«Las mujeres gitanas estamos abriendo una brecha y la generación siguiente será distinta»

Reyes Rivas, Jennifer Motos, Margarita Arias, Sara Barrul y Carmen Borja, en el bar Milano, su punto de encuentro en Pajarillos. /Alberto Mingueza
Reyes Rivas, Jennifer Motos, Margarita Arias, Sara Barrul y Carmen Borja, en el bar Milano, su punto de encuentro en Pajarillos. / Alberto Mingueza

Más de un centenar de mujeres, muchas de ellas gitanas, participan en Pajarillos, San Isidro y Las Flores en programas socioeducativos y de dinamización comunitaria

Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINASValladolid

Cuando se les propone hacer la entrevista deciden que sea en un bar, el Milano, en los Pajarillos. Y no es por casualidad. Sara Barrul, una de las tres mujeres gitanas que protagonizan este relato junto a sus compañeras de grupo y a las dos técnicas municipales, explica que hacerla en el Centro de Acción Social «sería como evocar un poco el principio, cómo empezamos, el origen». Y de eso nada. «Es como que te atrasa y yo he avanzado, he salido de ahí y me veo más cómoda en un sitio público». Y las demás asienten. Margarita Arias, paya, añade que el establecimiento «es muy significativo» para ellas. «Es nuestro punto de encuentro».

Así que es allí, en el bar, alrededor de una mesa, como se desarrolla este encuentro que sirve para echar un vistazo a lo que han supuesto durante muchos años los programas socio educativos y de dinamización comunitaria de mujeres. «En la actualidad existen siete grupos de mujeres de diferentes orígenes, edades y etnias: cuatro socioeducativos, tres de participación comunitaria», explican desde el Ayuntamiento. Son 106 mujeres participantes y además hay otros tres grupos de hombres y otro de parejas jóvenes.

Este grupo responde a una necesidad que detectaron María Jesús Sánchez Enríquez, hoy animadora comunitaria de Belén Pilarica, y sus compañeras hace muchos años. «Al principio solo trabajábamos con la comunidad gitana. Y a medida que fuimos creciendo nos dimos cuenta de que la mujer gitana necesitaba otros referentes. La evolución pasa por eso, por ver otros modelos. Que vean que Marga pasó por una situación dura y el grupo le sirvió...», relata la técnica. «Para trabajar con la comunidad gitana o tienes referentes en el barrio o no trabajas. Ellos impulsan al resto de la comunidad. Nosotras somos técnicas pero no vivimos su día a día», añade.

Esa mezcla es la que ha conseguido que el programa fructifique y provoque una serie de cambios tan palpables como los que cuenta Sara Barrul. Recuerda casi con más incredulidad que amargura su situación anterior. «Teníamos muchos límites y pensabas que no ibas a alcanzar muchas cosas y ese grupo te ha hecho abrir mucho un abanico de posibilidades muy amplio», confiesa. Su ejemplo resulta espléndido. «Yo ahora mismo estoy cursando la ESO y pensaba ¿otra vez a empezar yo? Y avancé de tratar con mis compañeras, con la animadora, que te hace abrirte y lanzarte y ver que se puede, que no es tanto. A veces tienes un cierto miedo de cómo salir de tu entorno, de lo familiar, que a veces te atrapa un poco. Y eso te hace dar ese salto».

Lo de estudiar la ESO no es algo nimio. No para una mujer gitana con hijos a su cargo. «Ahora mismo estoy en el instituto Leopoldo Cano, cursando la ESO a distancia. Son cuatro meses y he pasado de curso y voy a intentarlo a distancia y llevo este año y por ahora bien, tengo tutorías y de momento bien. Tengo un niño de 13 años en el instituto y nos ponemos juntos a hacer los deberes. En esto me ayudas tú pero en lenguaje a mí me encanta y te ayudo yo. Mi hija también se ha sacado la ESO y está ahí. Es crecimiento personal, es algo que te ayuda mucho. Y ves a otras y las animas, que se puede, venga. Tienes más facilidad para todo», cuenta.

