Una guerra al ralentí

En el este de Ucrania, soldados y civiles combaten el aburrimiento atrapados en un conflicto armado con los separatistas de Donetsk que cumple ahora cuatro años y no tiene visos de terminar

Un soldado acaricia un gato en la línea del frente, donde abundan las mascotas como entretenimiento contra el tedio./Álvaro Ybarra Zavala
Un soldado acaricia un gato en la línea del frente, donde abundan las mascotas como entretenimiento contra el tedio. / Álvaro Ybarra Zavala
ALISA SOPOVA

La primera vez que estuve cerca de la mina Butovka yo tenía 12 años. Era un día soleado de primavera, y tenía un plan para escabullirme de mi clase de baile e ir al aeropuerto para ver aterrizar y despegar aviones. Sabía cómo tomar un autobús, pero no sabía que los autobuses con diferentes números terminaban en diferentes lugares y así, en vez de llegar al destino marcado en mi brillante plan, me encontré accidentalmente en Butovka, una mina de carbón situada en un suburbio de Donetsk, a pocos kilómetros del aeropuerto. Ese día llegué tarde a casa y le mentí a mi madre contándole que me quedé dormida en el autobús de camino de regreso. Ella nunca sabrá la verdad a menos que lea esta historia.

La segunda vez que estuve cerca de la mina Butovka fue hace dos semanas. Esta vez vestía un chaleco antibalas y tuve que cruzar varios controles militares para llegar allí. Al igual que el aeropuerto de Donetsk, Butovka ya no es la parada final del autobús de mi infancia, sino una posición de primera línea del frente en manos del Ejército ucraniano en su guerra contra los separatistas respaldados por Rusia que ahora controlan mi ciudad natal de Donetsk. El lugar ya no parecía una mina: más bien era una decoración de Stalingrado para una película de la Segunda Guerra Mundial.

El lindero de la línea de ferrocarril -hasta hace no muchos años, mi lugar favorito para tomar el sol- marca una línea roja entre el territorio controlado por los ucranianos y la tierra de nadie. Durante los últimos meses, tanto el Ejército como los rebeldes separatistas cavaron tramos debajo de las vías del tren y avanzaron un poco más sus posiciones en el frente. Como resultado, la distancia entre ambos contendientes actualmente no excede los 50 metros. Esta peligrosa tendencia no es exclusiva de Butovka. Las líneas de demarcación del frente de 400 kilómetros en el este de Ucrania se mueven lenta y peligrosamente la una hacia la otra, y la distancia entre las trincheras se ha reducido gradualmente de un promedio de diez kilómetros a solo dos, alcanzando en algunos lugares un mínimo de 40-50 metros. Este insensato movimiento estratégico practicado por dos ejércitos bien equipados y listos para enfrentarse es una de las pocas actividades que ambos bandos encuentran para matar el aburrimiento dentro de este conflicto suspendido en el tiempo.

El primero que ataque pierde

La guerra entre las fuerzas gubernamentales de Ucrania y la milicia de la separatista República Popular de Donetsk comenzó hace exactamente cuatro años, en la primavera de 2014, cuando ésta, apoyada y armada por Rusia, proclamó la independencia. Su fase activa fue suspendida en febrero de 2015 por el segundo Acuerdo de Minsk, que logró establecer un alto el fuego y congelar temporalmente el conflicto, pero no logró resolverlo. Desde entonces, ambos lados, aún mutuamente hostiles y desconfiados, mantienen los ejércitos listos para actuar a lo largo de las líneas de frente establecidas, aunque completamente paralizados: el que haga un movimiento romperá el acuerdo y perderá políticamente. La guerra se ha convertido en una confrontación estática de tramos.

Sin embargo, a lo largo de los cuatro años de este extraño conflicto, ambas partes han desarrollado pequeñas formas de seguir luchando sin enojar a la comunidad internacional. La más obvia son los combates nocturnos. Si bien durante el día la misión de la OSCE supervisa la observación del alto el fuego, por la noche la veda se abre a la voluntad de los dos bandos. Aquí es cuando entran en juego la artillería, tanques y morteros. Por lo general, el intercambio de fuego dura pocas horas y da como resultado una media de una o dos víctimas por día. Estas escaramuzas sin un propósito claro ni una estrategia concreta son más bien una forma de quemar el aburrimiento y una dosis de adrenalina para los combatientes.

