La generación que volvió a tomar las calles50 aniversario de mayo del 68
capítulo 1- recuerdos del 68

La generación que volvió a tomar las calles

Los jóvenes que crecieron marcados por la falta de libertades en la España de la dictadura, coetáneos de aquel mítico 'Mayo del 68', vuelven a protestar hoy, ahora como jubilados, para reclamar pensiones dignas. El espíritu contestatario de aquella generación no decae. En el 50 aniversario de las famosas revueltas estudiantiles, cinco españoles abren su álbum personal para contar su recuerdo más íntimo de la época

ROCÍO MENDOZA MadridTextosÓSCAR CHAMORRO MadridFotos y vídeoÁLEX SÁNCHEZ MadridDiseño e infografía

Cada generación queda marcada por el entorno social que le tocó vivir. Y la generación que creció en el mítico año del 68 sabía que la rebeldía y la indignación activa eran las únicas formas de cambiar un mundo que, en España, era muy pequeño. Tan pequeño como permitía la dictadura de Franco. Sin derechos laborales, sin libertad de asociación política ni de prensa ni, por supuesto, de manifestación. Aquellos jóvenes que entonces estrenaban los 20 años llevan en su ADN una forma, y no otra, de conquistar avances sociales: la protesta.

Pero en la España de la represión, sólo una élite organizada se atrevió a hacer lo propio. La gran mayoría de la sociedad fue silenciosa, pero no por ello menos anhelante. Pasados ahora 50 años de aquella época, justo en el aniversario de los míticos movimientos del conocido como 'Mayo del 68', la generación más contestataria ha vuelto a salir a la calle ya jubilada para defender un sistema de pensiones público y digno. No todos los que protestan ahora fueron activistas en el 68, pero todos los que sí lo vivieron están de vuelta en las calles. Ahora que se celebra medio siglo de las revueltas estudiantiles, como jubilados, tienen algo que celebrar. La presión ejercida ha alcanzado el objetivo: que el Gobierno suba las pensiones el IPC para que no pierdan poder adquisitivo.

Muchas personas miran con nostalgia aquellos años difíciles. Para retrotraer al lector a aquel escenario, cinco personas exponen los objetos personales que forman parte de su historia íntima y que conservan con mimo. A través de ellos, y en primera persona, relatan su recuerdo más vivo de aquel momento.

Jaime Pastor, un activista en la Universidad de Franco «Me expulsaron de la facultad de Políticas y dictaron orden de captura; no tuve más remedio que huir del país»

«En aquel año yo cursaba cuarto de Políticas hasta que me echaron. Guardo el expediente de expulsión firmado por el Ministerio de Educación y Ciencia. En él se me informaba de mi expulsión perpetua de los centros docentes de cualquier clase y grado del distrito universitario de Madrid. Eso me llegó el 15 de abril del 69, cuando ya había huido a Francia. Antes de ese momento, en la Universidad estábamos reivindicando un sindicato libre frente al oficial y en el otoño del 67 lo conseguimos: fui elegido delegado de Políticas por el Sindicato Democrático de Estudiantes. Era ilegal pero tenía un apoyo importante del estudiantado, por lo que los decanos se veían obligados a interlocutar con nosotros y teníamos representación en las juntas. Organizábamos asambleas y manifestaciones, actos con intelectuales y hasta, con nuestra multicopista, reproducíamos los panfletos de los comités de acción de París... Pero esto fue durante un periodo de tiempo corto, porque nos cerraban la facultad. En mi curso tuvimos hasta tres decanos porque se veían incapaces de frenar la dinámica de radicalización estudiantil y dimitían. El acto por el que me expulsaron y dictaron orden de búsqueda y captura en noviembre del 68 fue por protestar contra la prohibición de celebrar un homenaje al poeta León Felipe. Decidimos ocupar el Decanato de Derecho. Allí se cogió el retrato de Franco para romperlo luego en la calle, con el consiguiente escándalo. Yo no estaba en primer plano de la acción, pero sí presidí la asamblea que aprobó el acto. Y por ello me ordenaron detener. La diferencia con detenciones anteriores era que en el verano del 68 se aprobó el la Ley de Bandidaje y Terrorismo y estos actos iban al tribunal militar. Me arriesgaba a un consejo de guerra por aquello. Y eso eran palabras mayores. Es cierto que ya había sido detenido tres veces, pero a los representantes estudiantiles no se nos llevaba a la cárcel. Se nos detenía en casa (hasta donde nos seguían), estábamos máximo tres días en los calabozos y luego se nos abría un sumario en el Tribunal de Orden Público. Yo cambié de casa hasta en tres ocasiones después de que me expulsasen del Colegio Mayor y hasta llegué a vivir en una buhardilla de la Plaza Mayor con varios amigos. Pero nos descubrían en seguida. En octubre volví a Valencia a despedirme de mi madre porque me estaban buscando. Tenía 22 años entonces. No tuve más remedio que huir del país. Ella no era franquista, aunque tampoco compartía mis ideas. Aún así me entendió. Pasé la frontera con mi compañera (también tenía orden de detención) con el apoyo del Partido Socialista Unificado francés y una vez en París pedí el estatus de refugiado político. En el 73 regresé ilegalmente a España: me dejé bigote para disimular y me movía con documentación francesa. Estuve clandestino hasta septiembre del 76, en el que me acogía la segunda amnistía parcial. Ahora, mi generación está jubilada y es muy estimulante encontrarte con gente que demuestra no ser clase pasiva».

