Una constitución cosida con hilos de mantel

Artículos como el de la mayoría de edad, la abolición de la pena de muerte o la forma del Estado se pactaron en reservados de restaurantes como el madrileño José Luis o el Parador Nacional de Gredos. Guerra y Abril eran conocidos como los 'parteros' de la Carta Magna por sus negociaciones de bar hasta la madrugada

Alfonso Guerra y Fernando Abril Martorell charlan en un bar en 1978./R.C.
Alfonso Guerra y Fernando Abril Martorell charlan en un bar en 1978. / R.C.
Miguel Ángel Alfonso
MIGUEL ÁNGEL ALFONSOMadrid

Eran las cuatro y media de la mañana del 22 de mayo de 1978 y una nube de humo de tabaco impregnaba el ambiente en un reservado de la entreplanta del restaurante José Luis, situado en la madrileña calle Rafael Salgado, enfrente del estadio Santiago Bernabéu. Papeles, ceniceros rebosantes de colillas de Ducados, incontables tazas vacías de café y algún vaso de whisky no dejaban ver el mantel blanco que cubría la mesa. Frente a frente, el diputado socialista Alfonso Guerra y el vicepresidente del Gobierno, Fernando Abril Martorell, de la UCD, discutían sobre la abolición de la pena de muerte, en vigor en España desde 1934, mientras el resto del país dormía. La negociación de la Constitución se encontraba encallada en esos momentos debido a los escollos ideológicos de los diferentes partidos, así que Felipe González y Adolfo Suárez decidieron mover sus fichas e iniciar una negociación secreta con el objetivo de sacar adelante la redacción de la Carta Magna.

Guerra vociferaba, hacía aspavientos. Le gustaba jugar al farol porque sabía que sus rivales le temían y si el PSOE se marchaba dando un portazo de la sala de aquel restaurante, la Constitución resultante no sería «la de todos los españoles» sino un fracaso. Abril Martorell, más comedido y con un cigarrillo siempre en la mano, era el enviado de Suárez, consciente de lo mismo, pero también de la posición de fortaleza de su formación, que podía aprobar los artículos por 'mayoría mecánica' en el Congreso junto a los votos de Alianza Popular. Algo que, según los cronistas de la época, desagradaba hasta al propio Rey Juan Carlos e irritaba a nacionalistas y socialistas.

«Yo voy a torear sin trapo. ¡A ver si le pegamos a esto un buen empujón!», le comentó Abril Martorell al vicepresidente antes de salir en su coche al local. Era el momento de llegar a acuerdos o, por el contrario, de alumbrar una Constitución que no duraría más de un par de legislaturas.

Aquella noche de mayo, sobre el mantel blanco del José Luis se abolió la pena de muerte -excepto en caso de guerra a petición de UCD-, se fijó la mayoría de edad en España a la edad de 18 años y se determinó, entre otras cuestiones la forma del Estado: monarquía parlamentaria -aunque el PSOE, para guardar las formas, siguió apostando en público por la república-. En la mesa también se sentaron en esa ocasión los ucedistas Rafael Arias Salgado y José Pedro Pérez-Llorca y Gabriel Cisneros, y los socialistas Gregorio Peces-Barba, Enrique Múgica y Luis Gómez Llorente.

Si la actual Constitución, que este 6 de diciembre cumple 40 años, tiene 185 artículos, 25 de ellos se pactaron sobre la mesa del José Luis y fueron aprobados al día siguiente de una tacada durante las negociaciones ortodoxas durante la fase de comisión en el Congreso de los Diputados.

Reservado del restaurante José Luis en el que se reunieron los representantes del PSOE y UCD durante las negociaciones (arriba); placas que recuerdan el momento, situadas a la entrada. / Óscar Chamorro

Conocen bien la historia en el restaurante, que a día de hoy sigue manteniendo su misma estructura y cuyo reservado continúa forrado de piezas de madera pintadas de blanco, el mismo color de los manteles que cubren sus mesas. Ahora luce una placa en la que se puede leer: «En este comedor se reunieron largas noches hasta la madrugada, para conciliar sus diferencias, los que después de compartir pan y vino dieron a luz a la constitución española de 1978».

«Se reunían aquí clandestinamente para que la prensa no les sacara nada. Llegaban en torno a las siete de la tarde al reservado y se iba de madrugada», recuerda Javier Fernández, actual metre del José Luis, en el que trabaja desde 1988. «Fueron bastante sencillos a la hora de comer, no eran muy ostentosos. Algún día tomaban puchero, otro solomillo... A Alfonso Guerra le gustaba la merluza y a Abril el cocido madrileño. Recuerdo que eso me lo contaba mi antiguo jefe», señala en recuerdo de José Luis Ruíz Solaguren, fallecido en 2013, quien sirvió los platos en aquellas cenas.

Después del 'pacto del mantel' y de lograr lo que no habían conseguido de forma oficial los llamados 'padres de la constitución' durante todo el año anterior, Guerra y Abril Martorell salieron juntos del restaurante. Seguirían siendo rivales pero a partir de entonces también serían amigos para siempre (el segundo fallecería en 1998). «Salimos del restaurante y dimos una vuelta, haciendo tiempo hasta las nueve y media, cuando empezaba la comisión parlamentaria. Así nos pasamos unos meses, casi sin dormir», recordaba el histórico dirigente socialista. Una vez despejada la cuestión del mando en el campo de batalla, se acordó sin problemas que la Constitución sería obra del PSOE y de la UCD o, más concretamente, de los dos 'parteros de la Constitución'.

