¿Somos cada vez más tontos?

¿Somos cada vez más tontos?

Tras décadas de mejora, el cociente intelectual baja en los países desarrollados

INÉS GALLASTEGUI

Si la admiración de las abuelas fuera el patrón universalmente reconocido para medir la inteligencia de la especie, no cabría la menor duda: los seres humanos cada vez somos más brillantes. «Pero qué listos son. Tan pequeños, ya saben de todo y usan todos esos aparatos nuevos mucho mejor que nosotros...», no se cansan de repetir. La cuestión es que los tests que miden nuestras aptitudes intelectuales -mucho más objetivos- apuntan a lo contrario: varios estudios recientes alertan de que, desde hace al menos tres décadas, el cociente intelectual (CI) de las nuevas generaciones en los países desarrollados cae de forma sostenida. Y el uso de las nuevas tecnologías, que nos han vuelto perezosos a la hora de ejercitar la memoria o resolver operaciones sencillas, es una de las causas que algunos expertos barajan para explicar esa tendencia. ¿Somos cada vez más tontos o se han quedado anticuados esos instrumentos de la psicometría?

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Los tests de inteligencia pueden medir un conjunto amplio de habilidades, como el razonamiento lógico, la velocidad de reacción, el cálculo matemático, la expresión oral, la originalidad, la atención selectiva, la orientación espacial o la comprensión oral y escrita. El CI indica la posición que ocupa el individuo evaluado respecto a su grupo de edad. La media es de 100 y dos de cada tres personas obtienen puntuaciones de entre 85 y 115. No es infalible, pero sí puede predecir el rendimiento académico y profesional de una persona, coinciden los entendidos.

Durante la primera parte del siglo XX, los resultados de las pruebas de evaluación intelectual iban en constante aumento. Para explicar el 'efecto Flynn' -llamado así en honor al psicólogo neozelandés que lo descubrió- los expertos apuntaron varias hipótesis, entre ellas las mejoras en nutrición, sanidad y educación de la población en los países desarrollados.

Menos niños, más listos

Pero recientemente varios científicos han detectado que la tendencia empezó a invertirse hace ya décadas. Los investigadores noruegos Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg se entretuvieron en analizar los resultados de más de 700.000 tests realizados a jóvenes de 18 años al ingresar en el servicio militar de su país entre 1970 y 2009 y los resultados fueron demoledores: el cociente intelectual bajó 7 puntos por generación.

El propio Flynn, junto al experto británico en aprendizaje Michael Shayer, detectó en una revisión de diferentes estudios que ese indicador también presenta caídas en los últimos años en Gran Bretaña, Países Bajos, Australia, Francia y Alemania.

La hipótesis de sus autores es que todos los factores que contribuyeron a lo largo del siglo XX a una ganancia sostenida en los resultados de las pruebas de evaluación -menos niños por familia y por tanto más atención y recursos 'per capita', desarrollo del sistema educativo y mejor dieta y atención sanitaria- han tocado techo, mientras que nuestra sociedad hipertecnológica demanda cada vez menos capacidades cognitivas.

Hay quien ofrece una explicación alternativa inquietante. Dicho de forma cruda: ahora los menos dotados se reproducen más. El antropólogo británico Edward Dutton sostiene que, hasta la Revolución Industrial, existía una fuerte selección natural y la mitad de la población más rica lograba criar a un 40% más de hijos vivos que la mitad más desfavorecida. A partir del siglo XIX y, sobre todo, el XX, la mejora en las condiciones de vida, la higiene y las vacunas permitieron que los pobres tuvieran más descendencia, mientras que las familias más pudientes empezaron a planificar su tamaño. «La gente más lista tiende a usar más anticonceptivos porque piensa más en el futuro y actúa menos impulsivamente», dijo Dutton en un documental del canal Arte. Habida cuenta de que «el 80% de nuestro intelecto es heredado», según este experto, nuestras capacidades como especie se van deteriorando.

En España los datos no son concluyentes por la sencilla razón de que los grandes estudios comparativos dejaron de realizarse justo en la época en la que nuestros vecinos detectaron el cambio de tendencia. Un grupo de investigadores comparó el CI de los alumnos de 7 años de los colegios de La Salle de Barcelona en 1970 y en 1999 y halló que el promedio de estos últimos era un 17% más alto.

Para el catedrático de Psicología de la Universidad de Barcelona Antonio Andrés Pueyo, uno de sus autores, es posible que todos los estudios estén en lo cierto... en algo. Hay consenso, afirma, en la idea de que la crianza y la alimentación de los niños influyen en los resultados de las pruebas de evaluación. En su investigación, la ubicación de los colegios en distintos barrios permitió apreciar que la mejoría era mucho más espectacular entre los niños de clases bajas que en los de nivel socioeconómico alto, porque estas familias ya vivían confortablemente dos décadas atrás.

