Cinco candidatos en un pañuelo

Cinco candidatos en un pañuelo

El 28-A llega con Sánchez escapado pero sin La Moncloa asegurada y una cerrada pelea por la segunda plaza

PAULA DE LAS HERAS , NURIA VEGA , ANDER AZPIROZ y MARÍA EUGENIA ALONSOMadrid

Salvo sorpresa mayúscula, el PSOE debería volver a ganar unas generales 11 años después. La gran incógnita es si los socialistas lograrán gobernar y, si lo hacen, con quién. Pero la incertidumbre sobre lo que puedan deparar las urnas se extiende en su máxima expresión al resto de grandes fuerzas políticas. El PP aspira a mantener de forma holgada la segunda posición, pero al acecho están Ciudadanos, que se ha volcado en campaña para convertirse en la primera opción de centro derecha; Unidas Podemos, que tras el regreso de Pablo Iglesias ha ido de menos a más en las semanas previas a las elecciones; y Vox, cuya irrupción en el Congreso es impredecible, tras cinco días sin encuestas y con un alto porcentaje de votantes indecisos.

PSOE

Sánchez apuesta a la grande contra Vox

Pedro Sánchez acaricia la victoria y con ella su particular venganza. El secretario general del PSOE llegó a la presidencia del Gobierno el pasado 2 de junio después de una moción de censura contra Mariano Rajoy en la que necesitó el apoyo de los secesionistas. Muchos pensaron en su entorno que esa dependencia del PDeCAT y ERC sería un lastre y que había mucho más que ganar con una convocatoria inmediata de elecciones. Él optó por intentar gobernar pese a todo, con solo 84 diputados socialistas, para desplegar una agenda social que, transformada o no en leyes, le sirviera de cartel electoral llegado el momento. Y si las encuestas no fallan, está a punto de cobrar su apuesta. Otra vez contra todo pronóstico.

En sus diez meses de Gobierno han sido varios los momentos en los que las cosas parecían irle cuesta abajo. Tras el primer impulso -que le llevó de la tercera posición en el CIS de mayo, con un 22% de intención de voto, a adelantar a PP y Cs y rozar 30%- vinieron en septiembre el escándalo del plagio del trabajo de fin de máster que se llevó por delante a su ministra de Sanidad, Carmen Montón y las dudas sobre el modo en el que él mismo había obtenido el título de doctor en Economía.

Previamente, había caído el titular de Cultura, Máxim Huerta, luego unas grabaciones del comisario Villarejo pusieron en el disparadero a la ministra de Justicia, Dolores Delgado, algunas informaciones apuntaron al patrimonio no declarado de la Portavoz, Isabel Celaá, y las sociedades instrumentales de Pedro Duque y Nadia Calviño, vino la multa de la CNMV a Josep Borrell por uso de información privilegiada... Sánchez decidió aguantar.

Cuando en febrero, en plena negociación de los Presupuestos el Gobierno ofreció a la Generalitat de Cataluña una mesa de diálogo extraparlamentaria en la que cada planteara sus propuestas sin restricciones y bajo la coordinación de un «relator» imparcial, todo parecía perdido. El propio PSOE volvió a arder como hacía tiempo que no ocurría. Y a pesar de que en la dirección apostaron a que un rápido requiebro y la sorpresa dada por Vox en las elecciones andaluzas y el viraje de Cs a al derecha jugarían a su favor, muchos barones advirtieron lo contrario. «Sería así si el eje del debate fuera izquierda-derecha pero aquí lo que se impone es la cuestión territorial», decían.

Sánchez, sin embargo, parece haberle dado la vuelta a la tortilla. Escenificó una ruptura abrupta con la Generalitat cuando comprobó que tanto ERC como el PDeCAT, condicionados por el recién iniciado juicio del 'procés', presentaban enmiendas a la totalidad contra sus cuentas públicas; explicó que daba por rotas las conversaciones por la exigencia de un referéndum de autodeterminación, aprovechó su derrota parlamentaria como prueba de que jamás se plegó a los secesionistas y pidió el comodín del público. Llamó a las urnas.