Una semana en Gredos

Meses antes, en marzo, en un escenario más diáfano, con la Sierra de Gredos de fotos, y con otros manteles -en este caso a cuadros- un exministro de Franco (Manuel Fraga) y un dirigente comunista que había pasado por el exilio y la cárcel como Jordi Solé Tura, compartían mesa en el salón del silencio del Parador Nacional de Gredos.

Alejados de la prensa capitolina, que ansiaba conocer cada detalle del texto que estaban negociando y, cuando todavía conceptos como 'nacionalidades', 'aconfesionalidad' o 'libertad sindical' resultaban estridentes, se habían reunido allí Gabriel Cisneros Laborda, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, José Pedro Pérez-Llorca Rodrigo, Gregorio Peces-Barba Martínez, Miquel Roca i Junyent y Fraga y Solé Tura -que ya entonces eran conocidos como 'los padres de la Constitución'-.

Los 'padres de la Constitución' reunidos en el Parador de Gredos.
Los 'padres de la Constitución' reunidos en el Parador de Gredos. / R.C.

Era necesario desbloquear la situación para sacar adelante las más de 3.000 enmiendas que se habían presentado como la intervención del Estado en la economía, ausencia de mención expresa a la Iglesia Católica, un voto particular de los socialistas a favor de la república, el modelo educativo, debate en torno al divorcio y al aborto. Por ello, los diferentes grupos que formaban parte de la Comisión decidieron marcharse a un lugar más tranquilo. Poco a poco, durante aquella semana, se pusieron de acuerdo en las cuestiones principales, aunque todavía quedaba mucho camino por delante.

«Se ve que el aire serrano de Gredos les abrió la mente y fueron capaces de llegar a pactos», recordaba en 2013 Gaspar Vallés, responsable del parador durante la última década. Sabe, por lo que le han contado, que durante su estancia pasaron la mayor parte del tiempo en ese salón. «Si querían que nadie les molestase, acertaron. Imagino que entonces la centralita tendría una sola línea y no sé qué tal funcionaría». También le dijeron que, para despejarse, acostumbraban a pasear alrededor del edificio. «Pero no podían ser paseos muy largos por el frío que hace en esa época del año». Gabriel Cisneros acabó en la cama, con fiebre, y Fraga y Peces Barba derrotaron a los demás al dominó después de revisar a fondo las infinitas enmiendas que había recibido el borrador de la Constitución.

Aún se conserva en el Parador una fotografía original de la reunión y también hay una placa de un nuevo encuentro con los ponentes en el 20 aniversario sobre la misma chimenea que fue testigo privilegiado de la historia de España.

Durmiendo en el despacho

La de José Luis y la de Gredos no fueron las únicas reuniones alejadas de los focos. «Los siete ponentes que elaboraron el primer borrador de Constitución optaron por el secretismo de sus deliberaciones, de las que solo ofrecían a los medios de comunicación pequeños trozos del gran pan que estaban amasando. Los periodistas no estábamos de acuerdo y tratábamos, por todos los medios, de conocer lo que se cocía», recuerda el reportero Bonifacio de la Cuadra.

Fueron meses intensos, de persecución a los políticos de madrugada. El 9 de junio de 1978 se recibió el chivatazo de que los negociadores estaban reunidos en el despacho de abogados de Gregorio Peces-Barba, en la madrileña calle Conde de Xiquena. Los periodistas montaron guardia y lograron sacar algunas fotos en las que se podía ver a Abril Martorell a través del visillo de la ventana del balcón.

Los que estaban dentro del despacho de percataron de la presencia de los periodistas y simularon terminar la reunión a las dos de la mañana, así que poco a poco fueron saliendo Peces-Barba, Alfonso Guerra, José Pedro Pérez Llorca, Gabriel Cisneros, José Luis Meilán y Fernando Abril Martorell para dar la impresión de que simplemenete se trataba de una reunión bilateral UCD-PSOE. Sin embargo, dentro y con las luces apagadas tuvieron que quedarse a dormir los diputados del PNV Xabier Arzalluz y Marcos Vizcaya. Ambos no habían comunicado en el País Vasco su participación en las negociaciones, así que tuvieron que mandarles un coche para ir a recogerles para que nadie se diera cuenta.

Meses después de todo aquello, el 6 de diciembre de 1978, los españoles aprobaban la Constitución con un 87,87% de síes y un 32,89% de abstenciones. Y sin saber cuánto costó redactarla. Pero nunca antes había existido en España una constitución que no fuera impuesta por una parte del país a otra, de unos sobre otros.

Un menú constitucional

«La carta no es muy extensa, muy conveniente para el que no quiera pensar», escribía el cronista gastronómico de ABC Antonio de Obregón en un artículo de 1979 dedicado al restaurante José Luis. En él destaca las judías con almejas, a 450 pesetas; el cocido, a 500; aunque destaca la merluza chipironada (600 pesetas) o el lujoso caviar iraní, a 32 pesetas el gramo -«Nótese que últimamente los restaurantes de moda sirven los alimentos de lujo por gramos», decía el reportaje-.

 

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