Historia de un abuso sexual por ordenador

Historia de un abuso sexual por ordenador
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El Tribunal Supremo ratifica los 22 años de prisión por un caso de «sextorsión» a cinco mujeres

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Ella no había cumplido aún los 18 años cuando recibió un aviso por una mensajería instantánea muy popular. Alguien, que se hacía llamar Angeloti, quería contactarla. Ella lo añadió a su red de Messenger, intercambiaron palabras, él le envió un enlace y ella pinchó. Acababa de empezar un tormento de extorsión y abuso sexual que duraría cuatro años.

Sin saberlo, ella había abierto su ordenador a un virus informático, con el que Angeloti accedió a su información personal, incluyendo imágenes de desnudos y «conductas de contenido sexual», según el Tribunal Supremo.

La sentencia del alto tribunal, que da por buena la de primera instancia, confirma los 22 años de prisión para el hombre que había desarrollado un método efectivo para lograr rendir la voluntad de cinco mujeres, por medio del chantaje. Cuatro de ellas eran extorsionadas de forma simultánea cuando fue capturado.

La primera víctima conocida nació en 1987 y comenzó a ser coaccionada en agosto de 2005, siempre a través del chat y la cámara del ordenador. «Accedí a todo», dijo en el juicio, ante el temor de que el acusado publicara en redes sociales aquellas fotografías y vídeos. Para que ella, todavía incrédula, cediera, Angeloti le enseñó parte del contenido. Mostraba así su «posición de poder», según los hechos probados por la Audiencia Provincial de Valencia, que juzgó el caso en 2017. Desde entonces, «casi a diario», ella «se desnudaba, se masturbaba, se introducía dedos y objetos por la vagina y simulaba hacerlo por vía anal». Una de sus amigas declaró como testigo que a veces estaban en un pub y ella se tenía que ir para contactar con él. A mediados de 2007, ella decidió «cortar la relación». Poco después, le llegó un correo del administrador de una red social. Habían retirado contenido suyo por considerarlo inapropiado. Él se había vengado.

Sin que aparezca en la sentencia del Supremo explicación alguna, la primera víctima retomó el contacto con Angeloti en abril de 2009. Entonces él se comportó de forma más «agresiva». Le mostró en un portal de sexo un vídeo de ella misma masturbándose. Lo había grabado y subido. Le propuso mantener relaciones sexuales con él y con un conocido a quien quería extorsionar también. Meses después del segundo contacto, ella confesó a su pareja lo que sucedía y él la conminó a denunciar. A mediados de diciembre se activó la operación del Grupo de Delitos Tecnológicos. Con orden judicial y la colaboración de Microsoft, rastrearon el correo del 'hacker'. Dieron con su conexión, teléfono e historial de internet, a pesar de que utilizaba un programa para robar la señal de wifi a sus vecinos, para así ocultar su ubicación e identidad.

Silenciadas por miedo

Después de las pesquisas, en agosto de 2011, el juzgado autorizó el clonado del ordenador de Angeloti. La policía no encontró ningún archivo de la primera víctima en el disco duro, pero sí material similar de otras mujeres, acosadas todas en el mismo periodo, entre septiembre y diciembre de 2010. Dos tenían 18 años, una 20 y otra 35. Fueron citadas por orden judicial. Las cuatro denunciaron entonces, algo que habían evitado por temor.

No se conocían entre ellas, pero sus historias eran similares, lo que ratificaba, a juicio del Supremo, la acusación inicial y el método delictivo. «Envía un correo electrónico a su víctima con un enlace atractivo para ella y al pinchar se descarga el 'malware' en su ordenador. El criminal tiene acceso a sus contenidos y puede descargarse archivos, imágenes y vídeos, que constituye luego la extorsión». Al ser digital, el Supremo lo define como «sextorsión». Por primera vez el alto tribunal utiliza esa palabra en sus ponencias.

Con algunas variaciones, las víctimas coincidieron en que el acusado había accedido sin autorización a sus ordenadores, les había copiado fotos y vídeos de contenido erótico, las había chantajeado con enviarles aquello a sus padres, familiares y amigos, y les proponía interactuar con otras personas e incluso con un perro. La de 35 años lo bloqueó al recibir una propuesta de disfrazarse de colegiala, pero la de 20 amenazaba con suicidarse cuando fue contactada por la Guardia Civil.

De las chicas más jóvenes, una intentó formatear el ordenador y la otra llegó a conocerle en persona. En sus declaraciones dijo que había sido manipulada, amenazada; que acababa de cumplir 18 años; que él había demostrado conocer dónde vivía y con quién; y que «todo terminó cuando comprendió que había accedido a cosas que no tenía que haber admitido», dice la sentencia.

Contra la primera condena de la Sala Provincial de Valencia, el acusado interpuso un recurso de casación ante el Supremo. Argumentó que era fotógrafo especializado en porfolios eróticos, que las denunciantes le habían enviado el material por propia voluntad y que los archivos de la primera víctima no estaban en su ordenador, mientras que los de las otras cuatro no venían en la denuncia inicial.

El Tribunal Supremo desestimó sus alegatos y ratificó la pena por varios delitos de abuso sexual, contra la intimidad y de amenazas. La historia de coacción que logró la «voluntad viciada» de la víctima para atentar «contra su derecho de autodeterminación sexual» había terminado por fin.

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