Es el talento, estúpido

Hay que tocar el sistema educativo y apostar con claridad por la economía del conocimiento, una asignatura en la que vamos significativamente retrasados

Es el talento, estúpido
GUILLERMO DORRONSOROProfesor Deusto Business School

La economía fue la clave que dio la victoria electoral a Bill Clinton en 1992, cuando competía con George H. W. Bush. Ese año quedó inmortalizada la expresión «Es la economía, estúpido». Tres décadas más tarde, la economía sigue manteniéndose como una de las preocupaciones fundamentales de los ciudadanos, porque detrás de ella vienen los empleos, los impuestos que permiten sostener los servicios sociales...

Con unas previsiones demográficas planas, y los nuevos equilibrios que se están construyendo en un proceso de globalización imparable, la única forma de mejorar nuestra economía es apostar por mayor productividad y mayor valor añadido. Y para ambas mejoras, la única materia prima es el talento.

Quiero explicar que cuando digo talento, no me refiero a una élite directiva o científica en la que a veces pensamos cuando se utiliza este término. Hablo más bien de una definición mucho más amplia y distribuida de talento, algo con lo que nacen todas las personas. No necesitamos políticas que acentúen la desigualdad.

Y cuando hablo de la fuga de talentos, me refiero a todas las personas jóvenes que al finalizar sus estudios de forma brillante, se dan cuenta que han sido preparados para un puesto que no existe en este país, pero sí en otros lugares. Las estadísticas nos dicen que en la última década un millón de personas han emigrado, la mayor parte jóvenes y con titulación superior. España aparece en los rankings como uno de los países más afectados por este proceso.

No hay una solución sencilla ni rápida para este problema, pero si se le diera la suficiente atención y prioridad, podría mejorar mucho, y esa mejora se traduciría de forma automática en una mejora de las condiciones de vida de toda la ciudadanía. Y no me refiero a dotar en los presupuestos partidas simbólicas para atraer un pequeño porcentaje del talento científico emigrado. Eso ataca muy parcialmente los síntomas, pero no cura la enfermedad.

Una línea de trabajo clara pasa por el sistema educativo. Tenemos ahora herramientas para identificar las diferentes formas de talento a una edad muy temprana, y podríamos trazar un recorrido de educación personalizada para cada estudiante, que le fuese aportando las competencias en las que desarrollar esos talentos para prepararse para atender la demanda real del nuevo mercado del trabajo que está surgiendo como consecuencia de la transformación digital de los sectores económicos. Ya empezamos a tener un contingente de puestos demandados por la empresa sin cubrir.

La otra gran línea pasa por apostar con claridad por la economía del conocimiento, por transformar nuestra industria y el resto de sectores de la economía a través de la ciencia, la tecnología y la innovación. Una asignatura en la que vamos significativamente retrasados en comparación con los principales países avanzados de un nivel de renta similar a la nuestra.

Si atacamos con decisión ambos frentes, nuestros jóvenes encontrarían carreras profesionales atractivas, y podrían generar riqueza y prosperidad en este país, y no en otros. Dejaríamos de ser un país exportador de talento, y nos convertiríamos en un destino atractivo para el talento mundial.

Es el talento, y seríamos muy estúpidos si en los gobiernos que emerjan de las elecciones generales, locales y europeas que tenemos por delante, no exigiésemos en las urnas que dediquen a estas líneas de trabajo la máxima prioridad.