Tragedia al final de la vida

Edificio donde vivían Luis e Isabel, en La Felguera (Asturias)./EFE
Edificio donde vivían Luis e Isabel, en La Felguera (Asturias). / EFE

¿Por qué un anciano mata a su pareja y se suicida? Más que machismo, los expertos creen que influye el 'estrés del cuidador'

DOMÉNICO CHIAPPEMadrid

Empezaba el día y Luis Llaneza, de 88 años, escribió una nota, buscó un cuchillo, caminó a su habitación, donde Isabel Fuente, su esposa cuatro años menor dormía en la cama matrimonial. La degolló. Después saltó por ventana de su vivienda en La Felguera (Asturias) y se lanzó al vacío. Ella tenía síntomas de alzhéimer, él gozaba de buena salud.

Sucedió a principios de julio, pero crímenes similares se repiten varias veces al año. Un 13% de las víctimas mortales por violencia de género eran mayores de 65 años, de las que 5% tenía alguna discapacidad, mientras que los agresores mayores de esa edad son los que presentan los porcentajes más altos tanto en suicidio consumado (31,7 %) como en tentativa de suicidio (17,5%), según el más reciente Informe del Observatorio Estatal de Violencia sobre la Mujer, elaborado por el Ministerio de Sanidad en 2015.

Unas semanas antes, otro matrimonio octogenario había abandonado voluntariamente el geriátrico y regresado a la casa donde construyeron buena parte de su matrimonio. Él fabricó un arma. Le disparó a ella, y después a sí mismo. En una nota hallada cerca de los cuerpos, los ancianos refrendaban un pacto suicida, según fuentes de la investigación. En casos como estos, la violencia de género se interna en una región fronteriza.

«No responden al patrón de violencia machista, al existir una relación hasta entonces modélica, afectada por una enfermedad neurodegenerativa», mantiene Montserrat Lacalle Sisteré, experta en gerontología y gestión de residencias para personas mayores y consultora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC). «Es mucho más complejo. Sólo porque un hombre sea el agresor y una mujer la víctima no se pueden excluir todas las demás variables, como la historia previa, la psicología de la víctima y el perfil del agresor».

El aislamiento del entorno o síntomas de agotamiento y ansiedad deben servir de alerta

Este mismo año, otras dos tragedias aceleraron el ocaso de la mutua convivencia. Un lunes de madrugada invernal, Haroldo G., de 91 años, preparó un veneno en la residencia municipal de mayores de Mazarambroz (Toledo) donde residía con su pareja. Se lo dio a ingerir a Celia R., un año más joven y con alzhéimer. Después lo bebió él mismo, pero sobrevivió, debido a la intervención del personal del asilo.

El móvil de estos asesinatos se suele atribuir a la intención de 'evitar el sufrimiento' o 'dejar de ser una carga'. Al considerarse un acto último y unilateral de amor, se les llega a catalogar como 'crímenes por compasión'. Sin embargo, «es importante tener en cuenta cada caso particular y no generalizar», advierte María José Acebes, experta en neurogeriatría y profesora en el máster de Neuropsicología de la UOC. «Las circunstancias vitales en esta etapa de la vida han cambiado. En algunos casos las víctimas son mujeres que han venido sufriendo este tipo de malos tratos a lo largo de un período prolongado de tiempo, y no exclusivamente durante la tercera edad. En otros, la aparición 'repentina' de un maltrato inexistente hasta el momento será una señal de alerta para tener en cuenta otro tipo de variables, como la presencia de algún tipo de enfermedad, falta de autonomía o independencia en su vida cotidiana, factores económicos, aislamiento social o mayor vulnerabilidad», explica.

Se trata, explica Lacalle Sisteré, de otro tipo de problema, con otro abordaje social. «Emerge la realidad de las personas de edad avanzada, una de ellas enferma y otra que sufre el estrés de cuidarla (más frecuente en el hombre por patrones culturales), al asumir una carga desproporcionada que puede desencadenar ansiedad y otros trastornos psicológicos y físicos. Hay que analizar cómo se llega a la situación en que uno de ellos decide que la única salida es acabar con sus vidas». El aislamiento del entorno o síntomas de agotamiento y ansiedad deben servir de alerta.

Diferentes armas

Las formas de matar difieren en los entornos rurales y urbanos. En los primeros, existen armas de caza, suelen ser muertes más violentas. En su hogar de Chamberí (Madrid) un hombre de 78 asfixió a su esposa de 77 y enferma de alzhéimer. Después se ahorcó al lado del cadáver, a las siete de la mañana de un día de invierno de 2017. Antes escribió una carta a sus hijos: no aguantaba más y pedía perdón. «A nivel cognitivo, se observa una mayor rigidez que provoca mayores dificultades de adaptación a situaciones novedosas, así como a nuevas alternativas o puntos de vista», asegura Acebes. «La vejez es una época de la vida en la que ciertos acontecimientos merman la percepción de bienestar e influyen en su salud y en su capacidad de afrontamiento».

El año pasado se sentenció uno de los pocos sucesos que viraron las tornas. Ella, de 85, fue condenada a 20 años por asesinar a su marido con 40 golpes de muleta, cuando él dormía en el sofá. Sucedió en 2015, en Rincón de la Victoria (Málaga). Él, de 82, padecía cáncer de pulmón con metástasis hepática. Aquel juzgado consideró que existía «circunstancia agravante mixta de parentesco», aunque el Tribunal Superior de Justicia rebajó la pena a seis años. Ella, después de golpearlo, ocultó y limpió la muleta y pidió ayuda en la calle. No reconoció el crimen ni intentó suicidarse. Siempre aseguró que un extraño había entrado en su casa.

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