Cataluña: año I de la República nonata

Alcaldes independentistas en las escaleras del Parlamento catalán el día de la proclamación de la independencia./EFE
Alcaldes independentistas en las escaleras del Parlamento catalán el día de la proclamación de la independencia. / EFE

La división y la falta de una estrategia común lastran al independentismo un año después de la DUI | Los sectores radicales del secesionismo acusan a Torra de estar paralizado y dan la legislatura catalana por «muerta»

CRISTIAN REINOBarcelona

Desorientado y cada uno haciendo la guerra por su cuenta. Así se encuentra el independentismo un año después de que la Cámara catalana proclamara la república, una declaración que nadie tuvo intención de hacer efectiva. Casi los únicos actos que organizó ayer el independentismo en el aniversario del 27-O, al margen del discurso de Quim Torra, fueron de reproche y presión, algo que deja un poso de división en el ambiente. Los CDR, por un lado, manifestándose en la plaza de Sant Jaume y pidiendo ejercer ya la autodeterminación. «Sin renuncias, ni sometimiento». Por otro lado, la ANC, en una protesta paralela en varias ciudades, instando al presidente catalán a publicar en el Diario Oficial de la Generalitat la declaración de independencia para proclamar la secesión, de nuevo, y poner en marcha la república.

Ese es el objetivo que se ha marcado Torra para la legislatura, aunque la realidad sea bien distinta y en una parte del independentismo empiezan a estar más que cansados de tanta retórica vacía de un líder que no acaba de consolidarse en el cargo y que no consigue deshacerse de los recelos de unos y otros sectores del independentismo con los que llegó al Palau de la Generalitat. «Seguimos instalados en los gestos simbólicos y en la declaración simbólica. Los discursos se inflaman. Pero la práctica es nula», afirma Adrià Alsina, de la ANC e impulsor de una candidatura unitaria (de momento sin éxito) del secesionismo a la Alcaldía de Barcelona.

«La legislatura está muerta», afirma Vidal Aragonès, diputado de la CUP. Los anticapitalistas han roto con el Gobierno catalán. Si Torra arrancó su mandato con el apoyo de 70 escaños (sobre 135), ahora solo cuenta con 61, toda vez que las guerras entre JxCat y ERC han provocado la pérdida de la mayoría absoluta y la renuncia (por no acatar el auto de Llarena) a que los cuatro diputados neoconvergentes procesados puedan ejercer su voto. «El Gobierno no tiene voluntad de tomar medidas de construcción de la república», insiste Aragonès. «No hablamos ya de implementarla, sino de avanzar. Estamos parados», remata.

Cambio en Madrid

Desde la declaración unilateral de independencia (DUI) de hace un año se ha producido un cambio de Gobierno en España que ha descolocado a los independentistas. Están los que abogan por volver a tener peso en Madrid, como antaño, y los que prefieren que se mantenga el enfrentamiento enconado con PP y Ciudadanos. «El independentismo no tiene una estrategia común. Van todos como pollos sin cabeza», señala Joan Coscubiela, exdiputado de Iniciativa en el Congreso. A su juicio, el cambio de Gobierno está permitiendo «desinflamar el conflicto», abriendo espacios de diálogo. «Hacía muchos años que no había tanta interlocución entre ambos gobiernos», señala. En solo unos meses, se han celebrado una treintena de reuniones entre ministros y consejeros, eso indica que «algo se mueve», según Coscubiela.

Aunque su opinión es que «hoy la solución» a la cuestión catalana está «más lejana que hace un año». El ecosocialista cree que los Gobiernos central y catalán deben centrarse en buscar una salida al conflicto más que en encontrar una solución. Pero la coincidencia del juicio por el 1-O, que sentará en el banquillo a 18 líderes del 'procés', con las elecciones municipales será a su entender un «foco de inestabilidad» que dificultará esa salida.

Torra recurre con insistencia al juicio como el momento de volver a lanzar el desafío. «Hablar de lo que hará cuando se produzca la sentencia es una forma de dilatar las decisiones y de justificar el no hacer nada ahora», afirma Alsina. «Por desgracia -añade- la represión contra el movimiento secesionista ha conseguido su objetivo: ha parado el proceso, ha noqueado a los partidos y ha destrozado cualquier estrategia a corto o medio plazo», remata.

Así, en el campo soberanista, un año después de la DUI, se habla más de presos que de independencia. Se apela más al «mandato» del 1-O y del 3-O que al del 27-O. «La solidaridad con los presos es a día de hoy la única argamasa que mantiene con fuerza al movimiento independentista», señala Coscubiela. A su entender, ha sido un «error brutal» que la política haya perdido el control del conflicto para dejarlo en manos de la justicia. «El Supremo, intentando salvar al Estado, pueden cargarse la credibilidad de la justicia y contribuir a fracturar la sociedad catalana», concluye.

Una DUI simbólica que se quedó en el limbo

La declaración de independencia del 27-O fue todo menos normal. La leyó la presidenta de la Cámara catalana y no el presidente de la Generalitat. Además, lo que todos coincidían en que era un hito histórico del independentismo no llegó a figurar en ningún documento, ni en el Diario Oficial de la Generalitat ni en el Boletín del Parlament. A efectos legales, la declaración de independencia no existió.

¿Sirvió de algo? Unos creían que suponía avanzar y otros que era una salida a la desesperada ante la falta de respuesta de una negociación con el Estado, apunta Vidal Aragonès, de la CUP. La visión que tiene Joan Coscubiela, que aquella tarde asistía como diputado en la Cámara, es mucho más crítica. Esquerra y el PDeCAT «no quisieron decir la verdad» a la gente sobre el fracaso del proceso y en su pugna por la hegemonía del soberanismo «se dejaron llevar hacia el abismo», afirma. Oriol Soler, uno de los ideólogos en la sombra del 'procés', ha afirmado esta semana que la DUI valió la pena para que Madrid vea que «vamos en serio». Y que si no se hizo efectiva la república fue para evitar un baño de sangre.

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