Las jóvenes, más juzgadas ante el consumo de drogas que ellos

Varias jóvenes, de botellón./Avelino Gómez
Varias jóvenes, de botellón. / Avelino Gómez

Una investigación concluye que los estereotipos de género se perpetúan también en este ámbito | Para ellos cualquier imagen de consumo puede resultar favorecedora, para ellas el consumo implica un deterioro de lo que se espera de una mujer

Iker Cortés
IKER CORTÉSMadrid

Los datos apenas han cambiado. Desde que se realiza el estudio que analiza el consumo de drogas entre los más jóvenes, hace ya más de tres décadas, los resultados han sido siempre los mismos: las mujeres de entre 16 y 24 años consumen más drogas legales -tabaco, alcohol e hipnosedantes- que los hombres, cuyo consumo, en el caso de sustancias ilegales -cannabis, cocaína, éxtasis, entre otras- es mayor que el de las mujeres. Y, sin embargo, hay otra realidad que también ha permanecido inalterable en todo este tiempo tanto ellos como ellas entienden que el consumo de drogas es un ámbito que no corresponde a las mujeres porque, dicen, «es típicamente masculino». Por eso, cuando ellas consumen se exponen a un juicio social mucho más severo que afecta al conjunto de su identidad y deteriora su imagen, con calificaciones que las tildan de «mujer descontrolada», «poco femenina» o que «busca lo que no debe». Además ellas se enfrentan a un grado de culpabilización y responsabilización muy superior por su consumo, mientras que en ellos cualquier imagen de consumo puede resultar favorecedora e incluso reforzar su identidad de género.

Es el resultado que arroja una investigación elaborada por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de FAD en colaboración con el Plan Nacional sobre Drogas. «Hemos hecho un análisis cualitativo que nos ayude a leer esos datos estadísticos, a entender el por qué y el cómo de esa información», explica Anna Sanmartín Ortí, subdirectora del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de FAD. Para su elaboración han puesto en marcha grupos de discusión con una muestra de 50 chavales de entre 16 y 24 años y con una veintena de progenitores de jóvenes de entre 15 y 18 años.

La investigación parte de los datos estadísticos en cuanto al consumo, como por ejemplo el hecho de que ambos sexos se inicien prácticamente a la vez en el consumo de drogas -salvo en el caso de la heroína y los hipnosedantes, donde ellos empiezan antes- y del discurso compartido que tanto ellos como ellas tienen en torno al consumo de drogas. Los jóvenes de entre 16 y 24 años piensan que es «una parte indisoluble del ocio nocturno», donde estas sustancias están normalizadas y contribuyen a la amplificación de la diversión. Entienden que estas sustancias ayudan a desinhibirse, desfasar y facilitan los encuentros y las relaciones sexuales. Así, consideran que su consumo, especialmente el del alcohol y el cannabis, «no es preocupante si se circunscribe al ámbito festivo y no se convierte en una necesidad», explica Sanmartín.

A partir de ahí, el estudio encuentra diferencias significativas en la forma en la que los hombres y mujeres se relacionan con las drogas, pese a que cuantitativamente ambos grupos consumen de manera similar. Unas y otros perciben que el consumo de drogas es un ámbito «tipicamente masculino». «Las mujeres en el discurso ocupan un espacio que no les corresponde, se les cuestiona y se les valora como algo impostado, que se considera inadecuado», detalla Sanmartín. Y entre las justificaciones que esgrimen los grupos, «se les dice que consumen para imitar a los chicos», «por postureo», «porque las engañan» o «por complacer a un posible novio». En el caso de ellos, «el cuestionamiento es nulo».

Esta forma de ver las cosas, perpetua los estereotipos de género. De esta manera, se ve «normal» que los jóvenes que descontrolan «se comporten inadecuadamente», mientras que en el caso de las chicas, ese descontrol se considera «inadecuado». A ellas se les atribuye mayor madurez y personalidad y se espera «que no consuman o que lo hagan comedidamente», reflexiona Sanmartín. «De ellos, en cambio, se espera el desfase». Otro de los elementos que ha salido a la luz en esos grupos de discusión es que «ellas deben ser conscientes de que son más vulnerables y necesitan mayor protección, ya que aguantan menos y acaban peor». Este juicio, dice Sanmartín, «implica mayor vigilancia y un mayor autocontrol».

Ante la presión del grupo

El informe señala que tanto ellas como ellos creen que los chicos son más autónomos e independientes respecto a la presión del grupo. Así, «se considera adecuado que ellas mantengan esos consumos en entornos íntimos y la no exhibición». Ocurre lo contrario en el caso de ellos. De tal forma que para los jóvenes, «cualquier imagen de consumo puede resultar favorecedora e incluso reforzar su identidad de genero», mientras que en las chicas el consumo implica «un deterioro de lo que se espera de una mujer». Algo que se ha agudizado con la irrupción de las redes sociales y la exposición pública, de tal forma que «ella acaba sintiendo más vergüenza». Sanmartín pone un ejemplo acerca de esta forma de pensar: «Si una mujer consume es poco femenina o busca lo que no debe, si un chico consume y se descontrola es molesto o pesado, pero solo en esa situación».

En cuanto a los riesgos que perciben asociados al consumo de drogas, en ningún caso hablan de la sustancia en sí. Eso sí, en el caso de los varones creen está asociados a peleas o a robos, en el caso de las mujeres, a una agresión o un abuso sexual.

Cuenta la subdirectora del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de FAD que las diferencias del discurso de los jóvenes con el de los progenitores son mínimas y asegura que en el seno familiar «apenas se habla de drogas, como mucho del alcohol». En el caso de los jóvenes niegan su consumo cuando se les preguntan y en el caso de las jóvenes lo ocultan «porque el tema ni siquiera se pone sobre la mesa». A este respecto, se siguen perpetuando los estereotipos: la madre es la figura dialogante y comprensiva y el padre, la figura autoritaria que pone límites. El trato hacia los hijos y las hijas es muy distinto: despreocupación en torno a ellos con las salidas y mayor control hacia ellas.

La investigación, según avanzaba María Azucena Martí Palacios, delegada del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, «pone en evidencia las actitudes de jóvenes y padres» y «nos permite evaluar qué hacemos bien y qué no», así como «organizar y estructurar programas que den respuesta a esta situación». En este sentido, la directora de la Federación de Ayuda contra la Drogadicción, Beatriz Martín Padura, también señalaba que los programas de prevención «deben implementar una perspectiva de género».

Algo en lo que hace hincapié Sanmartín: «Queda mucho por hacer, pero estos estereotipos pesan como una losa». ¿Y a qué se debe que ellas consuman más drogas legales y se sigan perpetuando estos estereotipos« »Nosotros pensamos que tiene mucho que ver con la invisibilización femenina. Cuando se dan datos, todo se homogeiniza, y se tiende a pensar en un modelo masculino». En su opinión, esos trabajos pasarían por realizar intervenciones separadas en los colegios, con chicos y con chicas, y con dinámicas distintas, y luego juntar a toda la clase.