José Luis Villalta, la huelga o la vida en la fábrica Pegaso «En aquel año cerraron la fábrica tras una huelga de toda la plantilla; el régimen no podía permitir que aquello se contagiase»
José Luis Villalta guarda el carné de la fábrica Pegaso de Madrid, punta de lanza del movimiento obrero en España. Él, desde Comisiones Obreras, puso en riesgo su propia vida para movilizar a sus compañeros en huelgas prohibidas por la dictadura.
José Luis Villalta guarda el carné de la fábrica Pegaso de Madrid, punta de lanza del movimiento obrero en España. Él, desde Comisiones Obreras, puso en riesgo su propia vida para movilizar a sus compañeros en huelgas prohibidas por la dictadura.

«Guardo mi carné de la fábrica Pegaso, que entonces era estatal y se llamaba Empresa Nacional de Autocamiones, en la que fuimos punta de lanza del movimiento obrero en España. En el 68 éramos 7.000 trabajadores en la planta de Madrid y, por supuesto, no teníamos ni libertad sindical ni de nada. En las fábricas grandes las condiciones de seguridad eran malísimas y al principio nos movilizábamos por mejorar esto. Aprovechábamos la hora del almuerzo para hacer llamamientos a la gente de forma clandestina en el comedor. Después, cuando la jornada fue continuada, hacíamos las asambleas en la calle en la pausa de los 15 minutos del bocadillo. Recuerdo el movimiento del 68 como algo solo para iniciados, para los que estábamos movilizados política y sindicalmente. Los estudiantes intentaron trasladar a España lo que pasó en París. Vinieron a la fábrica para ver de qué forma podían dar charlas de lo que significaba aquel mayo. La gente no estaba implicada, pero les explicamos lo que pasaba en Francia y qué significaba las protestas por la falta de libertades. Eso, aquí en España, era pura dinamita. Si en Francia, la cuna de las libertades, se quejaban en su situación... Imagínate aquí. En mi fábrica, además, sucedió una cosa única: teníamos comités provietnam. A través de intelectuales antifranquistas teníamos documentos que aquí no se publicaban sobre lo que allí ocurría. Hacíamos colectas cada mes para enviar la ayuda a Vietnam. El lema era: 'para balas'. Las cantidades eran irrisorias, pero era una forma de concienciar a la gente. En el 68 cerraron la fábrica por una huelga de toda la plantilla con motivo de la negociación del convenio. Estaba terminantemente prohibida y, aunque ahora suene raro, el franquismo no podía permitir que una fábrica nacional parase. Aquello podía extenderse a otros lugares y las autoridades forzaban el cierre. El gobernador civil se presentaba, la Policía entraba, desalojaba, se cerraba durante varios días y después se enviaban cartas individuales a los trabajadores: unos eran admitidos a volver y otros despedidos. Los iban echando de 40 en 40. Cada vez que había un cierre por una huelga (hubo tres, en el 65, el 68 y el 70) despedían a esa cantidad. Con ello intentaban descabezar el movimiento obrero, pero nunca lo consiguieron. Los que estamos jubilados ahora vivimos aquella época y por eso están teniendo éxito las concentraciones de jubilados: la gente ha vuelto a recordar. En el 68 era complicado arrastrar a la gente a la movilización porque había mucho miedo a que te echasen del trabajo, entrases a formar parte de las famosas listas negras y ya no volvieses a colocarte en ningún sitio. Yo, por ejemplo, estuve fuera de la fábrica seis años, hasta el 76 que pude acogerme a la amnistía y regresar».

