La calma ha vuelto a Krasnodar

Entrenamiento de la selección española este sábado en Krasnodar./Carmelo Rubio (Efe)
Entrenamiento de la selección española este sábado en Krasnodar. / Carmelo Rubio (Efe)

España regresa al trabajo reforzada en sus convicciones y deseando que De Gea recupere la confianza perdida y Diego Costa siga afilado en los próximos partidos

JON AGIRIANOKranodar Enviado especial

La selección española ha vuelto este sábado a su rutina en la Akademia de Krasnodar. Desayuno a las once, entrenamiento media horas después, rueda de prensa de un jugador, Nacho en este caso... Lo acostumbrado, más allá de la excepción de una lluvia liviana y unas horas libres a mediodía, hasta las cinco de la tarde, para que los jugadores pudieran salir y comer con su familiares. En fin, que todo sigue en su sitio tras el partido ante Portugal; una buena noticia, sin duda. El gran objetivo en Sochi era que España pudiera volver por la noche a su cuartel general con la cabeza alta, sin agobios ni dramas, con todas sus aspiraciones intactas. Y hay que darle la importancia debida al hecho de haberlo logrado.

No hace falta mucha imaginación para hacerse una idea del quilombo que estaría montado a estas horas si el equipo de Fernando Hierro se hubiera desmoronado en su debut, al estilo de lo que sucedió en Salvador de Bahía hace cuatro años, como pareció que iba a ocurrir en los compases iniciales del partido. Esto sería un circo sí, pero con el lanzador de cuchillos teniendo un mal día, el león comiéndose al domador y un payaso siniestro espantando a los niños. La inercia negativa nos hubiera devuelto al ojo del huracán que se desató en la selección entre el martes y el miércoles. Estaríamos hablando de Lopetegui, de Rubiales, de Florentino Pérez, de un Fernando Hierro superado por la responsabilidad, de unos futbolistas perdidos en la niebla... Sin quererlo, estaríamos redactando la esquela de la Roja en el Mundial de Rusia.

Fue agradable volver con tranquilidad a nuestros debates de siempre, sobre este y el otro, sobre la calidad del juego y las perspectivas del grupo. Y esto hay que agradecérselo a unos jugadores que, en un momento crítico, demostraron personalidad y ambición. Como dijo ayer Nacho, dieron un golpe en la mesa. Tenían excusas de sobra, pero no quisieron saber nada de ellas. España demostró en Sochi que merece seguir siendo considerada una de las favoritas, que tiene futbolistas como para discutirle el trono a cualquiera, que sus prestaciones no van a cambiar demasiado porque en el banquillo esté Hierro en lugar de Lopetegui, algo que ya advirtió Fernando Santos el jueves. Hay una base sólida, un trabajo hecho, unos conceptos bien definidos, unos automatismos consolidados. Y unos jugadores acostumbrados a competir al máximo nivel.

La único realmente malo que se trajo la Roja del estadio Fisht fueron las dudas que ha empezado a suscitar David de Gea. Su error en el segundo gol fue clamoroso y pudo tener consecuencias irreparables. Entre otras cosas, sirvió para que Portugal reviviera cuando peor lo estaba pasando. Fallos así asustan mucho en los grandes torneos, donde todo adquiere una trascendencia enorme. El problema de De Gea es que su fallo en Sochi no fue un hecho aislado sino el tercer eslabón en una inesperada cadena de errores que comienza con el gol que encajó en el amistoso ante Argentina y sigue con la pifia frente a Suiza en Villarreal.

Decir que se ha abierto un debate en torno a la portería de la selección puede ser un poco exagerado, entre otras razones porque Fernando Hierro ya dejó clarísimo el viernes que tiene toda la confianza del mundo en su guardameta titular. Y es lógico. A Kepa, su posible sustituto, le falta experiencia. Tiene todas las condiciones para ser el mejor en un futuro próximo, pero no hay que olvidar su presente. Hablamos de un chaval que sólo lleva 54 partidos en Primera, que nunca ha jugado en competición internacional -en la Europa League lo hacía su suplente- y cuya única aparición como titular en un torneo por eliminatorias fue la que tuvo con el Athletic en Formentera esta temporada.

Por muy bueno que sea y más que vaya a ser, sacarlo así de repente se antoja un poco temerario. Salvo que De Gea, al que se le nota extrañamente nervioso y desconfiado, incapaz de transmitir seguridad, vuelva a liarla contra Irán. Esto sí que sería grave porque hay algo que no puede olvidarse nunca: las opciones de España en este Mundial pasan por blindar su portería, por repetir la proeza del Mundial 2010 y de las Eurocopas de 2008 y 2012, cuando fue capaz de no encajar un gol en diez cruces. Sólo así tendrá el efecto devastador que puede tener la calidad con el balón de de sus jugadores. Encajando tres goles como el viernes -ya uno más que todos los que se encajaron en Sudáfrica- no se va a ningún sitio.

Si el peor mensaje ante Portugal llegó de la portería, el mejor llegó de la otra punta del equipo, de su delantero centro. Diego Costa era el titular de Lopetegui y lo fue de Hierro, que en su primer partido no quiso tocar nada. Volverá a a serlo en Kazán ante Irán. El hispano-brasileño se lo ha ganado con dos goles que hicieron crecer uno de esos equívocos simplones que a veces crecen en el fútbol por un hecho puntual. Ahora parece como si Costa encajara como un calcetín en el juego de la Roja. No es así y no lo será nunca por sus condiciones. Otra cosa es que, en cualquier organización, alguien como él, un verso suelto, un recolector solitario, un futbolista capaz de buscarse la vida al margen del grupo, de salir del castillo asediado y volver con un trozo de carne, también pueda darte satisfacciones. Un mal partido ante Irán, sin embargo, volvería a hacer saltar la discusión. Ojalá no suceda. Sería la mejor señal. Pocas cosas agradece más una selección que ver a su delantero centro rebosante de confianza tras su debut en el Mundial.

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