El primer tiroteo masivo desde Parkland deja diez muertos en una escuela de Texas

El instituto donde se ha producido el tiroteo. / Oficina del Sheriff del condado de Harris

El autor de la matanza, un alumno de 17 años que no había despertado sospechas, logró llevar a cabo su plan pese a la presencia de vigilantes armados en el centro

MERCEDES GALLEGOCorresponsal. Nueva York

Era cuestión de tiempo y no tardó mucho. El primer tiroteo masivo que se produce en una escuela de EE UU desde que Parkland desatase hace tres meses un movimiento contra las armas se cobró este viernes la vida de nueve estudiantes y un profesor, además de dejar diez heridos.

En la ruleta rusa de los tiroteos escolares, esta vez le tocó al Instituto Santa Fe de Texas, a una hora al sur de Houston, donde el senador Ted Cruz dijo haber visto ya «demasiados malditos tiroteos», sin que ni él ni el Congreso hayan hecho nada para impedirlo, salvo «rezar y apoyarnos unos a otros», volvió a recomendar.

El adolescente que este viernes quiso alcanzar la fama a tiros se llama Dimitris Pagourtzis y tiene 17 años. Sus compañeros le tenían por un chico callado pero amable que siempre andaba metido en su mundo, oyendo música en los audífonos, enfrascado en una gabardina negra y botas militares incluso a 30 grados bajo el sol de Texas, como los autores de la matanza de Columbine a los que trató de imitar. De hecho, algunos le dieron de lado por el olor corporal que despedía bajo la gabardina en pleno verano.

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La masacre de este viernes no fue un arrebato. Pagourtzis era víctima de burlas, según confesaron algunos de sus compañeros, pero no se levantó el viernes harto de todo y decidió vengarse. Lo había planeado. Llevaba consigo dos armas –una pistola y una escopeta-, pertenecientes a su padre. Preparó bombas caseras en trozos de tubería y entró en la clase de Arte lanzándolas como si fueran granadas.

Había en la escuela, como sugieren siempre los defensores de las armas, «un hombre bueno con un arma» que según la teoría del presidente Donald Trump y sus seguidores debería de haber impedido la masacre, pero en lugar de eso se encontró con un tiro en el estómago. El agente de «mediana edad» era uno de los tres hospitalizados que seguían en estado crítico.

«¡Esto no puede estar pasando, no se supone que yo tenga que pasar por esto, nadie debería pasar por esto!», sollozaba, entre asustada e indignada, Dakota Shrader, de 16 años. «¡Esto es un colegio, es el lugar donde deberíamos de sentirnos seguros, donde pasamos la mayor parte del tiempo!».

Fotoografía de archivo de Dimitrios Pagourtzis, presunto autor de la masacre.
Fotoografía de archivo de Dimitrios Pagourtzis, presunto autor de la masacre. / AFP

Las fotos que colgaba en las redes sociales indican que Pagourtzis era, como mínimo, un chico confundido. Tan pronto se ponía una gorra con el símbolo de la paz como una camiseta de «Born to Kill» (Nacido para Matar). Otro estudiante un año mayor que él fue interrogado por la policía, sospechoso de tener información previa relativa a sus intenciones. «No hay razón para pensar que nadie, salvo el tirador, construyese las bombas», clarificó el gobernador de Texas Greg Abbott.

Pagourtzis sembró de bombas su casa, el coche y hasta los alrededores del colegio, a sabiendas de que en las horas siguientes la policía le seguiría la pista. También hizo saltar la alarma de incendios a las 7.30 de la mañana para que todos corrieran a su encuentro y recibirles a tiros. Su intención no era estar allí para ver lo que pasaría después, sólo que llegada la hora de la verdad «no tuvo el valor de suicidarse y se entregó a la policía», confirmó el gobernador.

De su cita con el más allá para evadir a la justicia había escrito en el diario que le confiscó la policía, que también encontró pruebas en su ordenador y teléfono móvil. Las autoridades aseguraron que «a diferencia de Parkland no había ninguna señal de aviso» sobre la naturaleza perturbada del joven. El instituto, con más de mil alumnos, había realizado semanas antes el entrenamiento debido para responder a este tipo de situaciones y tenía en sus instalaciones a dos agentes de policía, que no fueron capaces de impedir la masacre. «Tenemos que ser más creativos, poner policías en las puertas del colegio para que impidan la entrada a alumnos que puedan portar armas», sugirió el lugarteniente del gobernador Dan Patrick. La posibilidad de limitar el acceso a las armas ni siquiera salió a relucir en sus «creativos» planes para que «esto se acabe ya», pero tampoco la de armar a los profesores.

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