Restablecer datos

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Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Septiembre no es más que un cúmulo de días colocado en el calendario de una manera concreta, pero el calor en retirada y un síndrome posvacacional incipiente hacen de él un mes ideal para la depuración reflexiva que exigen los comienzos. Después de que el trabajo se comiese todo mi verano -no ha dejado ni las espinas-, los buenos propósitos no se han hecho esperar: cual Marie Kondo digital, he dedicado dos tardes enteras a limpiar la memoria de mi teléfono móvil y a ordenar la maraña de documentos que llevaba más de dos años tejiéndose entre sus neuronas de silicio.

Esas horas solitarias de orden y vaciado, extrañas por su condición fronteriza entre la impaciencia y la despedida, son como una mudanza: agobian y liberan por igual. Encuentro en mi periplo tres o cuatro tesoros: una foto de Gala examinando mi libro como si fuese un ovni, un retrato de mi madre en Budapest que me hace recordar un poema precioso de Andrés Barba, una imagen de mi abuelo soplando las velas de su octogésimo quinto cumpleaños. Lo demás, morralla. Ante mis ojos desfilan todos los trastos que vendimos estos años en Wallapop, una copia borrosa de mi DNI sobre una mesa de madera, casi un centenar de selfis pochos y miles de libros.

Ajustes, copia de seguridad, restablecer datos de fábrica. Me prometo que no volveré a acumular tantas tonterías en el móvil, que a partir de hoy eliminaré todos los vídeos de gatos con una celeridad exquisita y guardaré como oro en paño los recuerdos valiosos en un pendrive lleno de carpetas. No se molesten, que yo misma me desmonto la mentira: los recuerdos de mi teléfono, como los míos, como los de cualquiera, son caóticos por naturaleza y no saben de jerarquías. La memoria sólo porta sentido por puro big data: porque nos enfrenta con la verdadera vida, que es un soplo de aire frío y media docena de churros.