Haga el favor de grabar el juicio, por favor

Jordi Turull ante los miembros del Tribunal Supremo durante su declaración en el juicio del 'procés'./EFE
Jordi Turull ante los miembros del Tribunal Supremo durante su declaración en el juicio del 'procés'. / EFE

El juez Marchena impone la máxima cortesía en la sala mientras el público ríe con las ocurrencias de Turull y escucha adormecido a Romeva

Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Cada vez que el juez Marchena interviene en el interrogatorio, ya sea para acotar las preguntas del fiscal o para encausar las respuestas del acusado, coloca su mano izquierda bajo el mentón, una vez que apaga el micrófono. Un gesto de hastío que coincide con las repeticiones retóricas o los alegatos políticos. Y cada vez que Marchena habla usa un tono pausado y la máxima cortesía. «Estoy seguro que tiene amplios conocimientos de derecho. No haga una apreciación injusta», le dice a Turull, cuando éste indica que «nunca he tenido la tentación de considerarme un alumno aventajado». Al mismo tiempo le exhorta: «haga un esfuerzo por no valorar en términos jurídicos la querella». En el público se encuentra su esposa Blanca Bragulat y sus hijas adolescentes, Marta y Laura, vestidas de riguroso negro. Le hacen señas al entrar, que él contesta. No las verá al despedirse, una vez que termine su interrogatorio, cuando ellas salgan apresuradas antes de que inicie el de Romeva.

Turull elige hablar en español pero los murmullos de la sala se componen en catalán, no solo entre los acusados, todos ellos y ellas con los zapatos correctamente lustrados. También entre la veintena de familiares y algunas autoridades del PdCat, efusivos con algunos acusados en los saludos a distancia y algo fríos con Junqueras, arrimado en un lateral de la sala, al lado de un plasma y detrás de su letrado. Entre los asistentes, Elsa Artadi. Madrugadora, a las 9:30 ya daba un pequeño mitin a las cámaras de televisión y a un público compuesto por Tarrá, Rufián y diez más, en la plaza de las Salesas. La comitiva de apoyo a Turull se levantó a las 4:30 para abordar un avión, según comentaba un sudoroso integrante antes de entrar en la sala. Se quedan hasta mañana en la noche.

Ya en la audiencia, la risueña Artadi se sentó en primera fila, en línea recta con los acusados, como una más de la causa, a pesar del pasillo fronterizo. Desenvainó un boli amarillo-independencia y observó la pintura del techo. Un óleo de 1924, firmado por Santamaría, en el que una mujer de peto orleado y una espada, que más parece cinturón de castidad, sujeta dos caballos alebrestados, y mira cenital a los reos.

Olvidando el metafórico dibujo del techo, que ha cautivado a un periodista que pasa el tiempo replicándolo en sus hojas, Artadi es de las que ríe las ocurrencias de Turull, como cuando dice que es socio de Omnium como lo es de Oxfam y enumera otra media decena de ONG, o cuando afirma que escribió una frase triunfal a propósito de la manifestación del 20 de septiembre porque «no me imagino un tuit diciendo Votaremos y perderemos». Poca gracia le hace a la líder sin embargo las referencias a que «había mucha literatura» en los decretos y acuerdos pro independencia o la mención a los dos vehículos destrozados esa noche. Cuando el fiscal señala aquella noche, ella mueve la cabeza en señal negativa.

En la tarde, cuando Artadi ha desistido a seguir de cerca el final del interrogatorio de Turull y el pendiente de Romeva, Marchena escucha atentamente, sin siquiera un parpadeo largo y mucho menos una interrupción, la larga disertación de Romeva, que sólo contesta a las preguntas de su abogado, tan generales que le dan pie a hablar de su currículo en un soliloquio narcisista de casi dos horas. Sapientes frases exactas como eslóganes que no exaltan al adormecido público más que el teléfono que repica a las 17.30. Un rato después empieza el goteo de gente, que escapa silenciosa.

La sala a nada huele. Ni a humedad ni a sudor ni a rancio ni a madera ni a desinfectante. Como si limpiaran el suelo solo con agua mineral. Si el techo es alegoría de un ideal de justicia, el inodoro ambiente lo es del proceso presidido por Marchena. Si los defensores aguardan a los tribunales europeos, el juez construye su sentencia también sobre pequeñas acciones revestidas de un simbolismo que quiere hacer que su resolución sea irrefutable, lo más cercano a la imparcialidad. El juez apenas alza las cejas cuando Romeva le suplica directamente dejar la causa.

Como si este juicio fuera también un proceso abierto contra él, lo llena de distancias y cesiones, mediante otros tres gestos típicos que los observadores como Turull empiezan a saber interpretar. Uno, cuando escucha, Marchena se recuesta y mece la barba. Otro, cuando alguien invoca un asunto clave, se yergue y escribe en su tablet. Y tres, cuando se inquieta, se incorpora y pone el dedo sobre el botón del micro. El juez nunca lo aprieta de inmediato. Parece contar hasta veinte. A veces hasta cien. En no pocas ocasiones sus únicas palabras fueron: «Acérquese al micrófono. Le recuerdo, señor Turull, que es muy importante que sus respuestas queden debidamente grabadas». No será por las formas.

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