FINAL BOCHORNOSO ANTE UN FUTURO BRILLANTE

Hace unos meses, apenas unos meses, Cristina Cifuentes presidía en olor de popularidad la Comunidad de Madrid y usufructuaba la condición de promesa política del Partido Popular

Cristina Cifuentes./EFE
Cristina Cifuentes. / EFE
DIEGO CARCEDO

Hace unos meses, apenas unos meses, Cristina Cifuentes presidía en olor de popularidad la Comunidad de Madrid y usufructuaba la condición de promesa política del Partido Popular. Exhibía don de gentes, dinamismo y una imagen moderna, la imagen que necesita la derecha española para quitarse lastre y ponerse al día en ideas, modos y formas más a tono con los tiempos. Es mujer algo que en las actuales circunstancias añade valor al liderazgo. Todo a favor…

Pero la vida es como es y en política aún más complicada e imprevisible. Si todos tenemos algún esqueleto en el armario, resulta que Cristina Cifuentes escondía dos: Uno el de su master obtenido con trampa que tan indebidamente adornaba su currículum, y otro más demoledor aún, de esos que siempre se intenta llevar a la tumba, que la revelaba pillada en un hurto en el supermercado. Conociéndola, cuesta creerlo, pero las nuevas tecnologías son implacables.

Cuando hace unas semanas la suerte le volvió la espalda y todo empezó a ponérsele mal, resistió con bravura. El que resiste gana debió repetirse noche tras noche sobre la almohada. Y en la resistencia se fue llevando por delante a profesores, colaboradores, la imagen de su partido y hasta una Universidad. El escándalo salpicaba al presidente del Gobierno pero Rajoy, impasible el ademán, miró a otro lado.

Pero cuando las cosas se tuercen y cuando empiezan a abrirse grietas en la memoria del pasado, nunca se sabe lo que puede ocurrir. A Cristina Cifuentes toda su bravura, la promesa firme del «no me marcho, me quedo» frente al clamor popular, se la derrumbó ante la evidencia de un vídeo que la perpetuaba sorprendida robando. Así de simple. Así de inimaginable. Así de incomprensible.

Así de duro para su imagen y para su futuro. Todo, absolutamente todo, por no dimitir a tiempo. A ver si otros políticos escarmientan. Dimitir a tiempo, sí. Cristina Cifuentes tuvo un mes para hacerlo. En caliente hubiese frenado las investigaciones, y hoy ya nadie se acordaría de ella; la condición de ex triunfa en la sombra y se perpetúa en el olvido. Pero se quedó, se expuso, se traicionó a sí misma.

Sale del despacho de la Puerta del Sol con la cabeza gacha, el orgullo sentenciado, la carrera frustrada, el recuerdo embarrado y la estela de su pasado por la política expuesta aún a nuevas batallas con los compañeros de partido, metidos hasta las cejas, que la consideran traidora ahora con renovados argumentos para vengarse de sus iniciativas justicieras. Un final brutal de un futuro brillante y, sobre todo, bochornoso.

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