien quiera conocer el corazón de un niño, en lugar de preguntar a psicólogos o pedagogos, debe abrir y leer los cuentos de los hermanos Grimm. Ahí están todas las obsesiones, temores y deseos infantiles. Prohibirlos es aberrante. Me procura el mismo pavor que ver arder Notre Dame. Los cuentos son iglesias preciosas, pequeñas ermitas o palacios a los que no podemos renunciar sin perder algo de lo más valioso que tenemos.

El arte, la literatura, la música ¿son el espejos del alma?

Es ahí donde nos buscamos, donde hallamos sentido a nuestras vidas. Nos hablan de lo invisible, que ocupa un lugar esencial en nuestra vida. Junto a lo visible y cotidiano, el trabajo y los paseos, hay una vida secreta en cada uno desconocida para los demás. La de nuestros deseos y anhelos, de todo lo que permanece callado. El mundo del arte quiere explorar ese lado oculto, tiene que ver con nuestra sombra. Con aquello que forma parte de nosotros y de lo que no podemos prescindir si no queremos renunciar a la parte más conflictiva, dónde reside el poder de crear.

¿El arte nos hace mejores?

Nos completa como personas. Hace que reconozcamos la complejidad de la vida. Marca el camino al territorio del corazón.