Celtas Cortos: «Nos ha pasado factura ser reivindicativos, hemos estado en listas negras»

Goyo Yeves, Alberto García y Jesús Cifuentes, bromean en torno a una melodía en el estudio de este último en el barrio Girón de Valladolid. / Alberto Mingueza

Desde el mosqueo y el desencanto con la situación política y social del país pero con espíritu de remover ánimos en clave optimista, Celtas Cortos prepara el lanzamiento de ‘Energía positiva’

JESÚS BOMBÍNVALLADOLID

Siguen su camino por la senda que abrieron en 1984 en el instituto Delicias un grupo de amigos ilusionados por hacer música, resistiendo los embates del tiempo y el terremoto que ha sacudido el mercado de las canciones, sobreviviendo a las novedades flor de un día. En los estudios Eldana de Dueñas (Palencia) y Armando Records de Valladolid han gestado su disco número 13, ‘Energía positiva’, Goyo Yeves, Jesús Cifuentes y Alberto García en colaboración con los músicos Antón Davila, Diego Martín, José Sendino, Chuchi Marcos, El Hombre Viento, Óscar García, Luis García, Pablo Acebal y Norberto Pascual, un trabajo de dos canciones instrumentales y once temas cantados para «tiempos de resistencia» en clave optimista. Rodeados de instrumentos en el estudio de Jesús Cifuentes en el barrio Girón, hablan de las emociones que han volcado en este disco. El 11 de abril presentarán el ‘single’ ‘Silencio’ e irán desgranando canciones en digital y en su gira hasta poner el disco la venta en septiembre.

–¿De qué habla ‘Energía positiva’?

–Jesús Cifuentes: Las once canciones con texto son distintas ventanas desde las que te asomas a la realidad. Y dentro de eso hay ciertos temas que hablan de la parte introspectiva, de las emociones, de la vida, de las relaciones humanas. Y otros aluden a la realidad social y política, y todo eso desde el prisma desde el que normalmente hemos hecho nuestras narraciones, con el objetivo de hacer reflexionar, que la gente tome conciencia de en qué película nos han envuelto y tomar posiciones para transformar la realidad.

–Goyo Yeves: En el disco hay una intención muy positiva, esperanzadora, que a lo mejor en otros trabajos no estaba tan presente.

–¿Y musicalmente?

–Alberto García: Somos un grupo que nos metemos a fusionar mucho, así que podemos encontrar desde baladas y temas lentos sobrecogedores en los que también las letras acompañan porque son más íntimas o amorosas, hasta otros más bailongos y divertidos, donde metemos una instrumentación con arreglos de viento, trombón, saxo y trompeta, con ritmos más dinámicos, más ska, más latinos, y también el tono irlandés con violín, ‘whistles’ y gaitas. Es un disco bastante ecléctico

–Fernando Montesinos ha producido con Pereza, Estepa, Paulina Rubio entre otros. ¿Qué ha aportado al grupo?

–A. G.: Mucho buen rollo, mucho hacer grupo y energía positiva, es una persona muy vital, cosa que ayuda mucho a que las cosas fluyan y te sientas empujado. Y mucha sapiencia en el sonido rockero, guitarrero, muy próximo a una modernidad muy de la calle que él vive muy intensamente.

–¿Cómo ha sido el proceso de génesis de este disco?

–J. C.: Parece que siempre es igual pero acaba siendo diferente. Hay un periodo de búsqueda y captura de canciones en el que vas recopilando desde la improvisación en una especie de folio en blanco sonoro. Hasta que una idea, de repente, te sugiere toda una estructura para desarrollar el tema y luego se le ponen palabras. A estas alturas la autocrítica a veces también es una traba. A mí cada vez me cuesta más escribir, cualquier cosa no me vale, tienes que sentirla, identificarte y desnudarte. Porque como no haya una honestidad absoluta detrás de lo que escribes, es imposible.

–Y en ese proceso y después de tanto tiempo juntos sobre el escenario ¿qué papel tiene el público al que han visto evolucionar?

–A. G.: Tú lo percibes y calculas que tu vibración va a tener un reflejo. Pero hasta que no estás ahí no lo sabes.

