Un restaurante español en las antípodas

El Spanish Restaurant de los Parer (Bourke Street, Melbourne) a finales del siglo XIX./Parer History
El Spanish Restaurant de los Parer (Bourke Street, Melbourne) a finales del siglo XIX. / Parer History

Abierto en Melbourne en 1862, el Spanish Restaurant fue uno de los primeros negocios de la saga Parer, familia de origen catalán que hizo fortuna en la hostelería australiana

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

Con la gastronomía española aupada a la élite mundial y las tapas convertidas en un concepto global, resulta curioso preguntarse cuándo comenzamos a exportar nuestra cocina. Mucho antes de lo que pensamos, sin duda. Tendríamos que remontarnos hasta la Edad Media y el Renacimiento para ver el éxito internacional de algunos platos de origen español como el manjar blanco o la olla podrida, y al siglo XIX para ser testigos de la apertura de los primeros restaurantes promocionados en el extranjero como «de cocina española». Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Cuba, Argentina o México fueron los destinos elegidos por muchos emigrantes para abrir un negocio hostelero, pero sin duda alguna el que nos trae hoy aquí fue uno de los más antiguos y más lejanos. Abierto 122 años antes de que Ferrán Adriá pusiera un pie en El Bulli y comenzara la revolución culinaria que llevaría a nuestra gastronomía a la cúspide; 129 años antes de que un joven José Andrés llegara a los EEUU y diera allí a conocer la cocina española.

En 1862 ya hubo un restaurante típico español nada menos que en las antípodas, el 'Spanish Restaurant & Victoria Baths' de Melbourne (Australia). Hasta el otro lado del mundo habían viajado unos años antes los hermanos Parer, decididos a hacer fortuna en el mundo de la hostelería. Josep Parer Bosch y Francisco Parer Xicola, hermanastros oriundos de Alella (Barcelona), habían salido muy jóvenes de su pueblo rumbo a Uruguay. Como tantos otros emigrantes de la época vivieron un sin fin de penalidades y, hartos de desventuras, decidieron volverse a su tierra natal. Con poco o ningún dinero en el bolsillo se embarcaron en un barco rumbo a Europa, gratis pero a cambio de trabajar y de aguantar la larga travesía que les llevaría de vuelta a casa parando en un sinfín de puertos comerciales. Hartos de la eterna singladura o atraídos por la fiebre del oro desembarcaron en tierras australianas el 29 de marzo de 1855, pensando en hacer algún dinero antes de retornar a España. Y allí se quedaron, primero en Sidney donde pusieron una granja avícola que acabó en desastre financiero, y después en Melbourne, lugar en el que vivieron por un tiempo en una chabola antes de conocer a quien cambiaría su destino: un cocinero francés tan pobre como ellos. Juntos comenzaron un pequeño negocio de venta de panes y bollería que vendían de forma ambulante en las calles de la ciudad, ahorrando poco a poco un capital con el que harían venir de Alella a muchos otros hermanos como Estevan, Juan, Felipe, Antonio, Josefa, Juana…

Los Parer se dedicaron todos al negocio de la hostelería, montando gracias a su duro trabajo un emporio familiar que en 1900 contaba con veinte establecimientos entre hoteles, cafés y restaurantes. Más tarde se expandirían por otras ciudades y regiones de Australia, pero fue en Melbourne donde tuvieron sus locales más representativos: el hotel Duque de la Victoria (1858) y el Spanish Restaurant (1862), ambos en la importante calle Bourke.

Primera generación de los Parer, en torno a 1900.
Primera generación de los Parer, en torno a 1900. / Parer History

El restaurante español fue propiedad concretamente de Estevan Parer y su socio, Martín Arenas, y en 1879 la prensa local ya lo reseñaba como uno de los mejores comedores de la ciudad. Tenían nueve cocineros y servían a unos seiscientos clientes al día usando productos de su propia granja (huevos, carne, frutas y verduras) o importados desde España. «Su vino tinto es mejor que cualquier otro, y el blanco mejor que muchos jereces caros», decía un artículo del periódico Age of Melbourne (26 de julio de 1879). Aunque no tenemos datos concretos de los platos que ofrecían, es probable que se adaptaran al gusto de su país de adopción y mezclaran algunos clásicos de la dieta mediterránea con lo que los clientes australianos de aquel entonces esperaban de un restaurante: sopa y bistec. Haciendo cocina-fusión por obligación y plegándose amablemente a lo que pedía su público, los restaurantes españoles de entonces consiguieron de todos modos que nuestra gastronomía comenzara a levantar vuelo.

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