Alexander es un mando medio de la unidad del Ejército ucraniano parapetada en las ruinas del pueblo de Peski, en una de las zonas más activas de la línea del frente. Por lo general la situación es tranquila, especialmente durante el día, y los soldados pasan la mayor parte del tiempo oteando las posiciones enemigas hacia el horizonte de Donetsk y realizando la intendencia cotidiana. «En promedio, pasamos una hora al día peleando, el resto lo dedicamos a las actividades domésticas: cortar leña, cocinar, lavar la ropa...», dice Alexander. «Antes solíamos dormir en las trincheras bajo la lluvia, no nos importaba. Pero cuando no estás bajo fuego constante quieres estar caliente y tener una buena cena».

Los puestos de combate son cada vez más hogareños. Cada posición ahora tiene sus mascotas, gatos y perros, y con frecuencia incluso comederos para pájaros hechos de balas. Las paredes están decoradas con dibujos infantiles y amuletos de la buena suerte. La tetera siempre está cargada: en la tradición eslava, beber té es una forma clásica no solo de calentarse en invierno, sino también de burlar el aburrimiento. En este contexto, el lento avance de las posiciones hacia la línea del enemigo es casi la única forma de mantener la sensación de participar en una guerra real.

El sargento Alexander Veremchuk está a cargo de una posición del frente cerca del pueblo de Luganskoye. Forma parte del llamado Svetlodarsk Arc, un punto estratégico durante la batalla de Debaltsevo, en enero y febrero de 2015. Alexander es escéptico sobre el rumbo que ha tomado el conflicto. «No sé por qué esta guerra aún no ha terminado -dice-. Hay algunos disparos todas las noches, pero no tienen ningún sentido táctico. No entiendo qué está pasando ni por qué seguimos aquí».

Pescando bajo las bombas

A solo un kilómetro de distancia, los vecinos de la ciudad de Svetlodarsk disfrutan de la pesca de invierno en el lago helado. Más de una docena de hombres esperan sentados en el hielo a que las truchas piquen en sus anzuelos. Uno de ellos, Sergey, nos dice que hubo algunos bombardeos por la mañana, pero que no interrumpieron su rutina. «Primero vi dos proyectiles volando desde aquí hasta allí, y luego otro que volvía», afirma, mostrando con gestos las trayectorias de los obuses. Si uno cayera en el lago, el hielo se rompería y los pescadores se ahogarían si no les alcanzaba antes la metralla, pero prefieren no pensar en ello. Como todos los que viven cerca de la línea del frente, están cansados de tener miedo. «Por supuesto que no me gustan los bombardeos, pero me gusta pescar en este lago. Si sigo esperando el final de la guerra, probablemente nunca tenga la oportunidad de pescar», dice Sergey.

Él es una de las aproximadamente 650.000 personas que viven en la llamada 'zona gris', territorios situados entre las líneas del frente. Han visto muchas cosas desde 2014: casi todos pueden mostrar rastros de metralla en sus casas y contar testimonios de semanas viviendo en el sótano bajo el fuego de los bombardeos. Pero todas estas historias son parte del pasado. La intensidad de la lucha ha disminuido significativamente y las unidades del Ejército se trasladaron de las ciudades a los campos. Ahora la inconveniencia de vivir en el frente se reduce a escuchar bombardeos nocturnos y otras consecuencias menos obvias, como las minas anti-personas y la falta de acceso a servicios mínimos como el agua o la luz. La situación más difícil se vive en las 88 aldeas de acceso limitado. Sólo sus vecinos están autorizados a estar allí; ellos son los verdaderos rehenes de esta extraña guerra.

Uno de esos lugares es Opytnoye, un pueblo controlado por el Gobierno en los suburbios de la capital separatista de Donetsk. Antes de la guerra era el hogar de casi 800 personas y de una estación experimental de selección de plantas. Ahora solo quedan 42 habitantes, en su mayoría ancianos que viven en las ruinas de sus propias casas. Opytnoye está situado justo al lado de la carretera de circunvalación de Donetsk, que está fuertemente minada y controlada por francotiradores de los dos bandos. El único acceso que actualmente conecta al pueblo con el mundo exterior es un camino de tierra a través de un campo minado pero que, por lo menos, queda fuera del alcance de las balas de los francotiradores. Sólo puede utilizarse en verano, cuando el terreno está seco, y en pleno invierno, cuando todo está congelado. El resto del tiempo el camino es un lodazal de barro impracticable.

