Gabriel García Márquez, las berenjenas y el amor

Foto ABC, composición Ana Vega./
Foto ABC, composición Ana Vega.

El Nobel colombiano, del que se recuerda estos días su paso por Barcelona, prestó gran importancia a la comida en su obra literaria

ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEA

Acaba de terminar en la capital catalana «El rastro de Gabo en Barcelona», un gran programa de actos celebrados entre el 6 y el 13 de abril para recordar los ocho años que Gabriel García Márquez (1927-2014) vivió en la ciudad. Mesas redondas, talleres y rutas han rendido homenaje a la íntima relación del Nobel colombiano con Barcelona, organizando por ejemplo un recorrido guiado por el barrio de Sarriá en el que se incluyen guiños gastronómicos como la pastelería en la que su agente Carmen Balcells adquiría dulces para los escritores del boom latinoamericano, el mercado o establecimientos que Gabo solía visitar.

Sobre los gustos culinarios de García Márquez y la importancia de los alimentos y la cocina en su obra se podrían escribir muchas páginas. A través de sus libros se desliza un verdadero recetario lleno de sabores y aromas caribeños: sancochos, almojábanas o chicharrones pueblan sus novelas. Desde el chocolate que hacía levitar al cura de Macondo o el café de Aureliano Buendía ('Cien años de soledad') hasta las guayabas que empachan a Bolívar ('El general en su laberinto') o las berenjenas de 'El amor en los tiempos del cólera', presentes de principio a fin en la historia de amor entre Fermina Daza y Florentino Ariza.

Las berenjenas son muy populares en la zona costera del Caribe colombiano y uno de los platos más típicos de la zona es la boronía, íntimamente relacionada con la alboronía o pisto español pero que allí adquiere carta de nacionalidad americana gracias al plátano maduro. En 'El amor en los tiempos del cólera', Fermina Daza acepta inicialmente la proposición de matrimonio de Ariza con una carta escrita en un hoja de cuaderno escolar en la que se lee: «Está bien, me caso con usted si me promete que no me hará comer berenjenas». La aversión de la protagonista a esta hortaliza procedía de su oscuro color morado, que ella asociaba al veneno, y a que en su infancia había vivido un clásico caso de trauma culinario. A los cinco años «su padre la obligó a comerse completa la cazuela prevista para seis personas. Creyó que iba a morir, primero por los vómitos de la berenjena molida, y después por el tazón de aceite de castor que le hicieron tomar a la fuerza para curarla del castigo. Las dos cosas se le quedaron revueltas en la memoria como un solo purgante, tanto por el sabor como por el terror del veneno, y en los almuerzos abominables del palacio del Marqués de Casalduero tenía que apartar la vista para no devolver las atenciones por la náusea glacial del aceite de castor».

Ya casada con el doctor Urbino, Fermina acaba finalmente por coger cariño a las berenjenas después de probarlas en un banquete sin saber lo que estaba comiendo. «Empezó con una buena ración, pero le gustó tanto que repitió con otra igual, y estaba lamentando no servirse la tercera por remilgos de urbanidad, cuando se enteró de que acababa de comerse con un placer insospechado dos platos rebosantes de puré de berenjena». El triunfo de la berenjena se adelanta en varios años al del amor: cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días después de su ruptura, Fermina y Florentino se reencuentran en su primera noche como viuda. Acabarán en un barco con la bandera amarilla del cólera, a salvo de miradas indiscretas y alimentados con berenjenas. «Fermina Daza bajó a las cocinas, entre las ovaciones de la tripulación, y preparó para todos un plato inventado que Florentino Ariza bautizó para él: berenjenas al amor».

Por si tienen curiosidad, el libro precisamente titulado 'Elogio de la berenjena' (Abel González, 2000) incluye una receta para preparar esas berenjenas amorosas. Se lavan y se cortan en rodajas seis berenjenas. Se quitan las semillas y se sumergen en agua salada durante quince minutos. Se escurren, se secan bien y se fríen en aceite muy caliente. Aparte, en una cacerola se dora medio kilo de carne de ternera cortada en daditos y una cebolla en láminas muy finas. Se incorporan las berenjenas y cuatro tomates pelados y cortados en rodajas. Se añade media taza de agua caliente y se sazona con una cucharadita de sal, media de pimienta de cayena, media de canela y una pizca de nuez moscada. Se tapa la cazuela y se deja continuar la cocción a fuego lento hasta que las verduras están tiernas y la carne cocida. En el último momento se echa media taza de garbanzos previamente cocidos, se revuelve para mezclar y se sirve bien caliente.