Alberto Mingueza

Sonríen mucho. Se sobreponen rápidamente a la timidez inicial que provoca la grabadora, porque se encuentran cómodas juntas y el caso de una anima a hablar a la otra. Jennifer Motos viene exultante porque ha encontrado trabajo de nuevo. «Antes yo iba al Ceas y estaba muy nerviosa y ahora te sientes más segura, más realizada para hacer estas pruebas. Incluso he encontrado trabajo. Antes iba y de los mismos nervios no me cogían. Y ahora, como estoy tan segura de mí misma, he realizado todo lo que quería», cuenta. Si se encuentra la misma situación que vivió en su anterior experiencia laboral ya sabe cómo responderá. «Cuando entré a trabajar oí a las chicas decir 'huy, una gitana, qué pronto va a pedir la baja'. No me han conocido y ya me están juzgando. Es difícil que no te metan en el mismo saco. Y ahora están encantadas conmigo, hemos creado un grupo. Me han tenido que conocer», señala.

No hay magia en esto. Es un trabajo lento y con momentos muy complicados. «Empezamos con mujeres con una capacitación muy baja en lectoescritura. Hace 23 años las mujeres casi no habían ido a la escuela. El programa les ha posibilitado ir dando saltos, pero cada persona tiene su desarrollo personal y no todo el mundo ha dado los mismos saltos», explica María Jesús Sánchez.

Carmen Borja se encontró en Valladolid, sin conocer a nadie y condenada por ello a un ir y venir insulso de casa a la compra y vuelta. «Era de Galicia y aquí no conocía a nadie en cinco años. Todo era mi niño y mi casa, hasta que conocí el grupo de mujer del Ceas. Me relacionaba con mujeres gitanas y pasé al grupo del 'Quiérete', donde había mujeres de diferentes razas. Y eso para mí ha sido lo más, porque les pedía consejo, hablaba con ellas... Es mi espacio, mi tiempo, estoy deseando que llegue ese día para hablar con ellas, he aprendido muchísimo de ellas», dice.

Y así, sin querer, nombra otra de las patas relevantes de toda esta progresión. La familia.

«La mujer gitana se responsabiliza muchísimo de la familia, es el alma máter», interviene María Jesús Sánchez. «Ellas tienen una losa muy difícil de levantar. Porque es cuestión de educación, de costumbres. Tienen muchas mujeres detractoras alredededor, las mismas amigas, hermanas, incluso madres», advierte Margarita Arias.

«Mi hijo, de no querer ir al colegio, ha pasado a apuntarse a clase de inglés, a deportes... Para mí eso es mucha evolución», apunta Carmen Borja. Y como todo va unido, su paso adelante ha motivado a su niño, a su pareja, y ahora son ellos los que intentan que otros se sumen. «Cuando voy a las reuniones del cole de mi hija me da muchísima pena que de las mujeres gitanas que hay en esa clase solo voy yo. Y eso me da mucha pena. Porque mi hijo, con siete años, me dice 'ya me ha contado la profe que has estado en la reunión'. Y para él eso es una alegría muy grande. Es mucho apoyo. El día de recoger las notas se lo digo a mis compañeras, 'vente, vamos a por las notas'».

El trabajo arduo es también para ellas. Carmen Borja lo tiene claro: «Todo lo que aprendes en el Ceas es llevarlo a casa, pero no el mismo día todo. Un poco cada día». Y saca el orgullo para hablar de su marido, que antes, asegura, «no se interesaba por el colegio o por las cosas del niño» y ahora «va dos veces por semana a hacer talleres con los niños». Algo que a veces tampoco se entiende fácilmente. «Ya dicen otros padres '¿es que os dan algo?'. No nos dan nada, pero nos llaman del colegio porque necesitan ayuda para los niños pequeños y tanto yo como mi marido vamos, uno los miércoles y otro los viernes, para echar una mano a los profesores. Hubo un viaje a la Warner con el cole y nos metimos en el autocar con payos, por así decirlo, y pasamos un día estupendo».

Conseguir que el entorno familiar se involucre es clave. Por eso ahora también hay grupos de hombres. Jennifer lo cuenta con mucha gracia. «Dijimos ¿por qué nosotras y ellos no? Hicieron grupos de hombres y les decían 'tienes que recoger también...' Bueno, mi marido. Decía 'venga, que las llevo yo al cole', 'que preparo la cena', 'que voy a quitar la mesa'. Fue un cambio brutal. Una pasada».