La estrategia del comité electoral del PSOE en los dos meses y medio que ha sido la del luchador de judo. Una campaña plana, en la que ha buscado convertir los ataques «hiperbólicos» (dice Sánchez) de Pablo Casado y Albert Rivera en fuerza a su favor. Aspira a gobernar en solitario y hasta hace unos días creía que los ciudadanos le legitimarían para ello y que Podemos, en claro declive, no estaría en condiciones de exigir formar una coalición. El viernes , sin embargo, abrió una rendija a un Ejecutivo con Pablo Iglesias. Si no puede seguir en Moncloa, Ferraz se pondrá de luto, pero esta vez nadie espera ya navajas, como en 2016.

PP

Casado se propone gobernar o resistir

El 10 de abril y con un CIS que dejaba al PP entre los 66 y los 76 escaños, Pablo Casado descartó su dimisión en caso de debacle electoral. Restaban dos días para la campaña, al menos la oficial, y, desde entonces, el candidato de los populares ha avanzado contra la corriente de las encuestas sin poder augurar si su estrategia servirá para vencer la tozudez de los sondeos. La demoscopia le sitúa en el peor resultado del partido desde su fundación y no garantiza que la suma con Ciudadanos y Vox vaya a alcanzar la mayoría absoluta. Pero sea o no así, un paso atrás no entra en los planes del presidente de la formación conservadora.

Es el único de los cuatro principales partidos con representación parlamentaria que se estrena en estas elecciones. Y en su entorno consideran que no sería justo exigirle a la primera lo que José María Aznar y Mariano Rajoy lograron al tercer intento. También llaman a tener en cuenta el escenario de profunda fragmentación de la derecha, con Ciudadanos y Vox intentando achicar el espacio de los populares, y el esfuerzo continuado de Casado durante nueve meses en los que el PP ha experimentado bajo su liderazgo una metamorfosis en equipos y discursos que aún debe probar su acierto en las urnas.

El PP llega al 28 de abril, unas elecciones convocadas antes de lo que esperaba, con un giro hacia la derecha en algunas de sus posiciones, un tono endurecido y nuevos rostros al frente de las candidaturas. Una apuesta personal, rebautizada por Casado como política «sin complejos», que ha generado dudas en su partido y con la que la dirección aspira a seducir al votante que abandonó sus siglas defraudado por los casos de corrupción, los recortes y la gestión, más tecnócrata, de Mariano Rajoy.

Hay sectores del PP que han advertido en este tiempo del riesgo de traspasar la línea y aceptar el marco discursivo de Vox y de extremar los mensajes. Son los mismos que se reconocieron incómodos con expresiones como «traidor» o «felón» lanzadas contra Pedro Sánchez y que rechazaron la acusación de que el presidente del Gobierno prefiere aliados con «manos manchadas de sangre», en referencia a la izquierda abertzale. La moderación ha sido una reivindicación constante en muchas organizaciones territoriales que sostienen que no hay victoria sin el votante de centro.

En la cúpula del PP, sin embargo, no creen haber descuidado a ese perfil de elector. En esta campaña, orientada a denunciar los apoyos parlamentarios de Sánchez, también han procurado, en algunos momentos, «bajar decibelios», como apuntan fuentes del partido, y mostrar, por ejemplo en el primer debate, el de RTVE, el Casado más «propositivo». Aunque siempre ha incluido la economía en sus discursos, fue en el ecuador cuando, durante unos días, la convirtió en el eje de sus intervenciones para ensalzar la gestión de los populares frente a la de los socialistas.

El PP llega ahora a las urnas con todas las cartas sobre la mesa: prefiere un Gobierno en solitario sostenido por un pacto para cuatros años de legislatura, aunque tampoco cierra la puerta de ese hipotético Ejecutivo ni a Ciudadanos ni a Vox. Y si los peores vaticinios se cumplen, confía en que la suma de la derecha baste para llegar a la Moncloa y compensar con el poder la pérdida de músculo electoral. Este es el día para el que Casado ha venido preparándose, en una carrera contra reloj, desde julio de 2018. Y, en caso de revés, no habrá tiempo para el duelo hasta los comicios del 26 de mayo.

