«ELLA QUIERE A SU PADRE PERO LE DA ASCO»

«ELLA QUIERE A SU PADRE PERO LE DA ASCO»
Óscar Chamorro
Doménico Chiappe
DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

La niña se preparaba para hacer el rito católico de la primera comunión y le preguntó a su abuela, con la que vivía desde los tres meses:

-¿Le tengo que contar al cura lo que pasa con mi padre?

Y la abuela le respondió:

-No, porque no es tu pecado. Es el de tu padre.

–Sí, pero yo a veces quiero que pase pronto, porque así me deja tranquila el resto del día.

«Lo dijo como una mujer mayor, que está cansada, pero tenía diez años», recuerda esta abuela, que reside en un pueblo de la costa española. «Nosotros sabíamos lo que pasaba desde que ella tenía tres años, una vez que volvió de visitar a su padre. Pero no hemos podido hacer nada. Ella ya no cuenta nada y nosotros no le preguntamos nada». Ahora la niña tiene 14 años y ha testificado en tres juicios en busca de protección. Pero los magistrados no le creen. El primer proceso empieza en 2008, cuando el pediatra da un parte de lesiones en la zona vaginal y una institución regional certifica que la menor tiene conocimientos sexuales impropios para su edad, otra característica de los niños que son víctimas de abusos. Se inicia el protocolo.

Al ser interrogada por los tocamientos por parte de su padre, esa niña de tres años responde: «me come las tetas» y «me toca el chocho», según el parte oficial. Palabras que, sin embargo, no reúnen «criterios de credibilidad para la veracidad del testimonio infantil» y no aportan «requisitos suficientes de una experiencia vivida». El juez instructor archiva la causa y levanta la medida cautelar de suspensión del régimen de visitas paternas. Durante años, la niña presenta reiteradas vaginitis y, a los siete años, un flujo inusual. Otra pediatra, también de la seguridad social, activa la alerta por segunda vez, cuando la pequeña le cuenta con dibujos lo que sucede con su padre.

Se inicia un segundo proceso en otra jurisdicción. El juez de instrucción archiva la causa y se reanudan los encuentros entre la hija y el padre. En vísperas de una de aquellas citas, la niña reúne bollería y se encierra en la habitación con baño y televisión de la abuela. Se niega a salir, la saca la policía. Tiene ocho años. Entonces, la Audiencia Provincial ordena al mismo juez ampliar la investigación y escuchar la declaración de la niña, a quien no había citado antes. Ella vuelve a contar. Se atreve, a pesar del miedo entremezclado de afecto que siente por su progenitor. El juez archiva el caso otra vez en 2014, con una orden: sólo con autorización del padre o de él mismo se podrá llevar a la niña a los servicios psicológicos. «Desde entonces no volvió a abrir la boca», dice la abuela. «Es una niña triste y desconfiada que aún se cae de la cama y que se refugia en los estudios. Ha sido diagnosticada de trastorno disociativo por los servicios públicos. Nosotros le fallamos. Le dijimos que si hablaba no volverían a abusar de ella, que la ayudarían. Después del juicio se enfadó con nosotros, con la psicóloga, con el pediatra».

Desde entonces, un baúl de silencio encierra el tema de los abusos y la niña elige el estoicismo para soportar su destino. Hasta que a finales de 2017 descubren que ha sido contagiada del virus de papiloma humano (VPH) y, en la exploración médica, también determinan que sufre malformaciones en la vagina y el ano, típicas de intensa actividad sexual. Tiene 12 años. Se abre un nuevo procedimiento que, por designios burocráticos, toca al mismo juez anterior. Ella declara sin convencimiento. Ha aprendido la lección.

Su testimonio queda registrado, de forma indirecta y repleto de erratas, en un documento del juzgado. «La menor manifiesta que (…) lo de las verrugas (en la zona vaginal) ha sido por lo de mi padre pero no lo voy a repetir otra vez. Que le da vergüenza hablar sobre lo de mi padre. Que no me salieron por ir de la mano o darle un abrazo. Que no le he contado nada a la pediatra pero ella lo tiene que saber porque es médico». Sin embargo, el juzgado decide que el «relato es abiertamente contradictorio, no revela detalle alguno de lo que se pregunta, se ríe y gesticula constantemente, se muestra absolutamente evasiva, habla de abusos sexuales, no concreta en modo alguno ninguna conducta relevante ni da detalle alguno de hecho, lugar y personas». El juez da carpetazo por tercera vez. «Ella no quiere que se sepa nada. Le horroriza. Le da vergüenza», ratifica la abuela. «Quiere a su padre, pero le da asco».

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