Hablar mucho para vivir más tiempo

Luis Rojas Marcos./EFE
Luis Rojas Marcos. / EFE

Luis Rojas Marcos afirma que es «fundamental que los niños pequeños crezcan en ambientes parlanchines»

Daniel Roldán
DANIEL ROLDÁNMadrid

El tenista se mueve al fondo de la pista. El punto ha terminado y él habla en voz alta para animarse o para recriminarse una acción determinada. En el túnel de vestuarios, un jugador habla para sí mismo lanzando gritos de cara al partido que va a disputar. Un corredor, en medio de un maratón, se da ánimos para completar los 42.195 metros de distancia. «Eso es buenísimo», destaca Luis Rojas Marcos (Sevilla, 1943). «En equipos de béisbol o de fútbol, cuando alguien dice sus cosas en alto, esa acción es tan buena como para quien lo expresa como para el que lo recibe. Hay un efecto contagio», añade el psiquiatra que defiende la necesidad de hablar, tanto hacia los demás como a uno mismo. «No nos enseñan a hablar con nosotros mismos. Y, cuando lo hacemos, muchos piensan que hay un problema de salud mental», añade.

Rojas Marcos defiende las virtudes de una buena comunicación en el libro 'Somos lo que hablamos' (Grijalbo) desde la cuna. «Hablar estimula el cerebro. En los primeros cinco años en la vida es fundamental que el niño esté rodeado de personas habladoras, que escuche palabras. Sabemos que los niños que crecen en ambientes parlanchines, funcionan mejor en el colegio no solo en los primeros años sino también en la adolescencia», afirma el profesor de Psiquiatría de la Universidad de Nueva York. Y a los más pequeños les da igual que sus padres le digan 'perro' o la imitación de un ladrido. «Lo ideal es usar las dos formas. Porque el niño escucha más palabras, más variedad», apunta.

Una variedad de vocabulario que se amplía si es en varios idiomas. «Un niño o una niña puede aprender dos y tres idiomas a la vez porque lo ve normal. Tiene la capacidad mental para lograrlo», indica Rojas Marcos. «También sabemos que al diversificar esa parte del cerebro que controla el habla, te facilita la memoria», recalca el psiquiatra.

Rojas Marcos razona que hablar mucho está relacionado con la extraversión y la longevidad. «Quien es extrovertida, es una perdona que socializa», explica. Pero hay que añadir una matiz: «Si solo es extraversión, esa persona bebe más, fuma más y suele ser más impulsiva. Para que funcione hay que añadirle una dosis de conciencia». Y esa conexión con más personas provoca más felicidad. «La mayoría de las personas a las que le preguntas que te hace feliz contesta que la familia o los amigos, el trabajo. Son los lazos afectivos», razona Rojas Marcos, que pone como ejemplo la anécdota que le ocurrió a Charles Darwin. El padre del evolucionismo le preguntó a un niño de cuatro años que era para él la felicidad. «Reírme, hablar y dar besos», le contestó.

El máximo responsable del sistema de salud público de Nueva York entre 1995 y 2002 también alerta de la tecnología. No porque esté en contra, ya que es obvio que la humanidad vive en la época mejor conectada, sino por el mal uso que se haga de ellas.

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