Madre e hija hacen camino al andar

Gemma Gimeno y Ginebra Peña durante su caminata por Oriente./Ginebra Peña
Gemma Gimeno y Ginebra Peña durante su caminata por Oriente. / Ginebra Peña

Dos españolas recorren a pie la distancia entre Estambul y El Cairo para conocer a las mujeres del otro lado del Mediterráneo

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

En este mismo momento, dos españolas caminan uno de los tramos de su viaje de 2.500 km, desde Estambul a El Cairo, siempre a pie. La madre se llama Gemma Gimeno, vive en Cataluña y es historiadora; la hija es Ginebra Peña, fotógrafa y cooperante que vive en Iquitos. Madre e hija. Seis meses de nomadismo, con la intención de conocer y documentar a las mujeres del «otro extremo del Mediterráneo». Una especie de camino de Santiago laico, que planearon durante un año antes de la partida. Salieron en junio desde España y van por la mitad. «Hemos cruzado toda Turquía, de Estambul a Adana pasando por la Capadocia, hemos saltado al Líbano ya que no hemos conseguido obtener los visados para Siria, de ahí a Jordania en avión y ahora nos encontramos en Jerusalén», responde Ginebra desde alguna aldea sin apenas conexión. «El plan inicial era que no había plan más allá del punto de salida y el de llegada. Intentamos respetar al máximo el paso más natural posible para unir ambas ciudades».

La rutina del andar, paso a paso, haciendo camino, empieza con el desayuno. «El ritmo lo marca el sol y nuestras fuerzas, cuando dormimos en hoteles aprovechamos para descargar fotos y trabajar, y cuando estamos en casa de alguien, reservamos la poca energía que nos queda para absorber tanto como podemos». El día termina cuando eligen dónde dormir, algo que nunca saben en la víspera.

«Hemos aprendido a pedir ayuda y a compartir nuestra historia con los desconocidos, a apelar a esta hospitalidad tan necesaria cuando no tenemos en unos cuantos kilómetros a la redonda ningún sitio donde caer muertas», afirma Ginebra. «A veces de repente nos da por mirar atrás, en algún momento en que el sol aprieta demasiado y nos refugiamos bajo alguna sombra de un árbol flacucho y nos damos cuenta que con estos mismos pasos que nos están costando tanto en ese momento hemos cruzado los polígonos industriales de la salida de Estambul, las zonas semi desérticas de la Anatolia central, los bosques y los valles del Líbano, la costa del sur».

En cada jornada, se encargan de documentar la cotidianidad de las gentes que encuentran. Han conocido a una boxeadora turca de 'kickboxing' que entrenaba a niñas y adolescentes, a una octogenaria vivía sola en el desierto con doce camellos, a una joven que huyó de casa para no tener que casarse, activistas que susurran por miedo a represalias. «Quisimos aprovechar el beneficio que supone ser dos mujeres a la hora de entrar en el mundo de las mujeres, en unas sociedades donde los roles y los espacios públicos están menos compartidos que en Occidente, para intentar acercarnos y contar lo que viviésemos», mantiene Ginebra. «Personas que a nuestro paso advertían a sus hijas para que nos observaran bien, o incluso les animaban a que hablaran con nosotras, mientras otras apretaban el paso. Caminar nos ha hecho amar los paisajes, nos dejamos impregnar por ellos y los vivimos intensamente». Sin experiencia previa, madre e hija conquistan la tierra bajo sus zapatos. Dejan atrás Jerusalén, rumbo al norte. En noviembre, esperan cruzar a Egipto.

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