Historias de malos perdedores

Lacalle, como jefe de la oposición bloqueante, no tiene precio, pero le cuesta asumir su papel de concejal raso

De la Rosa y Lacalle a la entrada de Las Huelgas en El Curpillos/PCR
De la Rosa y Lacalle a la entrada de Las Huelgas en El Curpillos / PCR
Patricia Carro
PATRICIA CARROBurgos

Y se desató la tormenta. Y algunos, en lugar de refugiarse, esperar a que escampe y aprovechar ese tiempo a cubierto para reflexionar y entender por qué les ha pillado la lluvia a la intemperie y sin un mal paraguas que les guarde, se han unido a truenos y relámpagos cual Poseidón controlando los mares embravecidos de la Antigua Grecia. Y no, no me voy por las ramas con metáforas difíciles de aprehender. Sepan ustedes que me estoy refiriendo al exalcalde de Burgos, y actual concejal portavoz del PP en el Ayuntamiento, Javier Lacalle, que ha demostrado tener un muy mal perder.

Si no, que alguien nos explique a qué se debió su espantada en la Fiesta del Curpillos, de la que desapareció sin dar explicaciones, y dejando bastante malestar a sus espaldas. Lacalle llegó a Las Huelgas con parte de su equipo municipal y compartiendo, unos y otro, transporte con los concejales de Vox (que serán un bloque de centroderecha desunido pero pueden compartir coche) y mantuvo una larga conversación con César Rico (que sigue siendo el hombre fuerte del PP en Burgos pese al revolcón que pretende darle Cs).

Lacalle, como buen estratega que ha demostrado ser a lo largo de su trayectoria política, se hizo el remolón a la hora de entrar a la Misa, intentado hacerlo al mismo tiempo que el nuevo alcalde. Y es que no es fácil llegar a Las Huelgas y que, de repente, la aparición de Daniel de la Rosa te robe todo el protagonismo tras ocho años como alcalde. Y ahí debe estar la clave de su espantada, no querer figurar como concejal raso, pues tras la misa nadie volvió a verle.

Lacalle se ausentó de la procesión del Curpillos sin explicación (al menos a oídos de la que suscribe estas líneas nada ha llegado) y después de haber criticado a De la Rosa por acudir, ahora sí, a un acto religioso del que el PSOE ha venido renegando. Tampoco estuvo Vicente Marañón, quien sigue aspirando a convertirse en alcalde de Burgos en una hipotética moción de censura.

Claro ha quedado que al exalcalde no le ha gustado nada la «anomalía democrática», como él mismo la ha bautizado, de investir a De la Rosa, pues ni le ha concedido la tregua de cien días de cortesía y ha protagonizado alguna que otra deslealtad institucional. La última en Las Huelgas, cuando acudió raudo a saludar a la abadesa, sin acompañar a su sustituto, al que por otra parte se le vio algo perdido en materia de protocolo y algún alma caritativa tuvo que orientar para que no se notase en exceso la novatada.

Lacalle ha demostrado que, mientras siga en el Ayuntamiento, va a hacer una oposición dura, e incluso de bloqueo, tratando de evidenciar la mayoría de bloque centroderecha. Sin embargo, antes tendrán que ser capaces de llegar a acuerdos, algo que de momento se ve difícil, con un Vox reforzado, un Cs desubicado y un PP con muy mal perder.