Pedro Grifol, un pintor bohemio en busca de libertad «Me multaron con 25 pesetas por besar a mi novia en el Retiro; poco después me hice hippie y me fui a recorrer el mundo»

Pedro Grifol, pintor y periodista, representa la sociedad que no estaba movilizada políticamente pero que sí anhelaba los aires de libertad que se promulgaban fuera de nuestras fronteras. También dejó el país, abrazó la vida hippy y recorrió medio mundo. Aún lo hace.
Pedro Grifol, pintor y periodista, representa la sociedad que no estaba movilizada políticamente pero que sí anhelaba los aires de libertad que se promulgaban fuera de nuestras fronteras. También dejó el país, abrazó la vida hippy y recorrió medio mundo. Aún lo hace.

«En el 68 estaba en Madrid, ciudad en la que vivía, aunque no había nacido allí, pintando desnudos del natural en el Círculo de Bellas Artes… Y disfrutando de mi 'primer amor' con mi chica libertaria de 15 años. Habían desaparecido de mi vista todas las demás chicas (incluidas las modelos), solo existía 'Ella'. Un día nos pusieron una multa ¡por besarnos! en el parque del Retiro. Creo que fueron 25 pesetas, que tuve que pagar. Aquel fue mi primer contacto con la policía de la represión franquista; y la frase «PROHIBIDO PROHIBIR» (de ese Mayo Francés) empezó a ocupar un lugar destacado en mi vocabulario. Pude pagar la multa porque tenía dinero, dinero que ganaba vendiendo mis dibujos los domingos en El Rastro, por lo que pagaba un impuesto (llamado MULTAS) de 10 pesetas. Siempre quise tener mi independencia económica… Era muy jovencito pero no era un nini. Los ninis de aquella época eran los pijos de familia acomodada. Los ninis de ahora pertenecen a todas las clases sociales. En aquel mismo año, mi 'primer amor' colapsó. Después de la crisis postenamoramiento (en la que, naturalmente, había estado 'ciego'), volví a ver… Me entraron ganas de viajar, de irme de España, de irme al extranjero (al 'mismo extranjero' (como decía una vecina del bloque); pero pasé todo el verano en Madrid. No me enamoré más (por lo menos en aquel verano), y comprendí que aquella frase (también de la época): «HAZ EL AMOR Y NO LA GUERRA» no era un anuncio, sino que podía ser una praxis de comportamiento saludable. Poco después me hice hippie y me marché a ver qué era LA VIDA (así con mayúsculas) al mismo extranjero. Libertad».

Juan Santiso, la prensa gráfica más contestataria «Mi obsesión era salvar aquellos negativos; seis mil estudiantes reunidos en un acto de protesta era algo único»

Juan Santiso, uno de los fotoperiodistas clave de la Transición recuerda su labor con la cámara que utilizaba en aquel año convulso.
Juan Santiso, uno de los fotoperiodistas clave de la Transición recuerda su labor con la cámara que utilizaba en aquel año convulso.

«Entre mis recuerdos más preciados tengo esta portada del Diario SP de aquel 18 de mayo de 1968. Yo trabajaba entonces en este periódico de corte falangista. Como estaban en contra de un sector del gobierno franquista, al director le gustaba sacar informaciones que escocían especialmente al régimen. Fue el único diario que sacó en portada las fotografías del mítico concierto que dio Raimon en la facultad de Políticas. El momento cumbre del movimiento estudiantil en España. Yo estuve allí y era el único fotógrafo en la sala. Antes no había tanta gente con cámara como ahora. Los estudiantes se movilizaban con el boca a boca y yo tenía contactos entre ellos, así que me llegó la noticia. Se reunieron más de 6.000 alumnos en un acto clandestino que no fue ni anunciado. Hice muchísimas fotos a la gente, a sus rostros. Estaban todos mirando a Raimon con cara de satisfacción... 'Al Vent' y 'Digen no' fueron los temas estrella de aquel recital. No sé cómo no entró la Policía con el ruido que había. Yo estaba en contacto con los organizadores y en un momento me dijeron que íbamos a salir porque la Policía había tomado todo el campus. Mi obsesión era salvar aquellos negativos: la cámara iba por un lado y los carretes por otro. La Policía no iba a permitir que hubiese testimonio gráfico de aquel acto único. Hicimos un plan para despistarlos y salir rápido de allí. Cuando salimos de la facultad vimos que estaba todo lleno de policías a caballo. Les tirábamos canicas a la carretera y los animales caían despatarrados. Eran nuestras armas de defensa. Cuando lograron sacarme de allí me fui corriendo a revelar y nacieron estas históricas fotos. A mí me llevaron detenido a los calabozos hasta 20 veces. Siempre por hacer fotos y a mí eso me daba mucha fuerza moral para protestar. La última vez conseguí ver al coronel de los calabozos para pedir que nos dejaran hacer nuestro trabajo. Ellos se quejaban de que retratábamos a los policías en las manifestaciones y luego los reconocían en su barrio. En realidad, las fotos daban muy mala imagen. Ahora ya no llevo cámara en las manifestaciones: retrato a todos mis compañeros jubilados con el móvil y sigo dando cuenta de las protestas en mi blog. Los tiempos han cambiado».

