FC Barcelona

Un doblete para honrar a Iniesta

Iniesta celebra su gol en la final de Copa contra el Sevilla. /AFP
Iniesta celebra su gol en la final de Copa contra el Sevilla. / AFP

El adiós al Barça del centrocampista de Fuentealbilla ha marcado el final de una temporada en la que el equipo de Valverde ha ganado Liga y Copa con más solidez que brillo

P. RÍOSBarcelona

Al Barça le han sobrado cuatro jornadas de Liga, entre ellas un clásico en el Camp Nou que ya será intrascendente, para conquistar un título merecido porque ha dominado la competición desde el primer día y ha establecido un récord histórico de partidos consecutivos de Liga sin perder. Ya son 25 trofeos en la historia azulgrana en el campeonato de la regularidad, que se suman a las 30 Copas porque ha sido otra temporada con doblete, el octavo en el palmarés, cuarto en los últimos diez años, dos de ellos dentro de tripletes (2008-09 y 2014-15). La dolorosa eliminación en cuartos de final de la Liga de Campeones ante la Roma amenazó con estropearlo todo, la hegemonia nacional y los éxitos actuales, pero la gran imagen ofrecida en la final de Copa ante el Sevilla (0-5) y el emotivo anuncio del adiós al Barça de Andrés Iniesta han puesto las cosas en su sitio. Sí se va a valorar el doblete que dignifica todavía más la carrera de 22 años del de Fuentealbilla en el club.

Que esta primera Liga de Ernesto Valverde vaya a ser recordada en el futuro por un dato estadístico, el récord, y por un factor emocional, la despedida de Iniesta, no es casualidad. En líneas generales, ha sido un Barça más sólido que brillante, más serio que espectacular, más efectivo que efectista. Incluso ha jugado en la mayoría de partidos con un sistema táctico 4-4-2 que parecía descatalogado en el Camp Nou. Pero el equipo azulgrana se rompió tanto en los últimos meses de Luis Enrique, esclavo del tridente, que hasta los puristas del 4-3-3 y los guardianes de la esencia del 'cruyffismo' y del 'guardiolismo' entendieron que tras la fuga de Neymar al PSG era lógico juntar las líneas y tomar precauciones. La imagen de inferioridad ofrecida ante el Real Madrid en la ya lejana Supercopa de España de agosto también ayudó a esa valoración.

El Barça comenzó la Liga en estado de depresión. Nadie hubiese apostado por un equipo casi humillado en los dos clásicos veraniegos y huérfano de un jugador tan desequilibrante como Neymar. La directiva tuvo que improvisar en busca de cracks con los 222 millones que dejó en caja el PSG, pero los clubes europeos vieron la necesidad azulgrana y pusieron precios desorbitados a sus figuras. Se hicieron tres apuestas escalonadas en el tiempo, más que nada porque los clubes de origen obligaron a ello. Dembélé ya, Coutinho en invierno y Griezmann en verano. El extremo francés del Borussia Dortmund, carísimo para su juventud, se lesionó pronto de gravedad y el brasileño no pudo ayudar en la Liga de Campeones al disputar la fase de grupos con el Liverpool. Y lo de Griezmann ya se verá…

En definitiva, más difícil para Valverde, que arrancó con Luis Suárez medio lesionado, dando oportunidades a Deulofeu y agarrado, como todos sus predecesores, al talento de Messi. El argentino, más organizador que nunca sin dejar de sumar goles, conectó con el carácter del técnico, quien logró también que jugadores como Piqué, Umtiti, Alba, Busquets, Rakitic o Iniesta ofrecieran sus mejores versiones.

Fortalecido en enero

Las victorias fueron encadenándose, aunque el Barça, quizás por la falta de exuberancia artística, todavía no llegaba al corazón de una afición que no acababa de acudir al Camp Nou, con entradas por debajo de la media habitual de otras temporadas. El primer paso estaba dado: sumar puntos con complicidad creciente entre el cuerpo técnico y los jugadores. Faltaba ganarse a la afición.

Remontadas como las de Getafe con goles de protagonistas secundarios como Denis Suárez y Paulinho mostraron carácter y espíritu competitivo. Aunque el equipo era cada día más fiable, con triunfos de calidad en San Mamés y empates de prestigio en el Wanda Metropolitano y en Mestalla, ya con fases de buen fútbol, todavía existía una cierta desconfianza en el entorno que finalmente desapareció con la clara victoria en el clásico del Bernabéu (0-3). Sí, el Barça iba en serio.

El equipo azulgrana se plantó en el mes de enero fortalecido. Líder destacado en la Liga, en octavos de la Liga de Campeones por delante de una Juventus a la que ganó 3-0 y superando eliminatorias en la Copa del Rey (Murcia, Celta, Espanyol y Valencia), aunque con menos rotaciones de las esperadas, un hecho que pudo pasar factura física a la larga. La palabra triplete comenzó a sonar y dio la sensación de que Valverde quiso asegurar con los más habituales en un mes de enero brutal que dejó a Piqué con la rodilla tocada.

Todo eso se evidenció en dos empates inesperados ante Getafe y Las Palmas, precisamente sin el central, que dieron vida al Atlético antes del pulso directo en el Camp Nou. Pero Messi volvió a disparar al Barça en la clasificación con un extraordinario lanzamiento de falta. Eso sí . El mejor punto de forma física había pasado y el equipo azulgrana comenzó a sufrir. En Liga no le penalizó demasiado y siguió sumando, pero en Europa ya no controló al Chelsea en octavos pese al pase a cuartos, donde llegó el gran palo de la temporada. La Roma remontó el 4-1 de la ida con un 3-0 sorprendente que dejó tocados a Valverde y a sus jugadores. Adiós al triplete y el doblete en peligro si no había reacción.

Sí la hubo. En parte gracias a la afición, que no la tomó con el equipo en el partido inmediato, un Barça-Valencia emocionante que acabó 2-1 para mantener las cosas en su sitio. Y llegó la final de Copa ante el Sevilla, atropellado por el mejor Barça de la temporada con un 0-5 y un juego espectacular. La Liga y el doblete era cuestión de días y sólo quedó un interrogante que nunca se resolverá, pero que mancha una enorme temporada. ¿Qué pasó en Roma?

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