En cambio, es muy discutible que la irrupción de las tecnologías de la información nos haya hecho más estúpidos. Es cierto, admite, que ahora memorizamos menos datos y apenas hacemos cuentas de cabeza, porque la agenda y la calculadora del móvil lo hacen por nosotros. Pero hay otras habilidades que los artilugios digitales nos obligan a ejercitar. «Ahora se lee más; quizá no libros, pero sí navegando en internet. Y las nuevas tecnologías requieren un lenguaje muy codificado. Que parte de la información sea visual no implica que sea más simple», advierte.

Lo mismo opina María Ángeles Quiroga, directora del Laboratorio de Inteligencia y Videojuegos de la Universidad Complutense, que trabaja en el diseño de programas de entretenimiento capaces de evaluar las capacidades intelectuales del usuario. «Es posible que los jóvenes que usan habitualmente tecnologías exigentes a nivel cognitivo, por ejemplo juegos de estrategia en tiempo real, mejoren su capacidad de toma de decisiones, su capacidad de planificación, incluso su capacidad viso-espacial y atencional», explica.

Pero el entretenimiento virtual no ha creado un nuevo tipo de capacidad mental, matiza. «La inteligencia que ponen de manifiesto las tareas mentales es siempre la misma: los psicólogos la denominamos Factor General de Inteligencia (Factor G)», señala.

Tests informatizados

Los tests se inventaron hace más de cien años. ¿Necesitan modernizarse? «Se renuevan y actualizan cada poco tiempo -asegura Pablo Santamaría, director de I+D+i de TEA Ediciones, líder en evaluación psicológica en lengua española, con 60 años de historia-. Como cualquier tecnología que mide algo, está en constante evolución. Cuando publicamos un nuevo test, verificamos que es un buen indicador de la capacidad cognitiva y comprobamos su nivel de dificultad en una población amplia». Su próximo reto es un test adaptativo informatizado que va ajustando el nivel de dificultad en función de las respuestas de la persona evaluada.

María Ángeles Quiroga y Antonio Andrés están de acuerdo: evaluar la inteligencia con lápiz y papel va siendo cosa del pasado. «Los videojuegos son una buena opción de futuro», sugiere la profesora. En el laboratorio ya han desarrollado una batería de programas que permiten evaluar la inteligencia con gran precisión. Solo falta dinero para desarrollarlos.

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1905 fue el año de publicación del primer método para medir la inteligencia, creado por los franceses Alfred Binet y Théodore Simon para analizar las diferencias de capacidad entre escolares.

Distintas pruebas. Actualmente existen pruebas para determinar el llamado 'Factor G' (inteligencia general), pero también habilidades concretas como la lógico-matemática, la viso-espacial o la lingüística. Estar familiarizado con los tests -matrices, puzles, figuras...- puede ayudar, pero «no se pueden entrenar», señala el psicólogo de TEA Ediciones Pablo Santamaría.

100 es el Cociente Intelectual medio. El 68% de la población tiene un CI de entre 85 y 115. Por debajo de 70 indica discapacidad cognitiva y por encima de 130, superdotación. Y no suele cambiar, afirma el profesor Andrés. Si acaso, a peor, por ejemplo, por accidente o enfermedad.

No etiquetar. Los tests de inteligencia vivieron un periodo de «descrédito» por razones más ideológicas que científicas. Algunos críticos consideran que asignar un número a una persona supone despreciar otras capacidades y etiquetarla. «Hay profesionales con prejuicios, pero las pruebas son muy útiles», sostiene el catedrático.

Interpretación profesional. Los tests deben ser interpretados por profesionales. En la escuela pueden ayudar a mejorar el rendimiento de los alumnos, tanto de los que con un CI alto fracasan por falta de esfuerzo como de los que tienen un CI bajo. «Es difícil de aceptar, pero hay estudiantes que no podrán alcanzar determinados objetivos», admite Andrés.

¿Para qué sirven?

Las pruebas de evaluación psicológica no valoran solo la inteligencia; también la personalidad, la salud mental o el conocimiento. Se emplean en el sistema educativo para detectar problemas en el rendimiento académico de los alumnos. En la selección de personal permiten conocer las aptitudes de los aspirantes a un puesto de trabajo. En el ámbito clínico son útiles para medir de forma objetiva el deterioro cognitivo en pacientes con enfermedades neurológicas. Y en la técnica forense sirven para determinar, por ejemplo, si una persona que ha cometido un delito es inimputable por discapacidad mental.

 

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