No hay electricidad, ni suministro de agua o gas en la aldea: toda la infraestructura fue destruida durante la intensa lucha de 2014-2015 y nunca fue reparada. La gente calienta sus viviendas cortando leña y quemándola en estufas improvisadas, pero es complicado: los árboles están llenos de esquirlas. Ni las ambulancias, ni la Policía o los bomberos irán nunca a Opytnoye, por no mencionar los suministros de comestibles. Una barra de pan es un verdadero manjar en este lugar cuyos habitantes tienen que vivir de la ayuda humanitaria entregada por un pequeña ONG local que a veces llega al pueblo cuando el camino es transitable. Según un reciente informe de la ONU publicado el pasado diciembre, el este de Ucrania se ha convertido en uno de los lugares más afectados por las minas anti-personas del planeta, y Opytnoye es el lugar adecuado para confirmarlo. Debido a las minas, el acceso al cementerio local es imposible, y los lugareños que murieron o fueron asesinados durante la guerra no han podido ser enterrados allí.

«Nos abandonaron»

Rodion y sus cinco familiares viven como pueden en la cocina de su casa. El resto de su hogar es inhabitable después de ser blanco, en numerosas ocasiones, de los proyectiles. Podía ser peor: su vecino Alexander vive en el baño, la única habitación que queda de su casa. Caminando por los restos del pueblo, Rodion cuenta las historias de sus vecinos: este fue herido, ese fue asesinado. Este se fue al comienzo de la guerra y le dejó la llave de su casa pidiéndole que la cuidara y regara las flores, pero ya no hay nada que vigilar: la casa está destruida.

A diferencia de otras víctimas, los vecinos de Opytnoye no pueden registrar los daños de sus casas, lo que les daría al menos una vaga esperanza de compensación y de recuperar la normalidad poco a poco. La razón oficial es que los miembros de la comisión estatal no pueden llegar al lugar para inspeccionar los daños. Extraoficialmente, no es ningún secreto que el Estado se olvidó deliberadamente de pueblos como Opytnoye y los funcionarios, como el Gobierno, generalmente evitan hablar de ellos. «Simplemente nos abandonaron -dice Rodion-. Las autoridades pretenden que no existimos, y no hay un solo intento de apoyar a la población local. Cuando mencioné al gobernador que deberíamos restaurar algún tipo de autoridad local en Opytnoye me gritó si estaba loco».

Otras ciudades y pueblos de la 'zona gris', un poco más alejados de la línea del frente, ofrecen una ilusión surrealista de vida pacífica en medio de la guerra. Sus gentes se acostumbraron al sonido de los bombardeos, a los puestos de control militar y a los uniformes en las calles. También perdieron la esperanza de que la situación cambiara y adaptaron sus vidas a esta extraña nueva realidad. La escuela de Luganskoye está a menos de un kilómetro de la posición militar más cercana. En 2015 solía ser una posición militar en sí misma. Nada en el interior recuerda la cercanía de la guerra salvo un armario en el que, junto a material deportivo de los alumnos, se almacenan lanzacohetes RPG y varios cascos del Ejército ucraniano. En la escuela reina la tranquilidad, el aire huele a panadería fresca, un anuncio en el tablón de los alumnos publicita un concierto, los niños juegan con sus teléfonos inteligentes…… nada en el ambiente nos diría que estamos a menos de un kilómetro de la línea del frente. Pero, después de las clases, un autobús escolar lleva a los estudiantes a casa siguiendo un peligroso recorrido a través de puestos de control militar y carreteras cuyas cunetas están minadas.

En esta región de Ucrania todos somos rehenes de esta guerra extraña, congelada y activa, obvia e invisible al mismo tiempo. La guerra se ha convertido en un feo compromiso político que parece satisfacer a todos y se olvida de los que estamos atrapados en medio de ella.

A día de hoy, en el Este de Ucrania, los signos del conflicto son difíciles de percibir a simple vista, pero el horror se oculta bajo el silencio de esa nueva cotidianidad. Por eso evito mirar las señales de tráfico que indican lo cerca que estoy de Donetsk cuando conduzco por la región. Señales que me recuerdan que en 20 minutos podría estar en mi casa, tomando té con mis padres, si no existiera entre mis padres y yo la línea de un frente bélico.

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