La «novia» de todos los artistas

El Museo Reina Sofía presenta 'París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968'./EFE
El Museo Reina Sofía presenta 'París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968'. / EFE

'París pese a todo' reescribe la historia del arte y revindica a creadores olvidados y cruciales El Reina Sofía reúne obras desconocidas de un centenar de los miles de artistas que hallaron refugio y futuro en la capital francesa

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Como a Ilsa Lund y Victor Lazslo en 'Casablanca', a varias generaciones de artistas siempre les quedará París. Entre 1944 y 1968, entre la liberación de la bota nazi tras la devastación y la decepción por el fiasco de todas las utopías y la penúltima explosión revolucionaria, París fue la capital mundial del arte a pesar de Nueva York. Lo constata la exposición 'París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968', que el Museo Reina Sofía acoge hasta el 22 de abril. Reivindica a la Ciudad de la Luz como espacio de acogida y libertad para miles de artistas, casi todos menos conocidos que los Picasso, Miró o Kandinski que aterrizaron allí antes de la guerra, y que quedaron al margen del relato oficial.

«Es una exposición de tesis que habla de París como la capital de la libertad. Un epicentro de la creación que amalgamó a más de 4.500 artistas muy diferentes llegados de todos los rincones del mundo y que hallaron en la ciudad a una gran novia del arte, a la que todos amaron, y un futuro», resume muy gráficamente Manuel Borja-Villel, director del museo.

Reúne más de doscientas obras, muchas de ellas nunca vistas, de un centenar de artistas de nacionalidades y sensibilidades muy diversas que abarcan numerosos estilos y formatos, de la pintura a la escultura, pasando por el cine la música o la fotografía. Su comisario es el francés Serge Guilbaut, autor del ensayo 'De cómo Nueva York robó la idea del arte moderno', que ofrecía ya muchas pistas sobre la intención de esta muestra.

Creadores como Eduardo Arroyo, Jean-Michel Atlan, Anne Eve Bergman, Minna Citron, Ed Clark, Beaufor Delaney, Erró, Claire Falkenstein, Sam Francis, Chu Teh-Chun, Wols, Rufino Tamayo, Loló Soldevilla o Nancy Spero son algunos de los «amantes» del bullicioso y acogedor París de los bares, clubes de jazz y galerías de arte.

«Arroja luz sobre la riqueza de una etapa crucial para el siglo XX y cuenta la historia de otra manera», plantea Borja-Villel. «La historia no es neutral; la cuentan los vencedores, quienes mantienen el poder y tienen el aparato ideológico a su favor, y la narran de foma lineal, simplificada, del presente y del pasado, de modo que un artista le sucede otro», asegura.

Frente a ese discurso, la exposición «plantea un relato diferente que demuestra que la historia es muy compleja, como ya se veía en los años 40, 50 y 60», plantea Borja-Villel. Explica «cómo en París se suceden movimientos antagónicos» y cómo, «tras la Segunda Guerra Mundial, el arte americano tuvo una presencia relevante». Cómo «se libró una guerra cultural por la hegemonía artística y cómo la riqueza de aquel París plagado de extranjeros la convirtió en la verdadera capital cultural del mundo». «Generadora de afectos y libertad, París es la gran novia estos artistas, el lugar donde todos pueden expresarse con una libertad que no podía soñarse en Estados Unidos», reitera Borja-Villel.

Inmigración enriquecedora

Una ciudad de la creatividad que fue una hermosa torre de Babel con el arte como bandera en unos años inciertos y movidos, los que van desde el final de la II Gerra Mundial hasta la esperanzadora explosión de mayo del 68. Un tiempo en el que París fue «una ciudad abierta, con más libertad que cualquier otra y que amparó a una gran comunidad intelectual y artística elegida por muchos americanos de izquierdas para desarrollar lo que no podían hacer en su país».

La exposición tiene también un elemento de reflexión política. «Ahora que la deportación es lo normal y que Europa no sabe qué hacer con sus fronteras y los inmigrantes, es toda una lección de cómo París fue ciudad de acogida y de cómo se convirtió en capital de la cultura gracias a la inmigración», propone Borja-Villel. Allí encontraron refugio quines huían de la discriminación racial, la homofobia o la represión política, o se sintieron atraídos por brillantes faros como Picasso o Kandinski.

El Museo Reina Sofía presenta 'París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968'.
El Museo Reina Sofía presenta 'París pese a todo. Artistas extranjeros 1944-1968'. / EFE

La muestra bascula entre dos polos cinematográficos: 'Un americano en París', la película de Vincente Minnelli, que es una declaración de amor a la ciudad, y 'Dos o tres cosas que sé de ti', de Jean-Luc Godard, que pinta una capital que ha dejado de ser utópica e ideal, que es ya una paraíso del consumo donde se ha discutido la guerra de Argel y donde los antagonismos se exacerban.

Rescata a grandes artistas olvidadas y «obras tan emblemáticas como 'Gran cuadro antifascista colectivo', que es el símbolo de ese olvido». Es una obra monumental que ha permanecido durante 23 años literalmente doblada y que elaboraron en 1960 Enrico Baj, Roberto Crippa, Gianni Dova, Erró, Jean-Jacques Lebel y Antonio Recalcati.

«Es una exposición de tesis, de las más difíciles y de las más queridas, qué expresa la voluntad de pensar cómo se nos ha transmitido la historia oficial y cómo el París fue la capital del cubismo y del expresionismo y dejó luego en la sombra a muchos creadores europeos y americanos», resume Serge Guilbaut.

«No hay que mirar las obras de arte como un cadáver. Es todo mucho más complejo», coincide con Borja- Villel, comisario de un exposición «que nos muestra cómo, sin esos artistas de fuera, París se desinfló, que la fuerza de la inmigración ha sido definitiva y que todo estaba dispuesto para le explosión de mayo del 68». Y eso que no todo fue armonía ya que «los afroamericanos eran bienvenidos si hacían jazz, si pintaban no tanto, y sólo hubo interés por el arte de las mujeres gracias a pequeñas galerías dirigidas por mujeres que las exhibieron hasta 1953 y que después se diluyó».

«Una exposición es como un libro o una tesis en la que las obras hablan y, a través de ellas, hay que reconstruir la historia sin ser neutro», concluye el comisario. Se felicita de que el Reina Sofía «haga lo que los museos deben hacer y no hacen».

 

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