Polvo eres, diamante serás

Piedras brutas resultantes. /Efe
Piedras brutas resultantes. / Efe

Por 4.000 euros, la empresa suiza Algordanza convierte medio kilo de cenizas de un difunto en una preciosa gema

JUAN CARLOS BARRENABerlín (Alemania)

La cultura funeraria está cambiando y cada vez más gente acude a métodos alternativos para dar un destino final digno y cariñoso a los restos de sus seres queridos. Los entierros tradicionales retroceden cada vez más a favor de la cremación. Las cenizas de los fallecidos son enterradas o dispersadas en algún lugar predilecto del difunto. En el mar, en una pradera o incluso el césped del campo de fútbol de su equipo favorito.

Existe, sin embargo, una opción más íntima y personal. Transformar las cenizas en un diamante y convertir así al finado ser querido en compañía inseparable y llevarlo colgado del cuello o engarzado en una sortija. Un procedimiento inventado por la firma suiza Algordanza, que tiene en Alemania a la gran mayoría de sus clientes. A partir de 4.000 euros, IVA incluido, transforma los restos incinerados del ser amado en una joya, dando nuevo sentido a la conocida frase de «un diamante es para siempre». El viejo lema publicitario de la compañía minera sudafricana De Beers, creado a finales de los años 40 del siglo pasado para fomentar el regalo de la piedra más preciosa de la joyería, adquiere así un nuevo sentido.

La empresa con sede en el cantón de Graubünden recibe todos los meses las cenizas de unos 35 alemanes directamente de los crematorios germanos, instruidos de antemano para que las incineraciones se lleven a cabo a no más de 800 grados centígrados. En una cremación normal se supera el millar de grados y se genera CO2. Sin embargo, un diamante se crea a partir del carbono puro y por eso es necesaria una incineración incompleta, de manera que los restos humanos se transformen en carbón amorfo antes de su procesamiento para convertirlos en diamante. La ceniza de un cadáver incinerado tiene un peso final de dos a dos kilos y medio. Para la creación de un diamante basta medio kilo de cenizas, explica Frank Ripka, gerente de Algordanza. Esos restos son tratados con maquinaria especial a presión extrema y altas temperaturas, en condiciones similares a las que se dan a grandes profundidades de la Tierra, donde los diamantes se producen de manera natural.

La elaboración de un diamante de laboratorio dura un mínimo de cinco semanas, dependiendo del tamaño. Cuanto más grande, más tiempo dura su producción. El diamante de mayor tamaño pesa un quilate y se necesitan de cuatro a seis meses desde que se encarga hasta su entrega. «Algordanza es una posibilidad única de reencontrarse con la belleza intacta de su ser más querido. Su precioso legado puede ser transformado en diamantes auténticos, creados sin manipulaciones de color ni otros añadidos», señala la página web de la empresa suiza. Los diamantes fabricados a partir de cenizas humanas tienen las mismas propiedades físicas y químicas que un diamante natural. Y al igual que este, la piedra bruta necesita ser tallada para convertirse en un brillante con el que adornar una joya. Eso sí, Algordanza no puede garantizar la tonalidad final, que puede ser blanca o azulada, dependiendo del grado de boro que el fallecido acumulara en su cuerpo.

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