Unidas Podemos

Iglesias quiere al fin tocar poder

El 'sorpasso' a los socialistas es cosa del pasado. Según explicaba en 2015 y 2016 Íñigo Errejón, Podemos se enfrentó en las generales de esos dos años al «ahora o nunca». O se asaltaba el poder entonces, o lo que viniera después sería diferente. «Se abrirá otra ventana que no será la misma», auguraba el exnúmero dos y cofundador de la formación morada.

Así ha sido. Esta nueva ventana se limita a día de hoy a formar parte de un Gobierno de coalición como socio minoritario del PSOE . Esta es una posibilidad que, por otro lado, no convence a Pedro Sánchez, quien prefiere reeditar un Ejecutivo formado solo por «socialistas e independientes progresistas de prestigio». Pero Pablo Iglesias no se rinde. En la campaña electoral ha dejado claro que, a diferencia de lo que sucedió en la moción de censura a Mariano Rajoy, ahora el líder del PSOE deberá ofrecer cuotas de poder a cambio de los apoyos para su investidura.

De los resultados de hoy dependerá la fuerza con la que Unidas Podemos pueda reclamar asientos en el próximo Consejo de Ministros. La coalición de izquierda comenzó la campaña con pésimas sensaciones. Pero aunque sea un líder venido a menos, Pablo Iglesias ha logrado tras el regreso de su baja paternal levantar los ánimos en sus filas, especialmente tras sus actuaciones en los debates a cuatro en televisión. En Unidas Podemos se reconoce que habrá una caída en escaños, tiene 67, aunque también se cuenta que el buen hacer de su candidato haya contenido la sangría de votos hacia los socialistas y atraído a una buena parte de los indecisos de izquierda.

Los resultados de estos comicios tendrán también, sin duda, una lectura interna. En Podemos, Irene Montero abrió el debate de la sucesión al afirmar que «más pronto que tarde» la formación tendrá una secretaria general, lo que supondría el relevo de Iglesias. El líder de Podemos afirmó el pasado miércoles que en sus planes está permanecer cinco o seis años más en política antes de volver a dar clases en la Universidad, pero también que su futuro, como ha sido siempre, lo decidirán los inscritos de su partido.

Se da por hecho que tras las elecciones del 26 de mayo Iglesias convocará un Vistalegre 3 en el que las opciones podrían ser dos: refrendar su liderazgo o elegir a su sucesora, que a todas luces sería Montero. En cualquier caso, su futuro político también dependerá del papel que pudiera jugar en un Gobierno progresista.

Un mal resultado también podría hacer tambalear los cimientos de IU. La oposición interna a la confluencia en Unidas Podemos ha crecido y una debacle podría acabar con la carrera política de Alberto Garzón, su máximo valedor en el partido.

Ciudadanos

Consolidarse como alternativa o diluirse

Albert Rivera va a por todas. El líder de Ciudadanos no quiere volver a quedarse en tierra de nadie y confía en ser decisivo en la formación del nuevo Gobierno. No hace ni un año aspiraba a suceder a Mariano Rajoy en la Moncloa después de darle apoyo en un Gobierno débil, pero llegó la moción de censura de Pedro Sánchez a lomos de la corrupción que se llevó al PP por delante, y también las bazas que, según todas las encuestas, tenía Rivera para convertirse en el siguiente presidente. Desde entonces el líder liberal se ha dedicado en cuerpo y alma a recolocarse en el tablero para disputarle a Pablo Casado la primacía de la derecha y consolidarse como la alternativa al PSOE.

En Ciudadanos creen que están a un paso de conseguirlo. El optimismo reina en la sede nacional naranja después de la intervención del catalán en los dos debates electorales, en los que, insisten, consiguió liderar la oposición a Pedro Sánchez. Los sondeos internos hablan de una fuerte remontada y le sitúan en un empate técnico con Casado, de ahí que Rivera alentase sobre el posible vuelco electoral en la recta final de la campaña. «Hay posibilidades de que haya cambio en España (...), los datos son esperanzadores», ha abundado estos días.

