La difícil lucha contra los antivacunas

La enfermera burgalesa Azucena Santillán acaba de publicar junto a Ignacio Rosell un estudio sobre los argumentos antivacunas que proliferan en internet | Insiste en la necesidad de acudir a fuentes fiables y profesionales sanitarios si existen dudas

Azucena Santillán intenta fomentar la divulgación científica para luchar contra pseudociencias. /GIT
Azucena Santillán intenta fomentar la divulgación científica para luchar contra pseudociencias. / GIT
Gabriel de la Iglesia
GABRIEL DE LA IGLESIABurgos

A menudo, el gran problema al que se enfrenta la sociedad de la información es precisamente el exceso de información. Y es que, cada vez que abrimos una aplicación en el móvil o accedemos a internet, el torrente de información es continuo. Noticias falsas, bulos y afirmaciones sin fundamento se entremezclan con mensajes de fuentes oficiales y fiables. Se genera así el caldo de cultivo perfecto para que proliferen discursos antivacunas.

Eso bien lo sabe Azucena Santillán, una enfermera burgalesa que, junto a Ignacio Rosell, médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública y profesor de la Universidad de Valladolid, acaba de publicar el estudio 'Discursos antivacunas en las redes sociales: análisis de los argumentos más frecuentes'. El título de la obra no deja lugar a dudas, centrándose en el análisis de los mensajes antivacunas y su proliferación a través de internet. Y, sus conclusiones, asegura Santillán, no arrojan grandes «sorpresas».

En este sentido, Santillán insiste en que detrás de esa proliferación de mensajes se encuentra la «falta de información» a respecto de algo tan cotidiano como las vacunas, totalmente asentadas en países desarrollados y con eficacia más que probada.

«Las vacunas no producen autismo, no se usa a los ciudadanos como conejillos de indias ni existe un contubernio mundial de las farmacéuticas» Azucena Santillán

A pesar de ello, de un tiempo a esta parte, se está observando cómo el discurso antivacunas está calando poco a poco en todos los estratos sociales. Así lo demuestra el estudio elaborado por Santillán y Rosell, que han analizado alrededor de 800 tuits, 42 vídeos de Youtube y 12 grupos de Facebook para intentar conocer al detalle los argumentos antivacunas. Unos argumentos que, llegados a un punto de «saturación», no hacen sino repetirse. A partir de ahí, los dos investigadores han agrupado los diferentes mensajes en cuatro bloques, centrados en dudas sobre la importancia de las vacunas, sobre su eficacia, sobre su necesidad y sobre las dudas generadas a raíz de creencias personales.

Quizá, sea este último ámbito el que más preocupa a los investigadores, ya que es el más complicado de combatir. «La sociedad tiende a afianzar sus ideas» y rechazar las que contradicen sus creencias, explica Santillán.

Un derecho

Eso sí, la presencia y peso de los antivacunas en España es todavía muy reducida, al menos en comparación con otros países desarrollados. De hecho, «algunos países están comenzando a legislar para establecer un calendario vacunacional obligatorio». De momento, en España, dicho calendario «es un derecho», y no una obligación, quedando supeditado a la decisión individual.

Aquí entra de lleno el componente ético. ¿Hasta dónde llega la libertad individual de un ciudadano para rechazar ser vacunado o impedir que se vacune a sus hijos? A juicio de Santillán, esa barrera se traspasa en el momento en el que está en juego la salud pública. «Lo que a veces no terminan de entender los antivacunas es que parten de un criterio insolidario». La sociedad mantiene lo que se llama «inmunidad de rebaño» y cuando un individuo no está inmunizado, puede hacer que el resto de la comunidad contraiga enfermedades de manera indirecta. Y es que, subraya la enfermera, «las enfermedades no están erradicadas, sino que se mantienen controladas» gracias, entre otras cuestiones, «a las vacunas».

Vacunas que, en todo caso, se basan en evidencias científicas y «funcionan». «Es bueno que existan dudas vacunacionales», pero lo que no se puede es «rellenar el vacío que dejan esas dudas con patrañas» como las que diariamente circulan por las redes sociales. «Las vacunas no producen autismo, no se usa a los ciudadanos como conejillos de indias ni existe un contubernio mundial de las farmacéuticas. De hecho, el margen de beneficios de las farmacéuticas con las vacunas es muy pequeño», subraya Santillán.

Lo que hay, insiste, es «desinformación». O, en todo caso, información trasladada por parte de «fuentes no fiables», cuyos mensajes proliferan a menudo de manera más efectiva que los argumentos de la propia comunidad científica. En este punto es en el que llega la autocrítica. «El mundo científico está comenzando a darse cuenta de la necesidad de divulgar los avances científicos con un lenguaje sencillo, sobre todo en edades tempranas.

«Es muy complicado» luchar contra los argumentos antivacunas cuando son utilizados por «personajes públicos»

Esa es sin duda la mejor herramienta posible para luchar contra los argumentos antivacunas. El problema, reconoce la propia enfermera, es que «es muy complicado». Máxime cuando «personajes públicos» como el propio presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se declara antivacunas en Twitter. Mención aparte se merecen los argumentos de otros profesionales que, a pesar de quedar desacreditados por parte de la comunidad científica, siguen apareciendo a menudo en las redes.

Así las cosas, la solución pasa por potenciar el mensaje científico. «La recomendación es que, si existen dudas vacunacionales, se pregunte a profesionales sanitarios o que se acuda a fuentes oficiales y fiables», concluye Santillán.