John Elliott publica 'Catalanes y Escoceses'

El historiador británico John Elliott./Archivo
El historiador británico John Elliott. / Archivo

Uno de los grandes hispanistas presenta una historia comparada de los retos de las 'monarquías compuestas' para integrar su diversidad regional

IÑIGO GURRUCHAGALondres

Cuenta John Elliott en 'Haciendo Historia' que, después de que el historiador francés Fernand Braudel intentara disuadirle de iniciar su vida profesional investigando la decadencia de España y la figura del conde-duque de Olivares, porque era un asunto «sobre el que se pueden adivinar las conclusiones generales de antemano», su profesor en Cambridge, Herbert Butterfield, le persuadió de la importancia de explorar un asunto en profundidad para «reconstruir cómo y por qué las cosas se desarrollaron así».

Las conclusiones generales de su nuevo libro, 'Catalanes y Escoceses, Unión y Discordia', que sale a la venta el 18 de octubre, también podrían adivinarse. Sir John Huxtable Elliott, premio Príncipe de Asturias 1996, condecorado en 1999 con la Creu de San Jordi, señala «la incapacidad o falta de voluntad» de la clase política española para transformar «la unidad y diversidad escritas en la Constitución en un proyecto coherente», pero achaca «la responsabilidad principal de la situación trágica» entre la comunidad autónoma y el resto de España «a parte del 'establishment' catalán».

Una vez que las conclusiones han sido aireadas, los lectores de este libro ya publicado en inglés pueden adentrarse en sus 280 páginas- más abundantes notas bibliográficas- de la mano de un historiador frío que, como en sus estudios anteriores sobre la España Imperial, las divisiones europeas en el siglo XVI o la presencia española y británica en América, es, siguiendo el ejemplo de Braudel, un historiador total, con una escritura elegante por su sencillez.

El eje de esta historia comparada es la evolución de Escocia y Cataluña, que tuvieron en la Edad Medieval monarquías y formas de organización política y social diferenciadas, cuando fueron integradas por derrotas militares o desastres económicos en estados dominados por otro viejo y vecino reino más populoso (Inglaterra y Castilla), y de las iniciativas de las nuevas 'monarquías compuestas' para lograr una unidad nacional «de mentes y de corazones', según la ambición de Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia.

En ambos casos, a la construcción de mitos sobre el origen étnico y político que es común a múltiples geografías se añade la evocación posterior de un pasado esplendoroso en el que la confederada Corona de Aragón creó un imperio marítimo en el Mediterráneo y Escocia era un país con relaciones comerciales y políticas con otros reinos europeos. Incluyó también la nostalgia por un tiempo en el que reyes o condes gobernaban mediante una relación política contractual con sus administrados. En el libro es matizada por la descripción del carácter oligárquico de aquellas instituciones.

Centralización

Hay coincidencias en el tiempo de vicisitudes posteriores. La unión de las coronas llega con formas diferentes de gobernación. Mientras el rey Jacobo crea un Consejo Privado como administración 'autonómica' de Escocia, Felipe II- que como el rey británico mantiene las constituciones legales propias de la región- envía virreyes. Y en ambos reinos se producen disputas sobre nacionalidad, que afectan a la integración de escoceses o catalanes en la administración o el provecho económico de la expansión imperial.

La ruina de nobles y comerciantes escoceses en una aventura colonial en Panamá llevó a la unión de los parlamentos en 1707. En Cataluña la unión llegó por la derrota militar de los austrias en la Guerra de Sucesión y el reparto europeo en el Tratado de Utrech, de 1713, que legitima a la dinastía borbónica en Madrid. Olivares es el hacedor de una España unitaria, centralizada, que no tiene en las Cortes de Castilla un control efectivo ni el carácter plurinacional del Parlamento británico.

La paradoja en ambas regiones es que, tras los pleitos dinásticos, a los que la Escocia presbiteriana añade el agravio religioso y Cataluña el lingüístico, la nueva estructura favorece la economía local mediante el aprovechamiento de un mercado nacional que protege sus industrias. Los escoceses, que a diferencia de los catalanes tienen una tradición emigrante, obtienen mayor integración paulatinamente en las aventuras imperiales, en el Caribe, norte de América o India.

El historiador de la guerra Michael Howard, predecesor de John Elliott como 'Regius Professor' de Historia Moderna en Oxford, afirma que «no hay nada como la presencia de soldados extranjeros para fomentar el sentimiento nacional» y en esta obra Elliott afirma que la resistencia a Napoléon Bonaparte fomentó un 'patriotismo dual' (escocés y británico, catalán y español) en ambas regiones.

Pero la inestabilidad política de España en el siglo XIX dificulta el entendimiento con una Cataluña que se ha convertido en la región económicamente más desarrollada. Mientras que Escocia se moderniza en un Reino Unido que se expande en un 'imperio asociativo', el liberalismo español que quiere regenerar en el país y rescatarlo de su decadencia adopta el ejemplo de la centralización francesa. La monarquía española envía militares para gobernar la honda transformación de la sociedad catalana.

Imprevistos

En la Gran Bretaña integrada, soldados escoceses eran expulsados de los teatros de Londres al grito de 'escoceses, fuera', pero seis de los once primeros ministros entre 1865 y 1935 fueron escoceses por nacimiento u origen. De los 183 ministros españoles entre 1902 y 1931, 13 eran catalanes. A la pérdida de las exportaciones a Cuba y Filipinas, la burguesía catalana respondió con la emergencia de un regionalismo empeñado en la reforma de España, que no llegó a ningún puerto.

En el siglo XX, la pérdida imperial fue sustituida en Reino Unido por el orgullo en la defensa de la libertad frente a Hitler y por la creación de un amplio sistema de protección social en el que Escocia encontró una nueva identidad de integración. En España, al desorden de la República y las agudas divisiones de la sociedad catalana le siguió la dictadura centralista de Franco. Pero Cataluña y Escocia recuperaron su Parlamento y un alto nivel de autonomía al final del siglo.

El autor de esta historia comparada reconoce que no puede predecirse cuándo ni por qué surgen tan intensas reivindicaciones nacionalistas, basadas «en la fuerza del sentimiento y la emoción». Ni los argumentos razonados sobre los beneficios de la integración obtenidos por ambas regiones ni la creación de autonomías no ha disuelto las tensiones, como sus promotores predecían. El independentismo ha surgido en un momento de crisis de ambos sistemas de gobierno, basados en el bipartidismo, en un contexto de grave crisis política y económica.

En su delicioso recorrido por el oficio de historiador, John Elliot escribía en 'Haciendo Historia': «No creo que sea imposible que la historia del Imperio Austro-Húngaro o de la monarquía compuesta de la Casa de Austria en España, relegados ambos al basurero de la Historia, tengan aún algo que decir en una era diferente». En esta nueva obra afirma que «el diálogo no puede solo resolver problemas de mutuo acomodo, de larga duración y complejos, pero, cuando cesa el diálogo, se elimina un obstáculo más en el camino a la independencia, y la secesión está más acerca de ser la respuesta final».

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