El eterno debate de la tauromaquia

El abogado Javier Sanz Berrioategortua y el técnico de laboratorio José Padilla Ruiz opinan a favor y en contra de los toros en España

Javier Sanz Berrioategortua y José Padilla Ruiz (dcha.)./Maya Balanya / Martínez Bueso
Javier Sanz Berrioategortua y José Padilla Ruiz (dcha.). / Maya Balanya / Martínez Bueso
DANIEL VIDAL
Javier Sanz Berrioategortua, Abogado

«Pretender sustituir el humanismo por el animalismo es una barbaridad»

Si la tauromaquia desaparece, deja claro Javier Sanz, «que sea porque ya no le interesa a nadie, no por la imposición y por la intolerancia de algunos. Eso sería un ataque inaceptable a mis derechos». La pasión taurina empitonó a este abogado vizcaíno de 52 años hace más de tres décadas junto a su hermano, después de presenciar una «buena faena» de Antonio Sánchez Puerto en Las Ventas. «Tuvimos suerte», reconoce, «porque lo normal es que la sensación final tienda a la decepción». Desde entonces, saca boletos para un mínimo de 40 corridas por temporada, fijándose siempre en las ganaderías antes que en los toreros.

El dato

1.553
espectáculos taurinos reglados se celebraron en España en 2017, el último año con registros oficiales. Un total de 387 fueron corridas de toros, lo que supone un descenso del 59,39% en diez años. La caída general de espectáculos celebrados desde 2007 es del 57,56%.

«No vamos a ver cómo matan a un toro. Para eso pondríamos gradas en los mataderos. La tauromaquia es un espectáculo que encierra numerosos sentimientos. La admiración al toro, a su bravura, a su lucha, a su naturaleza. Cada toro plantea numerosos problemas, un reto que el torero debe resolver dentro de unas normas muy estrictas y poniendo en riesgo su vida. Todo lo que ocurre en el ruedo es real, y se sienten cosas tan extrañas, por ejemplo, como ver surgir la belleza del miedo. No es de extrañar su influencia en otras artes como la literatura, la pintura, la música...», defiende.

Se espanta Sanz al oír hablar de «tortura» sobre el albero. «Eso implica confundir al hombre con el animal. Es una banalización de la tortura, un insulto a las personas que han sido o son torturadas. No imagino a ningún torturador que arriesgue su vida torturando, ni a un torturado con posibilidades de defenderse. El eslogan de 'cultura no es tortura' me produce vergüenza ajena». Deja claro el letrado que no tiene «ningún interés en convencer a nadie». Le vale con exigir «respeto a mi libertad de acudir a los festejos taurinos». ¿Un referéndum sobre las corridas de toros? «Para eso ya están las taquillas de las plazas de toros», zanja. Y reflexiona: «El problema del animalismo es cuando se erige, desde su pretendida superioridad moral, a decirnos lo que debemos ver o no; lo que debemos comer o no; lo que debemos vestir o no, o si podemos experimentar con ratones para curar determinados tumores. Se pretende sustituir el humanismo por el animalismo. Y eso es una barbaridad».

La cifra

Un impacto económico de 4.500 millones.
El II Congreso Internacional de Tauromaquia, celebrado en octubre, estimó un impacto del sector similar al 0,36% del PIB.

Autocrítico, pide a las ganaderías «más casta» en los toros y reconoce también un «problema» en la tauromaquia, si es que se puede denominar así: «Que exige un esfuerzo mental para comprender lo que estás viendo, para hacer un análisis intelectual, y no solo desde un punto de vista técnico. Sin ética no se puede matar un toro. En la plaza no valen trampas; no se puede matar al animal de un disparo por detrás». Por todo ello «no es fácil que un chaval se enganche» a la llamada fiesta nacional. Cree que la asistencia a las corridas de toros «va en paralelo a la situación económica» y pone el foco en los festejos populares, «más baratos de organizar y que mueven a mucha gente, sobre todo, joven». Él, por su parte, ya le ha inculcado la pasión a su hija, de 19 años. «Aunque no tiene la misma afición que yo», admite. Con todo, no cree que la tauromaquia «esté en peligro». A su juicio, defender la tauromaquia es también defender «la diversidad cultural de los diferentes pueblos y las identidades forjadas por los mismos». Y, de paso, evitar que 'caigan', después de los toros, «la equitación, la caza, la pesca, la ganadería...».

