Los tiempos que cambiaron a Dylan

Un repaso a los cambios que han jalonado la carrera del cantante y que han configurado una trayectoria de lo más atípica

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Eloy de la Pisa
ELOY DE LA PISA

En teoría, acotar la trayectoria de un tipo que publicó su primer disco en 1961 debería ser un proyecto condenado a preguntar sobre respuestas que se mecen en el viento. 57 años de producción artística son muchos años, y han dado paso a cambios radicales, a movimientos medidos y buscados e, incluso, a esbozos para recuperar tiempos que debieron cambiar, pero que al final solo cambiaron realmente al que avisaba de que iban a cambiar. En casi seis decenios, Bob Dylan ha pasado por casi todos los estilos musicales. Su prodigiosa memoria le fuerza una y otra vez a dar saltos en la manera de concebir su proyecto artístico. Y más allá de su archiconocido salto del folk al rock o de su paso por el cristianismo –que es muy discutible–, hay otros momentos en los que la mezcla de confusiones de su efervescente cerebro provocan aparentes giros que luego, en el fondo, no son tales.

Veámoslo

Está admitido como dogma de fe que el primer gran giro de Dylan se produjo en el festival folk de Newport, 1965, cuando ante los abucheos por la presencia de guitarras eléctricas en su actuación, Dylan regresó solo al escenario empuñando una acústica y se despachó interpretando ‘It’s all over now, baby blue’. Es cierto. Hay pocas dudas sobre este primer cambio de paso. A Dylan en ese momento le había dejado marcado el dominio de los Beatles en las listas de éxito y consideraba que para ser tan grande como ellos era necesario un nuevo registro. Probablemente Dylan dio ese salto convencido de que debía darlo, de que era el proceso natural a su capacidad artística. Lo que es seguro es que los que pensaran sus seguidores le traía bastante al pairo.

El cambio de estilo, las críticas o vaya usted a saber qué provocaron en Dylan una fiebre creativa espectacular. En poco más de dos años creó tres álbumes claves en la historia del rock: ‘Bringin’ it all back home’, ‘Highway 61 revisited’ y ‘Blonde on blonde’. Estaba enfilado hacia lo más alto, a superar a los Beatles… pero hay cosas que un hombre no puede controlar. Y entre ellas está la rueda trasera de una Triumph lanzada a toda velocidad por una solitaria carretera del Medio Oeste una cálida tarde de finales del verano.

La época cristianade Dylan no dejó grandes canciones, pero sí un buen disco: ‘Slow train coming’

El accidente de motocicleta casi mata a Dylan. Es 1966 y del periodo de recuperación nace la segunda gran etapa de Dylan. La velocidad, la carretera, las giras, el tornado que era su vida da paso a la época bucólica, cuasi pastoril, en la que se refugia en su rancho con Sara y los niños. Acabamos de entrar en el country y, sobre todo, en los albores de lo que acabaría desembocando en su supuesta conversion. Pero no adelantemos, que estos años son claves.

1981. Múnich (Alemania).
1981. Múnich (Alemania). / Frank Leonhard/Efe

Además de ser tan grande como la banda de Liverpool, Dylan suspiraba por ser reconocido en el mundo del country. Quizá para el europeo medio sea difícil calibrar la importancia que este estilo de música tiene para la mayoría de los estadounidenses, pero para un cantante de Minesota, que el mundo del country te considere una referencia es tocar una parte del cielo. Así que sentado en el porche, con la guitarra dejándose ir entre sus manos y los chicos de The Band –canadienses ellos–, como huéspedes, el momento de intentar el segundo giro era evidente. Discos como ‘John Wesley Harding’ o ‘Nashville skyline’ o ‘New morning’ no le dieron el reconocimiento en las emisoras country, pero le valieron para autoafirmarse de que él si valía para eso. Y en esos trabajos empiezan a vislumbrarse las claves de su trabajo posterior. Empiezan a entrar en su obra géneros musicales que él siempre había admirado, pero que nunca había abordado de manera explícita. Es el caso del jazz en ‘If dogs run free’, por ejemplo. O el homenaje al góspel que plasma en la contraportada de esa ‘Nueva mañana’.

Entra Dylan en ese momento en lo que es su segundo gran periodo, que abarca todos los años de la década de los 70. El country, el rock, el dirtecto y la fuerza que le proporciona The Band dan como resultado los llamados por Paul Williams «años de madurez». Son tiempos en los que Dylan, hasta la llegada de ‘Hurricane’, no domina lista alguna de éxitos, pero en los que todo lo que crea tiene trascendencia. A corto y a medio plazo.

Dylan ha vuelto a la carretera, nace la ‘Rolling Thunder Revue’ y llena estadios por doquier. Joan Baez y él tocan de nuevo juntos, se disfraza o maquilla para salir a escena y la parte más chaplinesca de su personalidad toma el mando por momentos.