Sin embargo, las encuestas de los medios de comunicación no corroboran ese optimismo y se antoja imposible desalojar a Sánchez del Ejecutivo con una fórmula a la andaluza, con Casado y Rivera encabezando un Gobierno que apoyase Vox en el Congreso. El único escenario aritméticamente viable sigue siendo la suma de PSOE y Ciudadanos. Pero el dirigente liberal ya no sabe cómo decir que esa posibilidad no existe, aunque los socialistas dudan de su credibilidad y se remiten a lo que pasó hace tres años tanto con Sánchez como con Rajoy.

Rivera se echó a la carretera hace dos semanas enrocado en el 'no es no' al PSOE y dispuesto a tratar de convencer a la mayor parte del millón y medio de indecisos se mueven en la frontera de PP y Ciudadanos. Se hizo acompañar de Inés Arrimadas, uno de los mejores activos del partido, y de fichajes de relumbre como el exvicepresidente de Coca-Cola Marcos de Quinto o Edmundo Bal, el abogado del Estado destituido por negarse a firmar un escrito de acusación en el juicio del 'procés' que excluía la acusación de rebelión a los procesados.

Aunque nadie se atreve a delimitar dónde está la frontera entre la victoria y el fracaso, en las filas naranjas casi todos admiten que superar por escaso margen los 40 diputados de 2015 sería un pésimo resultado, que los alejaría de sus opciones de gobernar y mermaría su influencia en el Congreso.

Vox

La ultraderecha regresa al Congreso

Todo lo que concierne a Vox y a sus posibilidades en estas generales es una incógnita. Solo hay una cosa clara, que la ultraderecha volverá a tener representación en el Congreso, algo que no lograba desde 1979 con el franquista Blas Piñar.

La duda es cuántos escaños pueden llegar a ocupar los de Santiago Abascal. Las encuestas realizadas a lo largo de la campaña electoral varían de forma significativa. Desde darles apenas una veintena de diputados hasta alcanzar los 40, una coirfra que ahora se teme que vaya a ser incluso superior. Tampoco ayuda a la hora rellenar la quiniela el precedente de las elecciones andaluzas, donde nadie llegó a pronosticar sus doce representantes en la Cámara regional.

El primer objetivo de Vox, el de volver a la primera línea política, está hecho. Pero la formación se ha marcado otras metas. La principal de ellas es la de ser decisivo en el próximo Gobierno, y esto pasa inevitablemente por que la derecha alcance los 176 escaños que suponen la mayoría absoluta. A partir de ahí, la ultraderecha podría jugar distintos papeles. Uno de ellos sería el de servir de soporte en la Cámara baja a un bipartito formado por PP y Ciudadanos. Es la carta que juegan los liberales, que son conscientes de que ni parte de su electorado ni sus correligionarios europeos, empezando por En Marche del presidente francés Emmanuel Macron, entenderían un acuerdo con la extrema derecha.

No parece, sin embargo, que a Vox le preocupen lo más mínimo las diatribas de Ciudadanos. Albert Rivera no es para Abascal más que un aliado ocasional para alcanzar mayores cotas de poder y de hecho, ambos chocan abiertamente en medidas sociales como el aborto o la legalización de la eutanasia. El líder de Vox suele decir que los liberales son un partido «veleta».

Pablo Casado dejó abierta ayer la puerta que más le puede agradar a los de Abascal, entrar a formar parte de un Gobierno de coalición. Y por soñar, Vox lo hace con que el músculo que ha mostrado a lo largo de la campaña, en la que ha firmado sonadas movilizaciones en sus mítines, se traduzca en erigirse como tercera fuerza nacional tras socialistas y populares.

Aunque no fuera así, los ultraderechistas tendrán en la próxima legislatura una tribuna en el Congreso para desplegar una oposición frontal con los planteamientos radicalesy contundentes de los que ha hecho bandera en la campaña y que estaban fuera del debate político en España desde hace varios años.