Mueller cree que Trump puede ser enjuiciado cuando deje el cargo

Robert Mueller. /Reuters
Robert Mueller. / Reuters

El fiscal general insiste en que su informe no exoneró al presidente del delito de obstrucción a la justicia

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

Desde este miércoles Donald Trump tiene una razón más para concentrarse en ganar la reelección. El fiscal especial Robert Mueller confirmó al Congreso que el único motivo por el que no consideró acusar al mandatario de obstrucción a la justicia durante su investigación sobre la trama rusa es porque la opinión legal del Departamento de Justicia se lo impedía, al haberle advertido de que no se puede acusar de nada a un presidente en activo. Sin embargo, fue contundente al confirmar que «en teoría» puede ser enjuiciado cuando deje el cargo.

Por si el próximo fiscal general se anima a presentar cargos, Mueller y su equipo se lo han puesto fácil. En «interés público», su oficina dedicó 182 páginas del informe presentado a final de marzo a documentar concienzudamente las situaciones en las que Trump intentó interferir con la investigación. El objetivo explícito era «preservar las evidencias mientras las memorias están frescas y la documentación material disponible», escribió.

El delito de obstrucción a la justicia expira a los cinco años, por lo que el presidente evadiría todo el peso de la ley si renueva su mandato en noviembre del año que viene. Como fiscal, Mueller cree que fue privado de la principal herramienta para hacer su trabajo, la capacidad para presentar cargos contra el presidente, pero se reafirmó en que «la Constitución requiere otro tipo de proceso, distinto al sistema de justicia criminal, para acusar a un presidente en activo de cualquier mal», como dijera el 29 de mayo en la única declaración pública que había hecho hasta ayer sobre esta investigación.

Este miércoles evitó mencionar expresamente la palabra 'impeachment', pese a que la congresista texana Veronica Escobar le presionó con diez preguntas seguidas, pero admitió que esa es una de las fórmulas que prevé la Constitución para disciplinar a un presidente mientras esté en el cargo. La pelota estaría por tanto en manos del Congreso, donde su portavoz Nancy Pelosi se resiste a iniciar el juicio político contra Trump al menos hasta después de las elecciones. Si estas dieran al Partido Demócrata el control de las dos cámaras, la partida cambiaría, incluso si Trump gana la reelección.

Fue una de las pocas satisfacciones que el fiscal especial dio este miércoles a los demócratas que han buscado con ahínco su testimonio. Durante dos años su investigación concentró todas las esperanzas de abortar la presidencia de Trump. Muchos esperaban que conectase las evidencias entre su campaña y el trabajo de los hackers rusos. Cuando menos, que arremetiese contra él por haber intentado frenar su investigación, como ya testificó el exdirector del FBI James Comey, a quien Trump despidió «por la cosa esa rusa».

No fue ni lo uno, ni lo otro. La mayoría ha aceptado que, pese a las buenas diligencias de su equipo, no hay pruebas de que Trump o su equipo conspirasen con un gobierno extranjero para ganar las elecciones. Otra cosa es aceptar el comportamiento de un presidente que actúa como un matón para impedir que se investiguen sus asuntos. Ahí es donde esperaban ilusamente la colaboración de este veterano de Vietnam y ex director del FBI, amante del orden establecido y de las instituciones. Mueller, un republicano de hueso colorado, que este miércoles sufrió el azote de sus correligionarios, se había resistido con todas sus fuerzas a testificar y ahora se entiende por qué.

A punto de cumplir los 75 años, compareció frágil y desorientado. Titubeaba y vacilaba, como aturdido. No había rastro del astuto sabueso de ágiles reflejos que sus colaboradores habían conocido en el pasado. Era incapaz de seguir el hilo de las preguntas, pedía una y otra vez que se las repitieran. Desconocía su propio informe y hasta las leyes que ha defendido toda su vida en los altos cargos del Departamento de Justicia. Además, como experto constitucionalista y amante de un orden pasado, ha hecho cuanto ha estado en su mano por ausentarse del debate político que ha rodeado su investigación sobre la trama rusa.

Ese es el único aspecto sobre el que se permitió hablar brevemente más allá de los monosílabos. Mueller cree que la interferencia rusa está probada y supone una amenaza para el país. Más allá de negar que su investigación haya sido la «caza de brujas» que clama el presidente, o que buscase el cargo de director del FBI, no quiere contribuir a la grilla política ni leyendo su propio informe en cámara, que tuvo que ser citado por los congresistas. Son ahora las actrices de Hollywood y otras celebridades las que lo leen en las plazas públicas durante jornadas maratónicas, para que algo de las 448 páginas que desglosan la conducta del presidente más irreverente que se haya visto cale antes de que las próximas elecciones. Ese será el verdadero juicio de Trump.