Otro ejemplo significativo a ese respecto es el de Sara. «Cuando mi niña iba al instituto mi familia me decía que por qué, que ya tenía cierta edad y en la comunidad gitana con cierta edad nos gusta tener a las niñas más refugiadas, mientras que a los niños se les da más libertad. Tuve mi lucha, nos decían en mi familia que la niña debía estar en casa, que por qué iba al instituto. Y mi marido y yo, gracias que estamos unidos en ello y nuestro pensar es distinto. Y creo que estamos abriendo una brecha, quizá pequeñita, pero la generación futura va a ser diferente».

Margarita Arias y Reyes Rivas, las payas del grupo, han vivido esta progresión a su lado. «Nosotras vemos sus realidades y ellas las nuestras», admite Rivas. Y a veces lo han visto con un punto de dolor ajeno. «A veces cuando nos cuentan sus cosas, sus límites a la hora de trabajar, de salir para tomar un café después... Las compañeras de nuestro grupo vemos que hay otras que en cuanto acaba la tarea, lo que vayamos a hacer, se tienen que ir. Hacen la actividad pero se ven obligadas a irse, les falta un paso más para decir es que tengo derecho a estar un rato con mis compañeras. Eso hay muchas gitanas que no lo pueden hacer», señala Reyes Rivas.

«Hay personas que quieren avanzar por muchos motivos, pero hay otras que están muy cómodas en su zona y se limitan ellas. Cuando ellas son ejemplo de que no tienen límite», añade Margarita Arias.

Estos programas cumplen más de dos décadas de servicio en los Centros de Acción Social de Pajarillos Altos, Pajarillos Bajos, San Isidro y Las Flores. «El objetivo es conseguir que la mujeres tengan confianza en sí mismas, generen redes de apoyo y les ayude a superar desafíos de la vida cotidiana y trasmitir aprendizajes a su familia. La mujer es el motor de cambio en su cultura», explican María Jesús Sánchez y María Arnaiz.

Y solo hay que escuchar a Jennifer para saber que es posible: «Hay personas que dan mucha pena porque si no van acompañadas a salir, no van. Y te da rabia que se pierden cosas por no llegar solas. Que somos libres».

Pendientes de la primera concejala gitana en Valladolid

Conocían a Carmen Jiménez Borja, que forma parte de la lista del PSOE para el Ayuntamiento de Valladolid con el número 8 de la candidatura. Eso quiere decir que, salvo una debacle socialista histórica -bajaría de su número mínimo de ediles en toda su historia- formará parte del Pleno municipal el próximo mandato. «Es una pasada, qué ejemplo más bueno de todo», tercia Reyes Rivas, paya, que tuvo ocasión de ver a Carmen Jiménez en una charla y se quedó entusiasmada con su historia. «Cómo explicaba su recorrido, lo que había tenido que salvar... Me pareció impresionante. No solo para las gitanas. Verla a ella impresionaba», asegura.

Para sus compañeras de grupo gitanas, la posibilidad de contar con una representante tan cercana en el Ayuntamiento supone un avance inimaginable hasta hace poco. «Para mí nos da mucha fuerza y es un ejemplo para la gente que piensa todo lo contario. Cuando veo en los programas de televisión que sale un gitano bombero, policía... Eso me sube una cosa por los pies...», dice orgullosa Carmen Borja.

Sara Barrul afirma que para ella «es un referente» de que la etiqueta que se pone «a todos los gitanos es una imagen que no se corresponde con la realidad». «Hay gente que está evolucionando», afirma con rotundidad.

Carmen Jiménez Borja estudió Derecho en la Universidad de Valladolid y su sueño, como contó en una charla en TEDxValladolid, es llegar a convertirse en juez. Contó para ello, aseguraba entonces, con el apoyo familiar, especialmente de su abuelo, que animó a sus padres a que la dejaran llegar «hasta donde pudiera». Óscar Puente la reclutó para su lista al Ayuntamiento de Valladolid y le ofreció ir en el octavo puesto de la candidatura, lo que sin ser uno de los más altos le permitirá, casi con toda seguridad, convertirse en la primera persona gitana que accede a un puesto de concejal en Valladolid.