'El Faraón' que quiere guiar a Egipto hacia la gloria

Mohamed Salah, en un entrenamiento. /Reuters
Mohamed Salah, en un entrenamiento. / Reuters

Mohamed Salah es el faro de su selección y de su país, que rezan para que se recupere a tiempo tras lesionarse en la final de Kiev

IGOS BARCIABailbao

En Egipto solo hay un nombre que al pronunciarse permite a la población olvidarse por un momento de las penurias económicas y sociales que atraviesa el país. Mohamed Salah y sus goles son el orgullo de Egipto, el futbolista que ha triunfado en la Premier con una temporada bestial en la que ha anotado 44 goles en 52 partidos, el que discute a los intocables Messi y Ronaldo la supremacía mundial reflejada en el Balón de Oro y el que tiene ahora al país con el corazón en un puño tras su lesión en la final de la Champions.

En el duelo de Kiev, Sergio Ramos se convirtió en la persona más odiada de Egipto tras mandar al vestuario a Salah y poner en duda su presencia en el Mundial, pero 'El Faraón', que se ha tratado en Valencia de su problema en el hombro, lanzó un mensaje tranquilizador: «A pesar de los pronósticos estoy confiado en que estaré en Rusia para que todos estéis orgullosos». Las esperanzas de Egipto en Rusia giran en torno a un jugador que es probable que el día 15 no debute frente a Uruguay, sino que apurará cuatro días más para jugar ante Rusia.

Sin duda, Salah es la pieza fundamental de la selección que entrena Héctor Cúper y que se clasificó para un Mundial después de 28 años de larga ausencia, gracias precisamente entre otras cosas al penalti decisivo que marcó ante Congo en el descuento. Es una de las muchas cuestiones por las que el delantero del Liverpool es considerado un ídolo en su país, del que salió hacia Suiza en busca de la fortuna futbolística que ha encontrado en Anfield.

A sus 25 años vive su momento de gloria, pero hasta llegar al Liverpool tuvo que recorrer un camino que nunca fue sencillo. No para alguien que nace en Nagrig, un pueblo situado a 129 kilómetros de El Cairo, de calles polvorientas y pocas salidas más allá de la agricultura. Allí creció Salah, entre el deseo de sus padres de que estudiara para poder tener un futuro mejor y su pasión por el fútbol, que practicaba junto a su hermano Nasr y sus amigos. Fue allí cuando su padre Ghlaly se dio cuenta del talento que tenía su hijo, así que decidió que probara en una escuela de Basyoun, localidad situada a 45 minutos de Nagrig. De ahí pasó a otra hasta que su padre le matriculó en el Al-Mokawloon, club de El Cairo que le obligaba a invertir cuatro horas y media de autobús para llegar. Como explicó Salah en una de sus escasas entrevistas, «por suerte me convertí en futbolista profesional, porque de lo contrario las cosas serían muy difíciles para mí».

Pero no lo son. Gracias a que en un torneo juvenil con la selección de Egipto se enfrentó al Basilea suizo. Para entonces ya había abandonado el puesto de lateral izquierdo para jugar en el ataque. Los responsables del club helvético le convencieron para probar con ellos, y así dio el salto a Europa. Después de dos temporadas pasó al Chelsea, donde no convenció a Mourinho, así que recaló en la Fiorentina, Roma y finalmente, Liverpool.

Con los pies en el suelo

En Egipto están rendidos a un futbolista con los pies en el suelo, que no olvida su origen humilde, y que invierte parte de sus ganancias en mejoras para su pueblo. Aporta mensualmente 3.500 euros a través de su organización benéfica, destinó los 240.000 euros de prima de fichaje por el Liverpool a un fondo monetario de Egipto, la escuela tiene un nuevo campo de fútbol, ha construido un colegio para niñas... En los estadios es una estrella mundial, pero junto a los suyos sigue siendo uno más, aquel chaval que jugaba en las calles y al que imitan todos los niños de Nagrig, siguiendo el mensaje que 'El Faraón' les envió cuando recibió el Balón de Oro de África: «No dejéis nunca de soñar, no dejéis nunca de creer».

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