O rigor o votos

O rigor o votos
EFE
IGNACIO MARCO-GARDOQUI

La deuda pública es hija de los déficit acumulados. Lo que se suele enseñar en las universidades es que los presupuestos públicos deben de tener un carácter anticíclico: cuando las cosas van mal -flojea el consumo, sufre la inversión, se exporta poco y no se crea empleo-, el Estado puede y debe gastar para aumentar la demanda, evitar que la máquina se pare y conseguir que la actividad renazca.

Pero las deudas hay que pagarlas. Por eso, cuando la economía se excita y crece mucho, convienen presupuestos restrictivos, con más ingresos que gastos, que impidan un recalentamiento y que nos proporcionen el excedente necesario para devolver las deudas contraídas en la época de recesión.

Esa ha sido la teoría ortodoxa, menos de moda que la corbata. Nadie cree en ella y nadie la practica. Zapatero, cuando comprobó que el país se adentraba en una crisis profunda, se dedicó a darle sin piedad a la máquina del gasto, hasta elevar el déficit por encima del 11%, lo que nos condujo a las puertas de la intervención europea.

Llegó Rajoy, a quien se consideraba discípulo aventajado de la teoría ortodoxa, pero no pudo con la realidad. Redujo algunos gastos e introdujo algunos recortes -era imposible soportar déficits de dos dígitos-, pero los mantuvo y ascendió la deuda a cotas nunca alcanzadas.

Ahora, Sánchez ha convertido los 'viernes sociales' en dinamita para las cuentas públicas. Insiste en que puede hacer compatibles el terrible incremento de los gastos y cumplir con Bruselas. ¿La fórmula? Un severo aumento de la presión fiscal concentrado en las empresas y en las capas más favorecidas de la sociedad. Un discurso de aceptación garantizada por la población no concernida.

     Sánchez cree que si aumenta de manera muy apreciable la presión fiscal, no se van a producir reacciones de defensa. Se equivoca, y la equivocación es más grave si, como es previsible, la acción del próximo Gobierno se va a desarrollar en medio de un ambiente mortecino de la actividad.

     El frenesí del gasto es muy peligroso para el país, pero es un imán poderosísimo para atraer votos. Entre rigor y votos, la elección electoral es evidente.