Un viaje en el tiempo y el espacio

Clint Eastwood, Metallica y la obra de un grupo de románticos del séptimo arte se citan en Burgos en el cementerio de Sad Hill un paraje singular al lado de Santo Domingo de Silos

Cementerio de Sad Hill, en la sierra de la Demanda, a los pies de la Peña de Carazo. /GABRIEL DE LA IGLESIA
Cementerio de Sad Hill, en la sierra de la Demanda, a los pies de la Peña de Carazo. / GABRIEL DE LA IGLESIA
Ángel Blanco Escalona
ÁNGEL BLANCO ESCALONA

Me gusta imaginar al 'bon vivant' de Sergio Leone con un lechacito burgalés entre manos en el preciso momento en que, a principios de 1966, convenció a Franco (a éste lo imagino con una infusión) para que le dejase rodar en un paraje junto a la sierra de la Demanda una escena que pasaría a la Historia del Cine. Menudo genio, el italiano, que consiguió no solo la autorización del dictador sino que le prestase a 250 chavales que estaban haciendo la mili para que colocasen gratis las cinco mil tumbas del cementerio de Sad Hill.

A Leone suelo imaginármelo con su puro habano cuando escuchó la primera versión del 'Éxtasis del oro' que le presentó su compinche Ennio Morricone –91 años en noviembre– y decidió que no estaba mal, pero que lo que él quería era una pieza que sonase como «cadáveres que se ríen desde dentro de la tumba».

En 1983, la banda de 'heavy' Metallica solo tenía un disco que tocarle a sus fans cuando comenzó a utilizar el tema de Morricone como catártico prólogo de sus conciertos. Imagino que James Hetfield, o Lars Ulrich, o todos juntos vieron 'El bueno, el feo y el malo' y cayeron cautivados por el hipnótico efecto de la cámara combinado con el dramático 'crescendo' de la música en la escena del cementerio. Hace menos de dos meses en el concierto de Madrid, a la vez que sonaba atronadora la composición, las pantallas gigantes de detrás del escenario proyectaron las imágenes de la mítica secuencia rodada en Burgos.

La historia de la reconstrucción del cementerio es más conocida y cuesta menos imaginarla. Un puñado de románticos, la Asociación Cultural Sad Hill, ha recreado el escenario y la gente acude hasta un lugar donde para acceder el mejor medio de transporte es un caballo. Nada más llegar se siente uno transportado por la memoria a una peli del oeste como en un efecto mágico. Hay en el mundo un montón de sitios que visitar pero, como dice Hetfield, a las personas les gusta ir allí donde pueden sentirse protagonistas de la experiencia.

En breve

Una vez en Sad Hill, qué puede uno decir sino que la única decepción es no ver aparecer al viejo Clint cuando era un chaval, con su poncho, en la cima del spaghetti-western. Lo que no consigo imaginar es cómo coj… cómo diantres encontró Leone semejante sitio en medio de la nada. La visita incluye la posibilidad de darse un paseo entre las cruces desvencijadas y de coger perspectiva para hacerse un selfi de esos, para lo que es recomendable llevar sombrero.

Imagino que habrá quien piense que hay que ser un fanático de la peli (o de Metallica) para hacer el viaje pero, a) está cerca, b) es una visita idónea para ir en grupo, con un bocadillo o, para mayor verosimilitud, una fiambrera con alubias y salchichas y c) sirve de alternativa a la típica visita histórico cultural. Sembrada de castillos y catedrales donde los nobles casaban a sus hijas y batallaban contra enemigos y vecinos, Castilla contiene también este paraje burgalés que antes no era nada, pero que ahora cuenta con una entrada en la historia del cine y en la de la música. Solo está a un paso de Lerma, este año con las Edades del Hombre, y aún más cerca del Monasterio de Silos y su silencio, que tampoco viene mal después de haber escuchado la risa que emerge del fondo de cinco mil tumbas.