Pero algo se está gestando en las profundidades del genio. Dylan siente la necesidad de volver a dar un golpe al monomando que rige su vena artística. Bueno, siente o considera, que nunca ha quedado muy claro si el paso siguiente lo dio por convencimiento o por provocar. Argumentos a favor de una u otra teoría hay. Si nos acogemos al convencimiento, el espejo es el rock bíblico de mediados/finales de la década de los sesenta; si nos inclinamos por la provocación, no hay más que fijarse en ‘Selfportrait’, el album de 1970.

El productor Daniel Lanois supo, o pudo, recuperar en ‘Time out mind’ la fuerza creativa de un cantante despistado

Da igual. En el fondo tampoco es lo más relevante. El caso es que llega 1979 y en la prensa se empieza a leer que Dylan se ha metido en el estudio con Mark Knopfler y que lo que se está creando en los estudios Muscle Shoals de Alabama es algo diferente. ¡Y tan diferente! Es ‘Slow train coming’ (‘El tren que llega lentamente’) el primer disco de la trilogía cristiana de Dylan. El judío nacido como Zimmerman se ha convertido y llegará a tocar delante del Papa, invitado por Juan Pablo II. El mundo de la música se echa las manos a la cabeza y muchos seguidores abjuran de su fe dylaniana. Al de Duluth le da absolutamente igual.

1998. Festival Doctor Music (Escalarre, Lérida).
1998. Festival Doctor Music (Escalarre, Lérida). / laurent Ais/Efe

Dylan nunca ha dejado suficientemente claras las razones que le condujeron de un trabajo como ‘Desire’ o de canciones como ‘Hurricane’, a obras tan menores como ‘Saved’ o ‘Shot of love’.

–¿Menores, obras menores ha dicho usted?

–Sí, obras menores. ‘Slow…’ tiene un pase por la presencia de Knopfler, pero de los dos últimos citados no se salva mucho.

–Pues ya me explicará usted porque el ‘bootleg’ sobre esa época ha sido un éxito.

–Música fácil de oír, textos sencillos que se escuchan sin más, aire góspel…. Si no digo que sean malos, solo que son menores.

Como tantas veces pasa en la industria de la música, todos los artistas pueden presumir de tener en su repertorio temas durmientes, canciones que pasan desapercibidas en su momento y que con los años reviven. Algo así ha ocurrido con las canciones de los años apocalípticos en los que el Señor salvaba a Dylan, le hería de amor o le conducía por el Paraiso para convertirle en su propiedad.

Afortunadamente, la etapa no fue duradera, y con la llegada de 1983 Dylan vuelve a cambiar de registro. O vuelve a las raíces. O sabe Dios qué, porque con este hombre etiquetar momentos es muy complicado en ocasiones. El caso es que Dylan se vuelve de nuevo cantautor –a su manera– y arranca lo que parece una nueva época. Pues no. El gozo, al pozo. ‘Infidels’, el trabajo que parecía romper con la anterior etapa, es solo una disgresión, el ultimo soplo de aire antes de entrar de lleno en la época oscura, ininteligible, de su carrera. Tan extraña que es hasta difícil escribir de ella.

2011. Tel Aviv (Israel).
2011. Tel Aviv (Israel). / Abir Sultan/Efe

¿Por qué a Dylan le dio por publicar álbumes en los que apenas unas pocas canciones eran suyas, álbumes oscuros, ininteligibles? ¿Por qué cambió su manera de cantar? ¿Por qué hizo lo que hizo? En esos tiempos, 1986, no había más contestación a la pregunta que ampararse en la cosas de un genio, en el travestismo artístico de este hombre, en su necesidad de reiventarse... El caso es que ‘Knocked out loaded’ y ‘Down in the groove’ son tan menores como los de su etapa cristiana pero con una salvedad: si les unes a los dos trabajos en los que revisa el folk y el blues –‘Good as I been to you’ y ‘World gone wrong’–, te encuentras con que Dylan ya andaba a mediados de los 90 explorando el terreno de lo que sería la época en la que anda ahora, con versiones de clásicos populares, y fascinación por Sinatra.

En fin, el caso es que después de tanto experimento y martingala, Dylan decidió recuperarse a sí mismo y de la mano de Daniel Lanois inauguró con ‘Time out mind’ en 1997 la que por ahora es la última gran fase creativa de su longeva carrera. El sur, como en sus inicios, vuelve a ser capital en las composiciones y en los sonidos. Dylan ya recita más que cantar, y cuando en directo versionea sus propias canciones les da un toque blues que a muchos les impide reconocer lo que están oyendo.

Y él, que aventuró que los tiempos estaban cambiando y no tardó en comprender que era a él al que el tiempo iba a cambiar, seguirá subido allá en lo alto del escenario. Hierático, impasible, consciente de su poder y de su carisma. ¿Hay muchos cantantes de los 60 que agoten entradas en cuestión de horas? Pues eso.

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