Conectar con los orígenes religiosos

Una familia residente en Burgos celebra el bautizo ortodoxo de su hija, un ritual que presenta diferencias con el católico pese a formar parte de la misma religión

Bautizo ortodoxo en la capital burgalesa. /Ridcardo Ordóñez / ICAL
Bautizo ortodoxo en la capital burgalesa. / Ridcardo Ordóñez / ICAL
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En pleno mes de abril, con el inicio de la Semana Santa, mientras las distintas cofradías burgalesas llenan las calles de la ciudad con sus pasos y procesiones, una familia decide bautizar a su hija pequeña por el rito ortodoxo. La familia, residente en Burgos desde hace más de diez años, está formada por un padre dominicano, Johanniel Segura, y una madre de origen rumano, Ramona Lupu. Desde hace ya nueve años, tienen una hija en común, Anabel. Hace tres meses y medio nació su hija pequeña, Sofía, que es la protagonista de la fiesta que ha tenido lugar este sábado.

La madre de la pequeña, residente en Burgos desde hace 13 años, tenía muy claro que quería bautizar a sus hijas, pese a que ella no es practicante. Ramona asegura que a pesar de esto, sí que tiene «sus creencias» y para ella era muy importante que sus hijas recibieran el bautismo. Asimismo, asegura que el nacimiento de Sofía le ha «acercado de nuevo a la religión», puesto que con motivo de los preparativos previos al evento, la familia tuvo que acudir cada semana a la celebración de la misa.

La joven madre afirma además que no se lo esperaba, pero volver a asistir a estas ceremonias le ha «gustado» porque le ha permitido volver a «conectar con su infancia», cuando acudía a las misas que se celebraban en Rumanía con sus padres.

La pequeña Sofía, de tres meses y medio, un calco de su hermana mayor, ha recibido el bautismo esta tarde en la Parroquia Ortodoxa Rumana Santos Apóstoles Pedro y Pablo de Burgos, situada en la Plaza Santa Teresa de Burgos, a la espera de la construcción de una iglesia Ortodoxa en la ciudad.

El Cisma de Oriente y Occidente, o también denominado Gran Cisma, fue el evento que separó de manera definitiva a la Iglesia Católica y la Ortodoxa. Este suceso tuvo lugar en el años 1054, cuando el pontífice de Iglesia occidental en Roma y el jerarca de la Iglesia oriental en Constantinopla se excomulgaron debido a diferencias teológicas y políticas entre ellos. A partir de este momento, ambas iglesias separaron sus caminos, una separación que perdura hasta hoy.

El cisma motivó además que ambas iglesias, pese a compartir el cristianismo, desarrollaran una serie de diferencias, especialmente dentro de sus distintos sacramentos. Uno de los que más llama la atención es el bautismo. La iglesia católica moja con agua a los pequeños en la cabeza, sobre la pila bautismal. Sin embargo, en los bautizos ortodoxos, los pequeños, desprovistos de ropa, son sumergidos por el cura en la pila bautismal hasta en tres ocasiones, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Esta triple inmersión también simboliza la muerte y el renacimiento de cristo.

Ricardo Ordóñez / ICAL

Según cuenta la madre de la pequeña Sofía, los ortodoxos bautizan a sus hijos «para que pierdan los pecados que les transmiten los padres al nacer». Además, el día de la celebración del sacramento, el cura corta tres mechones de pelo del pequeño o pequeña, también en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y supone además un símbolo de confiar a Dios el destino de la persona bautizada.

Otra de las diferencias que presenta con respecto al bautismo católico son los padrinos. Estos son los encargados de transmitir a los niños los valores de la fe cristiana y de guiarlos por el camino correcto. Normalmente, se suelen elegir familiares o personas cercanas a la familia, que tienen que ser también ortodoxos, y además «si son dos deben estar casados», cuenta la madre, sino el padrino o madrina sería solo una persona.

Lupu asegura que su intención es acercar más a sus hijas a su religión, y agradece que el bautizo de la pequeña haya servido para esto, especialmente para que la mayor vaya conociendo más acerca de sus orígenes y de su religión. Asimismo, recuerda que de joven ella fue educada de una manera muy religiosa, puesto que en Rumanía la gente es muy devota y rememora que, cuando vivía allí, todos los domingos «las iglesias se llenaban de gente». Sin embargo, lamenta haber perdido parte de esas costumbres tras su llegada a España y afirma que tratará de acudir a misa por lo menos «una vez al mes» acompañada de sus pequeñas.