El examen final de Rusia

Un reloj en la plaza Manezhnaya de Moscú marca la cuenta atrás para el inicio del Mundial./EFE
Un reloj en la plaza Manezhnaya de Moscú marca la cuenta atrás para el inicio del Mundial. / EFE

El país más extenso del planeta ya está listo para acoger a partir de esta semana a 32 selecciones y un millón de hinchas de todo el mundo que acudirán al Mundial, en el que ha invertido 11.000 millones de euros y que Putin pondrá todos lo medios para que se dispute sin sobresaltos

RAFAEL M. MAÑUECOMoscú Corresponsal

Salvo algún que otro fleco de última hora en las obras, las once sedes y doce estadios del Mundial de Fútbol 2018 están ya listos para recibir a partir de esta semana a las 32 selecciones nacionales que competirán y el millón de simpatizantes que se espera acudan acompañándolas. Se llega así al momento culminante de una andadura que comenzó en 2010, cuando Rusia, que tiene 144 millones de habitantes y es el país más extenso del planeta, recibió el encargo de organizar el torneo deportivo de mayor trascendencia global.

Fue un éxito personal del actual presidente ruso, Vladímir Putin, que entonces ocupaba el cargo de primer ministro . Ahora toca rematar el acierto demostrando que Rusia puede volver a organizar un evento deportivo de tal magnitud, como ya lo hizo en 2014 con la Olimpiada de Invierno de Sochi o en 2017 con la Copa Confederaciones.

Y según opinan en la FIFA, Rusia no defraudará. Putin ha puesto toda la carne en el asador y la seguirá poniendo hasta el mismo día de la final, el 15 de julio. Él acudirá al partido inaugural, el 14 de junio, en el que se enfrentará la selección rusa con la de Arabia Saudí y espera obtener el mayor rédito del campeonato en términos políticos y, sobre todo, de imagen.

Y falta le hace porque las relaciones de Moscú con el mundo en general y Occidente en particular están en su peor momento desde los tiempos de la Guerra Fría. La anexión de Crimea, el conflicto en el este de Ucrania, el derribo del avión de pasajeros malasio, la guerra en Siria y el envenenamiento en el Reino Unido del ex agente Serguéi Skripal y su hija, el último episodio de esta confrontación creciente, han arrinconado a Rusia y aislado como nunca antes. También los escándalos por dopaje han socavado su reputación.

Algunas organizaciones no gubernamentales, entre ellas Human Right Watch (HRW), han avisado que en Rusia está vigente una ley que prohíbe la propaganda gay. Temen que la exteriorización de actitudes homosexuales en lugares públicos puedan acarrear problemas a quienes las protagonicen. Putin, sin embargo, sostiene que «los miembros de las minorías sexuales no tiene nada que temer». A HRW le preocupa también que el campeonato se desarrolle mientras continúa la intervención militar rusa en Siria y que la FIFA haya elegido para Egipto como base de entrenamiento la república de Chechenia, cuyo presidente Ramzán Kadírov ha sido acusado reiteradamente de violar los Derechos Humanos.

Boicot de Reino Unido

Pese al boicot «político» del Reino Unido, cuyas autoridades no estarán presentes en ninguno de los partidos, medida que podrían secundar Islandia y Polonia, la apertura al mundo exterior del gran país eslavo que propiciará el fútbol aliviará las tensiones y le pondrá en el centro mediático internacional durante todo un mes, algo que sin duda aprovechará Putin, tanto a en el exterior como a nivel interno, pese a que ya goza de un abultado apoyo popular tras arrasar en las elecciones presidenciales de marzo.

No menos interés en que todo salga bien tienen los rusos en su conjunto, un pueblo hospitalario y amante de cualquier tipo de fiesta. Los hoteles y restaurantes en las once ciudades sedes harán su agosto, sobre todo si se tiene en cuenta que los precios han subido considerablemente ante la prevista afluencia masiva de aficionados. Habrá recaudación por la venta de entradas, los derechos de emisión a las televisiones, las donaciones de los patrocinadores y todo tipo de licencias, pero irá en su mayor parte a la FIFA.

Rusia lleva gastado en la organización del Mundial de Fútbol 2018 unos 11.000 millones de euros, en su mayor parte en infraestructuras, no sólo deportivas, sino también urbanas y de transporte (aeropuertos, ferrocarril y carreteras). Esa suma, según Alexéi Sorokin, director general del Comité Organizador del Mundial 2018, «no se recuperará» totalmente, pero, a su juicio, «lo importante es la imagen» para el país. Sorokin estima, no obstante, que la organización del campeonato ha elevado en 1% el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB).

Entusiasmo ciudadano

Cálculos aparte, lo cierto es que en Rusia se respira entusiasmo. Las 11 ciudades del Mundial se han engalanado como si hubiera vuelto la Navidad en plena primavera y se han habilitado zonas para los hinchas por todas partes. Cerca de 20.000 voluntarios estarán desplegados para informar y ayudar a quien lo solicite y habrá conciertos, pasacalles y discotecas al aire libre. Los pronósticos vaticinan un buen tiempo en la mayor parte la Rusia europea, que es donde se encuentra todas las poblaciones que acogen el campeonato.

Pero nadie se atreve a vaticinar si el Mundial supondrá para Rusia un antes y un después en lo que al deporte del fútbol se refiere. Sorokin cree que aumentará el número de practicantes y la afición. Aunque el balompié difícilmente logrará desplazar al deporte rey en Rusia, el hockey sobre hielo. A Putin en particular le gustan sobre todo el hockey, el esquí, el judo y la equitación, pero nunca se le ha visto jugar al fútbol.

 

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