Cada 26 horas se produce un delito sexual cometido por un menor

Los agresores de menos de 18 años, en el 99% de las ocasiones varones, son ya uno de cada diez delincuentes sexuales españoles

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Eran vecinos de una urbanización de Valladolid. Ella tenía 15 años y él, 17. Desde hacía meses, él, jugador de rugby y estudiante de Bachillerato, le pedía salir, quería que fuera su pareja. Ella le respondía con lo típico: te quiero como amigo. Se llevaban bien. «La relación era buena, igual que entre las familias de ambos», dice la sentencia para descartar que pudiera existir alguna razón por la que invalidar la credibilidad de la chica. Al día siguiente, durante las fiestas de Simancas, donde vivían ambos, bebieron licor. Una mezcla de vino tinto, licor de mora y coca cola.

A medianoche, ella había ingerido «entre cinco y diez vasos» de la mezcla. Estaba borracha, «casi inconsciente», dirá ella. «Había bebido, tenía la voz un poco mal pero sin trabarse», se defenderá él. Una hora después, se alejaron hacia unos montículos de la urbanización. Ella no recordará cómo llegó hasta allí, ni si la ropa se la bajó ella misma o él. Hubo «penetración vaginal» aunque ella no participó ni colaboró. A los pocos minutos, según la ponencia, ella articuló un par de palabras: «Para, para», y él le hizo caso. Ambos se vistieron y se alejaron del lugar. «Me han 'dejao' sola, estoy 'toa' tajada», dirá ella en un mensaje telefónico una hora más tarde, con voz pastosa y poca coordinación.

Sin testigos

En el juicio, ella aseguró que la relación no era consentida, algo que él ya sabía. Sólo que en ese momento «no era capaz de decir que no quería». Al día siguiente, «ya con sol», él le pidió perdón e insistió en que se consideraran pareja. Ella lo rechazó. A sus amigos les dijo: «Me ha violado», e interpuso una denuncia.

En el momento de las pruebas periciales presentó erosiones, escoriaciones, hematomas en las extremidades y en el rodete himenal «de origen traumático». En el juicio se dirimió su credibilidad y el grado de embriaguez. «No suele haber testigos», explica Irene Montiel, criminóloga y profesora de Derecho en la Universidad Abierta de Cataluña (UOC). «La niña violada tiene que tener muy claro lo que tiene que hacer y eso no lo enseñan en el colegio. Por ejemplo, no se puede duchar para que no desaparezcan las pruebas biológicas, pero lo normal es hacerlo apenas llegas a casa». Una vez que se descartó el empleo de la violencia se enjuició al chico por «abuso sexual».

MENORES AGRESORES

332
delitos sexuales cometidos por menores fueron condenados por tribunales españoles en 2017.
99,6%
de los agresores menores fueron hombres, según el Registro Central de Delincuentes Sexuales.
30%
de los delitos sexuales cometidos por menores tuvieron como víctimas a otros menores de edad.

En 2017 se condenaron 107 casos de abuso sexual cometidos por un menor de edad, según el Registro Central de Delincuentes Sexuales, del total de 332 delitos de esta naturaleza cometidos por 269 menores, casi todos varones (99,6%). Frente a los 2.280 adultos condenados por las mismas causas, los que tienen menos de 18 años representan el 10,4% de los delincuentes sexuales españoles. Los menores, según estos datos, suelen elegir víctimas también de corta edad en un 30% de los delitos (79 casos).

El jugador de rugby fue condenado casi un año después por abuso sexual por la Audiencia Provincial de Valladolid a 16 fines de semana de permanencia en un centro de menores y a un año de «tareas socioeducativas». «La prolongación en el tiempo de estos procesos resultan una tortura para la persona agredida», afirma Montiel. «Cuando el agresor es un menor se intenta la resocialización y reeducación. Pueden carecer de habilidades sociales que los llevan a no entender el 'no', o desconocen cómo expresar su propio deseo, o no poseen autocontrol ni empatía. Pero tienen más posibilidad de reinserción que un adulto», añade.

Agresión sin matiz

Del total de crímenes contra la libertad e indemnidad sexuales, 103 fueron considerados «agresiones», de las que cinco entraron en la categoría de «violación». La distinción entre abuso y agresión se debe al uso o no de la fuerza o la intimidación.

A diferencia del caso anterior, el agresor de otra estudiante de 15 años, atacada cuando salía a la calle durante el recreo de su colegio, sí utilizó la fuerza y las amenazas. Aunque no hubo penetración, sí cruzó la raya imaginaria de las leyes: la aferró por la mano y empujó contra un portal en Pamplona. Después la amenazó de muerte.

-Te dejaré en paz cuando yo quiera, puta de chango -la sometió y empezó a «realizarle tocamientos». Ella trató de zafarse y él la sujetó del cuello-. Como cuentes algo, te mato.

Al día siguiente, cuando ella caminaba a la parada del autobús, él volvió a agredirla. La inmovilizó por el cuello y le manoseó el pecho y la zona genital, con tal fuerza que le rompió el pantalón.

-Como se te ocurra contar algo y me jodas voy a ir a por ti y te voy a matar -le golpeó el estómago.

Ella acudió a la policía. «Ahora las chicas están más concienciadas y les cuesta menos denunciar», resume Montiel. Después de un largo proceso, al agresor se le condenó a 20 meses de libertad vigilada con un programa de formación «afectivo-sexual». Ella padece, según la sentencia, «ansiedad fóbica, nerviosismo, temor, problemas para dormir y sentimientos de culpabilidad».

Otras conductas inapropiadas condenadas por los tribunales el año pasado fueron el «acoso sexual» (10 sentencias), el «exhibicionismo y provocación sexual» (14 casos) y la prostitución y corrupción de otros menores (19 condenas).

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