La mano tendida de Sánchez con la Generalitat desconcierta al PSOE

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, asiste al acto de conmemoración del 80 aniversario de la ONCE. / Efe

El presidente del Gobierno se ratifica en que el diálogo «sereno y sensato» con Torra es la vía más eficaz para superar la crisis

Ramón Gorriarán
RAMÓN GORRIARÁNMadrid

Pedro Sánchez volvió a reclamar este sábado a Quim Torra un diálogo «sereno y sensato» porque los problemas no se resuelven desde «la crispación». Una apelación varias veces repetida en los últimos días pese a la escalada soberanista del presidente de la Generalitat y que causa desconcierto en las filas socialistas, y hasta contradicciones entre los ministros.

El presidente del Gobierno no tiene en cuenta los insistentes mensajes que surgen desde su propio partido y desde la oposición para endurecer la estrategia hacia los independentistas, con la aplicación del artículo 155 en su variante más dura e ilegalizar a las formaciones soberanistas radicales. «Ninguno de los problemas de los ciudadanos se ha resuelto desde la crispación y el conflicto», afirmó en el acto conmemorativo del 80 aniversario de la ONCE. La fórmula que ha demostrado ser más efectiva, añadió Sánchez, es «el diálogo moderado, sensato y dentro de la legalidad».

Un enfoque para Cataluña que no es unánime entre los socialistas, sobre todo vistos los resultados de las elecciones en Andalucía. Algunos barones y dirigentes del PSOE atribuyen el revés sufrido por Susana Díaz a la gestión de Sánchez de la crisis territorial con Cataluña. «Es vista como expresión de la debilidad y de los favores debidos por el apoyo en la moción de censura», analiza un experimentado diputado socialista. Además, agrega, el mensaje machacón desde la oposición de más mano dura empieza a calar entre los votantes socialistas porque no ven ninguna contrapartida amable por parte de los soberanistas.

Un análisis que no comparte la Moncloa ni otros gobernantes autonómicos socialistas, que, sin negar la influencia de Cataluña, achacan la pérdida de la Junta de Andalucía sobre todo a la abstención como forma de castigo por el hartazgo ante un modelo obsoleto de partido y de gobierno. «Los 700.000 votos que perdimos se quedaron en casa, no se fueron a ningún lado», afirma convencido un expresidente autonómico.

El temor, fundado o no, a las consecuencias de la mano tendida ha engordado por la cercanía de las elecciones autonómicas y municipales que se celebrarán dentro de cinco meses. Los presidentes de Aragón y Castilla-La Mancha levantaron la voz para pedir mano dura y la ilegalización de los grupos secesionistas radicales. Otros, como el extremeño Guillermo Fernández-Vara, piensan lo mismo pero no lo dicen porque «es un militante disciplinado», apuntan desde el entorno de Sánchez. Pero también hay barones, como el de la Comunidad Valenciana, que secundan sin fisuras el diálogo. Incluso en el grupo socialista del Congreso hay disparidad de criterios como se comprobó en la reunión que mantuvieron los diputados esta semana

La división de opiniones también alcanza al Ejecutivo. El ministro de Asuntos Exteriores, Josep Borrell, reconoció que «la política ibuprofeno» para desinflamar la situación en Cataluña ha tenido «poco éxito». Pero casi al mismo tiempo la titular de Política Territorial, Meritxell Batet, defendía que «se ha producido una bajada de tensión» en las relaciones con la Generalitat. A su entender, «no hay alternativa a hacer política y apostar por el diálogo», y puso en valor las 22 reuniones de alto nivel mantenidas en los últimos meses entre ministros y consejeros de la Generalitat después de años de incomunicación.

Callejón político

Hasta el Consejo de Ministros en Barcelona es motivo de controversia. José Luis Ábalos puso en duda la conveniencia de celebrarlo, pero desde la Moncloa corrigieron de inmediato al ministro de Fomento y uno de los líderes con más peso en el PSOE. Lo cierto es que más de un miembro del gabinete ve más razones negativas que positivas para celebrar la reunión en la capital catalana, sobre todo porque envalentona a Torra para elevar su listón reivindicativo y por el riesgo fundado de problemas de orden público que solo juegan a favor del independentismo más radical. Un gesto de «concordia», dijo Sánchez, pero no lo ve así ni el soberanismo ni la oposición, y que se ha convertido en un callejón político de difícil salida.

El presidente del Gobierno tampoco escapa de esta esquizofrenia. Su discurso alterna el palo y la zanahoria, como en el debate sobre Cataluña celebrado este miércoles en el Congreso, en el que reprochó a Quim Torra que haya construido un discurso basado «solo en la mentira», y al mismo tiempo reiteró su voluntad de sentarse a hablar. La obsesión del presidente del Gobierno por diferenciarse de la pasividad de Mariano Rajoy le lleva a defender un diálogo que, con Torra, Carles, Puigdemont y su grupo de acólitos acríticos, parece condenado al fracaso. Pero también es cierto, añade un miembro del Gobierno, que mientras se habla no se incendian las naves.

 

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