La ola identitaria rompe en campaña

Los incidentes provocados por radicales contra los actos de Vox en el País Vasco agitan la jornada

La ola identitaria rompe en campaña
ALBERTO SURIO

Fue el primer experto demoscópico que lo vaticinó. El valenciano Jaume Miquel, fichado como asesor en octubre del año pasado por Pedro Sánchez, pronosticó entonces el aterrizaje espectacular de Vox y fijó su objetivo, hoy rebasado por las expectativas, de acercarse a los 800.000 votantes. En ese momento advirtió que el PP iba a entrar en un grave declive al perder a parte de su electorado clásico. «Los jóvenes de derechas van a votar a Vox», sostenía. La marca popular, aseguraba, se había quedado oxidada y eso se paga en las urnas. Pablo Casado, empeñado en no bajar de 100 escaños y llegar al 26% -el resultado de Manuel Fraga con AP en 1982- se dedicó ayer a fustigar a Vox y Ciudadanos. «Tránsfugas y vendedores de humo», les llamó. Y es que la herida interna sangra. Las críticas a Casado de Albert Rivera ayer en Sevilla ponen de relieve que el centro-derecha está abierto en canal, con una dura competición interna.

En Covadonga, Vox ha regresado al mito, a las esencias y a la reinvención del imaginario tradicionalista de la derecha dura española. Identidad a raudales. Donald Trump en estado puro. Santiago Abascal reivindicó ayer la 'españolidad' en sus visitas en el País Vasco, con sendos mítines en San Sebastián y en Bilbao. Alto voltaje 'patriótico' para el primer fin de semana de campaña, con forcejeos a la salida del Palacio del Kursaal de la capital guipuzcoana protagonizados por un grupo de radicales. Una imagen lamentable. Abascal sentenció la escena: «Sin miedo hubiéramos abarrotado».

Con Vox subido en la cresta de la ola, el PP sufre por su banda derecha. El hiperactivismo de Casado revela esa inquietud, admitida en el PP, que hace un año creía que la 'España de los balcones', la que había reaccionado con orgullo nacionalista español ante el desafío independentista catalán -colgando banderas rojigualdas en sus ventanas- sería el motor de combustión de la locomotora del partido conservador. Error de cálculo. El patriotismo españolista ha encendido la mecha, pero la de una escisión de la derecha. Además, los ríos nunca fluyen hacia arriba y menos cuando caen en cascada.

Los discípulos de Trump sacan pecho. La receta es asombrosamente simple. La vuelta a los viejos valores seguros: el refugio del hogar patriótico frente a la inmigración, la identidad nacional frente al disolvente de la globalización, la familia tradicional frente a la cultura progre. Y en el País Vasco, la resistencia frente a ETA. Libreto de manual.

El contexto ideológico es, claro, más complejo. Los partidos centristas empiezan a verse como viejos y aburridos y la quiebra de una parte de la clase media completa el cuadro de ese giro al populismo. Vox flirtea con una imagen antisisema, aunque preconice un programa neoliberal: modelo mixto de pensiones y reformas en el mercado laboral. Nada del intervencionismo típico de otras fuerzas de ultraderecha europeas.

Mientras tanto, Pedro Sánchez azuza el temor a la ultraderecha para movilizar al centro. A esos 800.000 votantes de Ciudadanos que dudan. El mensaje sobre la 'contundencia' en Cataluña si hay un «nuevo desafío» se dirige a ese electorado fronterizo.

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