–J. C.: La esperanza a veces es muy traidora. Nos gustaría que este trabajo tuviese su eco, que la gente lo pueda desmenuzar, y, si es que cuaja, que tuviera trascendencia, porque teniendo en cuenta que estamos fuera de las redes comerciales y que es difícil llegar a la gente aun con las redes sociales, tenemos el peso también de un cliché que muchos asocian al grupo con la idea de ‘Cuéntame un cuento’ y cosas más superfluas, no han tenido la ocasión o la querencia de zambullirse en la zona profunda. Me gustaría pensar que este trabajo supondrá una vuelta de tuerca.

–Si rebobinamos la cinta del tiempo al año 1984, cuando empezaron en el instituto Delicias, ¿qué imagen se les viene a la cabeza de todo lo que han vivido desde entonces?

–G. Y.: La ingenuidad y esa ilusión de decir ‘quiero aprender y tocar y tocar’, y que en el fondo eso no ha cambiado tanto. Sigo con esa ilusión de tocar, de aprender, ahora hago algo distinto, meto un saxo tenor que hacía 25 años que no lo tocaba... Eso nos ha acompañado todo este viaje, se nos nota y creo que desde dentro contagiamos esa ilusión por lo que hacemos, aunque ahora no hay tanta ingenuidad.

–A. G.: Yo no echo la vista tan atrás porque no empecé tan pronto, pero la sensación que uno tiene –y es compartida–, es que a pesar de que crees que sabes algo del asunto, no tienes ni puta idea, que estás arrancando de continuo.

–J. C.: Me quedo con que somos corredores de fondo, vivimos en la incertidumbre constante, la aventura está siempre a punto de comenzar. Pero sobre todo, subrayar la constancia y el ejercicio de resistencia, que también es un pulso que tienes que echarle a la vida. Seguir peleando es lo complicado y hacerlo con ilusión, muchísimo más.

–¿Cómo se pelea en los tiempos que estamos viviendo?

–J. C.: Es una actitud. Quitando telarañas al miedo, tenemos que salir a la calle y ejercer la libertad y el derecho que conlleva la ciudadanía, porque lo que nos venden a diario es absolutamente intolerable; tenemos que salir de esa siesta permanente en la cual a diario la persona titulada no tiene el título y los sobres se cobran en diferido. ¿Cómo podemos soportar esa realidad y no tomar partido? Cada día que te levantas y pones un pie en el suelo tiene que ser para transformar, o por lo menos para ser feliz. Buscando la felicidad transformas lo que te rodea.

–El movimiento del 15M al que tan atentos estuvieron generó muchas esperanzas de cambio. ¿Cómo ven el panorama social años después de aquella movilización?

–J. C.: Ahí se encendió la mecha de una llama que sigue completamente vigente. Otra cosa es que eso se haya transformado en hechos o partidos políticos que ofrecieron unas expectativas que poco a poco se han ido desmoronando. Conclusión final: no te puedes fiar de ningún político ni de ningún partido. Esa es la realidad a la que nos obligan. Las esperanzas están muy bonitas para ponerlas en un poema, pero cuando la esperanza se convierte en una traición, lo único que genera es desolación. El movimiento ciudadano de base sigue vivo, la actitud social de buena parte de la ciudadanía ha cambiado, la gente ya no está con esa disposición a dejarse engañar, pero queda mucho camino por andar, vivimos en una democracia y tenemos que jugar las cartas de esta partida.

–G. Y: Lo pensaba esta mañana viendo las noticias. Que los colores sean distintos en el Parlamento y en el Senado, y que no solo haya gente con trajes y corbatas, que están ahí tratándoles de tú... ese rollo me gusta. Que haya que llegar a entendimientos entre ideologías diferentes, aunque no lo consiguen, pero bueno, tienen que hacer por ello, porque el panorama va a ser así, ya no estamos en el bipartidismo.

–¿Cuesta más movilizar a la gente a través de la música ahora que cuando empezaron?

–A. G.: Todo está mucho más diversificado. Con la capacidad de llegar a un montón de sitios desde el ordenador y tanta variedad se acaba difuminando la intensidad de lo que te llega. Al final las modas –no sabes bien por qué– pero se acaban imponiendo. Mover el mundo con una canción, si siempre ha sido muy difícil, ahora es aún más complicado.

–¿Cómo han vivido la mutación total que se ha producido en el mundo de la música?

