Prisiones defiende la utilidad de los permisos de salida pese a los últimos quebrantamientos

Prisión de Brieva. /Raúl Sanchidrián (Efe)
Prisión de Brieva. / Raúl Sanchidrián (Efe)

Rechaza la alarma social porque se cumplen el 99,63% y cree que a los presos más reinsertados les cuesta más volver a la cárcel

Mateo Balín
MATEO BALÍNMadrid

Fernando Iglesias Espiño disfrutaba de su permiso número 81 desde que fue excarcelado por vez primera en 2007. Pero el pasado 13 de agosto, lunes, no regresó al centro penitenciario de Pereiro de Aguiar, en Orense. Este hombre de 63 años y natural de Silleda (Pontevedra) se encuentra en el tercer grado carcelario -régimen de semilibertad- tras cumplir 22 de los 25 años de condena efectiva, y su incumplimiento del permiso sorprendió a los funcionarios del penal, donde es considerado un recluso modélico.

Ha pasado casi un mes y medio desde el quebrantamiento de la condena y la orden de busca y captura en todo el territorio nacional y Portugal sigue vigente. Condenado a 54 años de prisión por los asesinatos de su mujer y sus dos hijos, de 12 y 18 años, en Las Palmas de Gran Canaria en 1996, Iglesias Espiño es para los educadores de Pereiro de Aguiar una persona en vías de la reinserción social. Arrepentido y consciente de sus crímenes, con una hoja de comportamiento satisfactoria y sin peligrosidad para la ciudadanía.

Por este motivo, los agentes que le buscan mantienen abierta la hipótesis de que se trata de una desaparición no voluntaria. De hecho, el dispositivo se activó contactando con el 061 para saber había sido ingresado en algún centro médico por un posible percance sanitario. Pero de momento no ha dado resultados y no se descarta que haya ocurrido alguna fatalidad.

Un perfil similar al del reo pontevedrés, con la diferencia de que éste sí fue detenido tras no regresar al penal de El Dueso (Cantabria) el 21 de julio, es el de Guillermo Fernández Bueno. A un año escaso de poder acceder al tercer grado tras llevar 17 años entre rejas -condenado por un asesinato y una violación cometidos en Vitoria- , este hombre de 41 años disfrutaba de su enésimo permiso de salida desde 2016 -éste era de siete días- y no regresó. Fue arrestado diez días después en Senegal, donde entró con un pasaporte falso junto a su pareja, Elena Ruiz, una educadora social a la que conoció como voluntaria en la antigua cárcel de Santander.

«Valor de rehabilitación»

Ambos casos, unido al de Santiago Izquierdo Trancho en León, ya detenido; generaron cierta alarma social el pasado verano debido a su historial delictivo y la proximidad del quebrantamiento de la condena (delito castigado con entre seis meses y un año de prisión a los reclusos).

Sin embargo, desde Instituciones Penitenciarias descartaron que estos casos pongan en duda el sistema de permisos, ya que el incumplimiento de los mismos apenas supone un 0,37% de los 120.000 autorizados de media cada año, sin contar los concedidos durante los fines de semana. Es decir, en el 99,63% de los casos sí se cumplen.

«Las estadísticas son absolutamente favorables. El fracaso es ínfimo. No están cuestionados los permisos, que son uno de nuestros mayores valores como instrumento de rehabilitación», explica a este periódico Rosa Rodríguez, asesora técnica de Instituciones Penitenciarias.

Rodríguez defiende que nuestra ley penitenciaria se asemeja a los países nórdicos o a Suiza, que tienen sistemas más abiertos pero donde las tasas de incumplimiento son más altas. En cambio, en Francia o en Inglaterra las cifras son más bajas que en España por un simple motivo: sus normas penitenciarias son más cerradas y no apuestan tanto por la reinserción.

En España, además, recuerda que los permisos de hasta 36 días al año están supeditados a un informe preceptivo individualizado que pasa por la junta de tratamiento y valida el juez de vigilancia penitenciaria. Por lo que lo que existen filtros previos y los permisos no se conceden a internos preventivos o con clasificación en primer grado.

Con respecto al porcentaje de reclusos que no regresan, señala un cúmulo de factores. «Son presos que después de muchos años en la cárcel comienza a encontrar su sitio cuando salen. Ayuda el entorno sociofamiliar y cada vez les cuesta más regresar a prisión. Se les hace un mundo», señala Rodríguez, para quien estas situaciones son un síntoma, valga la paradoja, de que el trabajo de reinserción funciona.

 

Fotos

Vídeos