José Padilla Ruiz, Técnico de laboratorio

«Una plaza de toros es una zona franca de tortura animal; no es la cultura que yo quiero»

La sobremesa se capeaba en su casa de Socuéllamos (Ciudad Real) con la corrida que daban por la tele para regocijo de la abuela Juliana. Gran aficionada, peleaba con la siesta para tragarse la faena al completo mientras su nieto, José Padilla, que por aquel entonces no levantaba tres palmos del suelo, contaba cuántos toros faltaban para que cortaran la emisión. «En el tercero estaba deseando que se terminara, el cuarto lo vivía con angustia, el quinto ya me quería morir, y con el sexto llegaba el alivio porque aquello se acababa de una vez». No se reconoce Padilla un «encendido o agresivo animalista antitaurino», pero sí admite haber transitado por un camino que le ha hecho pasar «a la oposición de la tauromaquia, a una posición a favor de los animales».

De ahí la retahíla de sentimientos negativos que le sale del alma cuando se imagina un toro «sangrando» en la plaza: «Asco, pena, tristeza... Me produce un rechazo visceral, y mucha vergüenza como sociedad». Respecto a que la tauromaquia sea considerada, por ley, como «patrimonio cultural histórico» nacional, este vecino de Murcia, de 38 años, no niega «que sea cultura, pero no es la cultura que yo quiero. Las plazas de toros son zonas francas de tortura animal», define. «¿Arte? El arte es tan subjetivo que supongo que alguien podría llamarlo 'arte', sí», concede. Apunta que «hay cosas legales que pueden ser no éticas» y entra también al trapo respecto a la palabra tortura: «La Real Academia Española de la Lengua es garante del uso del español, no de lo que debemos pensar ni de lo que debemos decir. Podemos encontrar otra palabra para definir el daño que se le infringe a los animales, si queremos. Al final, una rosa seguirá siendo una rosa».

El dato

El 2,6%
de los toreros de nuestro país son mujeres, según el Registro General de Profesionales Taurinos del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. Según los datos del año 2017, los últimos disponibles, hay un total de 10.959 profesionales taurinos inscritos, un 32,6% más que en 2007. De ellos, el 2,6% (289) son mujeres por un 97,4% de hombres. La mayoría de las mujeres son rejoneadoras.

Padilla, que sonríe cuando le recuerdan que tiene apellido de torero -«qué culpa tenemos ambos de llamarnos igual»-, no duda mucho ante la tesitura: «Yo prohibiría las corridas de toros, sí. Porque apoyo cualquier acción encaminada a eliminar el sufrimiento de los animales y porque deberíamos evaluar los derechos de los seres humanos respecto a los animales». Admite a continuación que no es «vegano, ni vegetariano». Omnívoro él, mantiene sin embargo que «vivimos rodeados de contradicciones e incoherencias». Deja claro que «no es que haya que poner a los animales al mismo nivel que los humanos, tan solo dotarles de unos derechos mínimos. No hay que llevarlo al extremo. Simplemente, darles una vida digna y garantizar su bienestar». Y recuerda, como técnico de laboratorio de un grupo de investigación genética, los requisitos tan estrictos que hay que cumplir para la experimentación científica con animales, por ejemplo. A lo que no se opone.

No ha ido a una corrida en su vida. Pero tampoco le hace falta para desentrañar ningún «misterio» en el hecho de «matar» a un toro . «La vaca llega al matadero y la matan. El toro llega al ruedo y lo matan. Eso sí, le añaden pompa y complejidad al asunto con un rito que, en el fondo, es muy sencillo. ¿Te parece bonito el capote y el baile con el animal? Vale, pero no puedes aislarlo del global, que es el acto de matar al toro. Y si ahí se quiere entender una metáfora del enfrentamiento del hombre con la naturaleza... Creo que ya nos hemos cargado suficientes animales para intentar demostrar que somos superiores», zanja.

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