Putin alcanza 20 años al mando de una Rusia instalada en el militarismo

Vladímir Putin. /Efe
Vladímir Putin. / Efe

El exagente del KGB no tiene intención de retirarse en 2024, como contempla la ley, y ya busca fórmulas para poder mantener el poder

RAFAEL M. MAÑUECOCorresponsal en Moscú (Rusia)

El 9 de agosto de 1999, Vladímir Putin fue nombrado primer ministro por el entonces presidente Borís Yeltsin. Durante el año anterior, había ocupado la dirección del Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB). El nombramiento, según la Constitución del país, significa convertirse en la segunda personalidad del Estado y, dadas las circunstancias de entonces, en el candidato con más posibilidades de suceder a Yeltsin. Y así sucedió.

Pero, para demostrar que era el hombre llamado a dirigir los designios de Rusia, Putin tuvo que acometer su primera gran tarea: poner fin a los desmanes de una Chechenia islamizada e independiente de facto. No en vano fue puesto al frente del Gobierno inmediatamente después de que dos relevantes figuras de la dirección chechena, Shamil Basáyev y Amir Hattab, lanzaran un ataque armado para anexionarse Daguestán con el objetivo de crear un gran emirato en el Cáucaso Norte.

La irrupción de Putin supuso el comienzo de la «segunda guerra chechena» y a caballo de esa contienda llegó al Kremlin. Después puso a su servicio a los oligarcas, depuró a los díscolos (desterrándolos o encarcelándolos), cercenó la libertad de prensa, devaluó la democracia y emprendió la senda del rearme.

Actualmente, Rusia vuelve a ser el adversario de Occidente en una nueva «guerra fría» que acaba de enterrar el Tratado de Limitación de Armas Nucleares de Alcance Intermedio (INF según sus siglas en inglés) y mantiene fuerzas en Siria, Ucrania, Venezuela, Libia y otros países africanos. Mientras, se intensifica la represión contra la desarbolada oposición al Kremlin y se encarcela a sus líderes principales.

El veto a los candidatos opositores que pretendían participar en los comicios a la asamblea legislativa de Moscú el próximo 8 de septiembre ha provocado un movimiento de protesta que se están intentando extinguir mediante la fuerza, la intimidación y, según el principal líder de la oposición, Alexéi Navalni, con un intento de envenenarle directamente en la prisión, donde cumple una nueva condena de 30 días.

Los medios de comunicación fieles al Kremlin, no obstante, ensalzan la figura de Putin, cuya popularidad sigue alta pese a haber descendido en los últimos meses. Al presidente ruso, que cumplirá 67 años en octubre, se le considera el artífice del «resurgimiento» de Rusia como gran potencia y el catalizador del «milagro económico» de la pasada década cuando los precios del petróleo, materia prima que el gran país eslavo exporta a gran escala, alcanzaron máximos históricos.

Ahora la situación es bien diferente por culpa de las sanciones que Europa, EEUU, Canadá, Australia y Japón adoptaron contra Moscú por la anexión de Crimea y la injerencia armada en el este de Ucrania. La economía rusa, siendo aún robusta, se debilita y el nivel de vida de la población empeora, factor que está contribuyendo a crear malestar y a atizar las protestas.

Pero Putin no da señales de estar dispuesto a modificar su línea. Ya ha advertido que continuará instalado en el militarismo, modernizando la armas actuales y creando nuevas, y seguirá impidiendo que revueltas como los acaecidas en Ucrania o Georgia «siembren el caos en Rusia». Su actual mandato expira en 2024 y la Constitución no le permite presentarse de nuevo a unas presidenciales, pero los politólogos creen que ideará algún procedimiento para seguir mandando. Bien como primer ministro, algo que ya hizo entre 2008 y 2012, bien modificando la Carta Magna o tratando de instaurar un estado unitario con la vecina Bielorrusia.