Antonio Mendoza, el desconcierto de los emigrantes en París «En mi vida había visto a tantos policías armados; en un instante, los adoquines llovieron sobre nuestras cabezas»

Antonio Mendoza representa a uno de los muchos emigrantes españoles instalados en París en aquella época en busca de una trabajo que España no ofrecía. Asistieron a las famosas manifestaciones del Mayo del 68 desde una perspectiva diferente.
Antonio Mendoza representa a uno de los muchos emigrantes españoles instalados en París en aquella época en busca de una trabajo que España no ofrecía. Asistieron a las famosas manifestaciones del Mayo del 68 desde una perspectiva diferente.

«Aquella mañana de mayo yo andaba como siempre leyendo el periódico por la calle de camino al almacén de madera donde trabajaba como carpintero. Aún guardo mi 'carte de sejour', el documento que nos permitía trabajar y circular libremente como emigrantes en París. Pasaba cerca de la zona de facultades cuando, en un momento, paré para cruzar una calle y al levantar la cabeza vi agolpados a un lado y a otro a la Policía y los estudiantes. En mi vida había visto a tantos agentes armados. En un instante, los adoquines comenzaron a sobrevolar nuestras cabezas. Los estudiantes levantaban el suelo de las calles del barrio, hechas de piedra, para lanzarlos contra las filas de la Policía. Aquello acabó en una tremenda batalla campal. Yo corrí a refugiarme en un portal y luego intenté seguir mi camino al trabajo como pude. Era cierto que Francia estaba paralizada, la huelga contagió a todos los sectores. Pero el almacén de madera en el que yo trabajaba sí estaba abierto. Siempre sospechamos que los piquetes de la época dejaban a los dueños seguir con su actividad comercial, de forma excepcional, porque allí era donde los estudiantes compraban la madera para hacer sus pancartas de protesta. Era, para nosotros, un secreto a voces... Y así pasaron los días de movilizaciones. Lo que mejor recuerdo son las escenas callejeras. El ambiente de agitación entre los estudiantes ya era conocido, pero no nos imaginábamos que llegaría a tanto. Todo se convirtió en un tremendo caos en el que había que cruzarse la ciudad a pie para ir a cumplir con el trabajo. Ni metro ni autobuses funcionaban. El colectivo de emigrantes españoles trabajando en París era muy importante en aquella época. Muchos nos fuimos huyendo de la miseria, de la falta de expectativas laborales y vitales que nos brindaba la España de aquella década. La verdad es que no estábamos movilizados políticamente, pero no éramos ajenos a nada de lo que pasaba en la ciudad que nos había acogido. Muy al contrario, estábamos muy informados. Eso también era un lujo para los que veníamos de fuera. Cuando todo pasó, también pudimos constantar la decepción entre la población francesa. El mítico 'Dani el Rojo', el cabecilla de las revueltas estudiantiles, pasó de estar todos los días en los periódicos a desaparecer... Pasó a un partido y se convirtió en uno más: la rebeldía se diluyó. No sé si sirvió para algo aquel mayo. Pero mi familia y yo nos quedamos con una lección aprendida de todo aquello: se podía protestar contra el orden establecido. Y siempre recordamos, con cierta emoción, de qué forma fuimos testigos, sin buscarlo, de un momento histórico».

ir a 'el mayo' español un movimiento de élites

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