–J. C.: Y la estamos viviendo. Lo hemos afrontado adaptándonos. Aquí la suerte con la que contamos nosotros es que nuestros inicios fueron en la era analógica y el trampolín desde el que pegamos el salto ha generado un poso. Con esos cimientos hemos tenido la capacidad de seguir adelante, al día de hoy de manera absolutamente independiente, trabajamos con las armas que tenemos, que son las acumuladas a lo largo de toda nuestra trayectoria, tanto los amigos como los contactos. No contamos con ninguna ayuda externa, entonces la clave está en la carretera y en el escenario, en la energía que transmites cada vez que subes a tocar.

–¿Les ha pasado factura ser un grupo de reivindicación ciudadana?

–J. C.: Sí, porque hemos estado en listas negras y eso solamente porque defiendes una serie de ideas, como que haya equilibro y justicia social. Nos ha pasado factura porque la gente te cuelga un cartel y vivimos en un país que todavía tiene muy cercanas las dos Españas.

–¿Esa lista negra os lo ponía difícil para tocar en Valladolid?

–J. C.: Sí, pero ese tiempo ya pasó.

–A. G.: A veces está bien aparecer en alguna lista negra.

–G. Y.: Con lo bien que nos ha ido –porque no podemos decir otra cosa–, si no nos hubiera pasado factura eso que dices, joder, igual... no sé...

–En Valladolid actuarán el 7 de septiembre en ferias, con Hombres G. Y antes, en agosto, en Pesquera de Duero, en la plaza del pueblo.

–G. Y.: Sí, tenemos buena relación con la familia Moro y con gente del mundo del vino y nos dijeron que teníamos que ir allí a tocar y al final ha surgido esto. Es una cosa especial para el pueblo, que van a apoyar los bodegueros y a mí es un concierto que me hace especial ilusión. Va a ser bonito.

–¿Se vive de manera diferente en el escenario un concierto en un pueblo que en una ciudad?

–A. G.: Depende qué pueblos y ciudades. Hay pueblos donde la conexión con nosotros es mayor, pero a lo mejor tocas en Granada capital y el enganche con el público también es brutal. Nunca sabes lo que te espera. Depende de muchas circunstancias, si el concierto es en fiestas patronales, si sale de libre, si ha habido mal rollo con el que lo ha organizado porque el Ayuntamiento quería que viniera otro... es que al final son tantas cosas...

–G. Y.: Somos el típico grupo de nombre y trayectoria que toca en sitios realmente pequeños, lo que extraña a mucha gente. En esos lugares notas que van a verte desde niños pequeños a los más mayores, que se vuelcan más que en una capital en la que puede haber gente de paso.

–¿Notan la fuerza de ser un símbolo de los grupos de Castilla y León en general y de Valladolid en particular?

–A. G.: Bueno, nos han puesto una calle, será por eso. Por cierto. A ver si ponen la plaquita... pero a mí sí me pesa la responsabilidad porque sabes que hay músicos, compañeros con los que tocas y has compartido cosas y que nosotros tengamos ese privilegio de poder abanderar tu ciudad es algo que por un lado te enorgullece, pero por otro dices ‘joder, mira que hay gente a la que la mirada se le debería girar mucho más’. Te hablo de músicos, de teatreros, pintores....

–¿Qué es lo que más les subleva de la situación actual?

–J. C.: Que nos vendan el engaño de manera constante y que no suceda nada, que vivamos en un país con un buen porcentaje de sinvergüenzas entre la clase política, de ladrones, de gente que no es lo que dice que es y sigan ahí. Que la factura sea eternamente impagada y que los que la paguen sean los servicios sociales, la sanidad, la educación...

–A. G.: Y la apretura salarial, que tiene ahogado a todo el mundo, la jodida apretura salarial. Y quieto parado, porque cómo voy a protestar ganando 600 euros, a lo mejor me quedo sin ellos. Eso nos tiene acobardados. Es muy fácil que todos tengamos alrededor a mucha gente así.

–¿Qué opinión tienen sobre lo que está pasando con el nacionalismo en Cataluña?

–J. C.: Que es una gilipollez manifiesta. La izquierda tradicionalmente por lo que aboga es por el internacionalismo. Yo respeto y amo la identidad cultural, las lenguas, lo que nos hace dispares para compartirlo, pero no que eso se convierta en alimento para separar a la gente.

 

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