El príncipe de las tinieblas

Mohamed bin Salmán./Reuters
Mohamed bin Salmán. / Reuters

Varios miembros del grupo de asesinos de Estambul están en la guardia personal del hijo favorito del rey y admirador de Putin

MIKEL AYESTARÁNJerusalén

A sus 33 años, Mohamed bin Salmán (MBS) se ha consolidado en apenas 18 meses como el hombre de confianza de Donald Trump y Benyamin Netanyahu en la lucha contra Irán, pero a quien realmente admira el heredero es a Vladímir Putin. El portal Middle East Eye reveló que cuando estalló el escándalo del envenenamiento de Serguéi Skripal, el príncipe preguntó en el transcurso de una reunión: «¿Cómo se las arregla Putin para secuestrar y asesinar a sus opositores en Londres y no sufrir consecuencia alguna?». Al jefe del Kremlin no le pasó desapercibida la admiración, ni la oportunidad de seguir expandiendo su influencia en la región y por eso, a diferencia de EE UU, cuyo secretario del Tesoro se sumó al boicot al 'Davos del desierto' de la próxima semana, Rusia acudirá a la importante cumbre económica.

El asesinato de Jamal Khashoggi en el Consulado saudí de Estambul el día 2 está provocando una fuerte conmoción mundial. Se trata de un crimen que salpica directamente a MBS ya que varios miembros del equipo de 15 agentes que viajaron a la ciudad turca para matar al periodista integran su guardia personal.

La carta de presentación al mundo de MBS fue el proyecto 'Visión 2030', que pretende que Arabia Saudí deje de depender del petróleo para ese año y busca para ello traer inversión extranjera. La muerte de Khashoggi no ayudará. Después llegaron sus decretos para permitir a las mujeres conducir y la apertura de salas de cine. Aquí se acaba la cara amable y mediática de un príncipe que se ha mostrado más autoritario que reformista y, sobre todo, más impulsivo que calculador. Un futuro rey que, como ministro de Defensa, es también el máximo responsable de la guerra en Yemen, que deja 16.000 muertos y un país sumido en la hambruna.

Hace un año no le tembló la mano a la hora de apresar a más de doscientas personas acusadas de corrupción, entre ellas varios príncipes de la familia real y ministros. Convirtió el lujoso Ritz-Carlton en prisión y, sin necesidad de abogados o jueces, les obligó a devolver parte de sus enormes fortunas. Un mes después ordenó retener al primer ministro libanés, Saad Hariri, de viaje en Riad, para mostrarle su descontento por considerarlo blando con Hezbolá, partido milicia chií próximo a Irán. Otra decisión que lleva su sello es el bloqueo a Catar, vecino al que acusa de «promover el terrorismo» en la región por su tolerancia con los Hermanos Musulmanes.

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