«Ahora mismo hay poquísima atención hospitalaria PAR EL ICTUS»

Cynthia Manrique, terapeuta ocupacional de Aspaym, explica que el volumen de pacientes que sufren ictus en Burgos obliga a una ingente movilización de recursos que se antoja casi imposible de afrontar

Paco sufrió un ictus hace apenas unos meses. /GIT
Paco sufrió un ictus hace apenas unos meses. / GIT
Gabriel de la Iglesia
GABRIEL DE LA IGLESIABurgos

Cerca de 120.000 personas sufren un ictus en España cada año. Y la cifra no ha hecho sino crecer en las últimas décadas, lo que ha llevado a muchos profesionales sanitarios a asegurar que estamos ante una de las grandes epidemias de la humanidad en este siglo XXI. De hecho, el ictus es ahora mismo la segunda causa de muerte en el mundo (la primera si sólo se tiene en cuenta a la población femenina) y la segunda causa de discapacidad entre la población adulta, una fotografía de situación que obliga a asomarse a la realidad de las personas que sufren un ictus.

Para ello, nada mejor que acercarse hasta las instalaciones de Aspaym en Burgos, por donde cada día pasan decenas de personas cuya vida cambió radicalmente de la noche a la mañana para sufrir un ictus. Esa, de hecho, es la primera gran característica de la dolencia. «El ictus no avisa. De repente, un buen día, lo sufres y te cambia la vida», explica Cynthia Manrique, terapeuta ocupacional de Aspaym.

Obviamente, abunda, hay factores de riesgo vinculados al «ritmo de vida actual». Así, las personas con obesidad, sedentarias, con el colesterol y la tensión altas o con diabetes son más propensas que el resto a sufrir un ictus, pero lo cierto es que cualquiera lo puede padecer en un momento dado. Ni siquiera la edad es un freno. «Es más habitual que lo sufran las personas mayores, pero en Aspaym tratamos a mucha gente joven que también ha sufrido un ictus».

Una sonrisa para afrontar un ictus

Paco es uno de los últimos pacientes en recalar en Aspaym. A sus 85 años de edad, nunca había sufrido grandes achaques, pero un buen día del pasado mes de junio, estando en casa, y sin previo aviso, se desmayó. Horas después se despertó en San Juan de Dios. Había sufrido un ictus y tenía paralizada parte de la mitad izquierda del cuerpo. Tampoco hablaba con fluidez.

Pero poco a poco, Paco se recupera de sus secuelas. Todavía mantiene la parálisis en sus extremidades, pero ha recuperado el habla. Vaya si la ha recuperado. De hecho, es uno de los más parlanchines del centro de día. Y lo que es más importante, afronta su nueva realidad con una sonrisa. «Qué vamos a hacer. Antes estaba mejor, pero hay que seguir», asegura mientras se calza su boina para «estar guapo».

En todo caso, quienes se acercan cada día al centro de día de la asociación no lo hacen por el ictus en sí mismo, sino por las secuelas que ha dejado éste en su cuerpo. A este respecto, la atención inmediata es clave. «Un ictus se puede producir por varias causas: por una falta de oxígeno al cerebro o por un traumatismo craneal. El problema es que si no se regula la situación en unas dos horas, es muy probable que queden secuelas», y en algunos casos, son muy graves.

De hecho, el abanico de dolencias derivadas de un ictus es tremendamente amplio y ahonda en los ámbitos físico, cognitivo y conductual. A menudo, en los tres ámbitos a la vez, mostrando secuelas que van desde la parálisis de alguna parte del cuerpo (extremidades, mitad contraria a la de la zona del cerebro donde se produjo el ictus, etc), hasta dificultad para el habla o cambios bruscos de la personalidad.

Escasos recursos

Se trata, en suma, de una dolencia compleja de enfocar. Y eso a pesar de que en las últimas décadas se ha investigado mucho, y bien, al respecto. El problema, insiste Manrique, es que el volumen de pacientes que sufren ictus obliga a una ingente movilización de recursos que se antoja casi imposible de afrontar. «Ahora mismo hay poquísima atención hiospitalaria». Vamos, que una vez que superan la etapa más dura, en la que la persona que ha sufrido un ictus se debate entre la vida y la muerte, apenas hay recursos en el sistema sanitario.

Eso obliga a pacientes y familiares a acudir a centros de día o instalaciones como Aspaym, donde se pretende ofrecer una atención integral. En este sentido, Manrique insiste en la importancia de trabajar con las familias. «Necesitan orientación y ayuda psicológica», además de «información sobre lo que ha pasado y sobre lo que se puede esperar de los tratamientos». Y es que, a menudo, las secuelas son tan profundas que toda la atención especializada no permite que el afectado por un ictus recupere su vida normal. «Eso es lo más duro», subraya Manrique.

Eso sí, las terapias funcionan, recalca. «Se consigue mejorar la calidad de vida» en muchos ámbitos. «Hemos tenido pacientes que cuando llegaron no eran capaces de hablar con fluidez y después de un tiempo han conseguido volver a hacerlo». También se consigue mejorar la movilidad y la independencia de muchos de los pacientes que llegan con alguna parte del cuerpo paralizada por hemiparesias o hemiplejias. Para conseguir esos objetivos, no obstante, es necesaria una atención y un tratamiento totalmente individualizado. Y es que, insiste Manrique, cada caso es un mundo.

 

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